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En defensa del niño
¿Cuál va a ser el futuro de nuestros jóvenes en generaciones inmediatas? Hasta ahora, el joven era sujeto y objeto de la enseñanza; nunca un juguete que se pudiera descomponer con fines ajenos al imperio de su formación necesaria. Pero en estratos de mayor necesidad, para su desarrollo y formación, está el niño. ¿Qué va a ser del niño? Por que también el niño empieza a tentar a quienes ven en él la planta tierna que admite con facilidad toda clase de injertos, sin importar demasiado si la operación ha de resultar nociva de necesidad.
Suenan ya proclamas que hacen temer por el porvenir de la enseñanza respetuosa para con eso tan fácil de moldear, arcilla al fin, que es el niño.«Quien domine la cultura, accederá al poder»,leemos aquí y allá. Nadie lo duda. De lo que sí dudamos es de los métodos conducentes a tal fin. Y por supuesto, embeber la mente del niño, como quien la sumerje en tinta china,con estereotipos revolucionarios, inculcarle aversiones primerizas que exacerben su ánimo virgen aún de odios, hacerle partidario en ciernes de opciones políticas mediante el claveteo de ideas fijas que no sabe ni puede someter a análisis, es tanto como enajenar su voluntad para siempre, antes incluso de haber llegado al uso racional de la misma, es impedir desde temprana edad que se determine a sí mismo en función del derecho que le asiste a conducirse él por la vida, llegado el momento importante de su autonomía personal y del propio criterio. Allanar las raíces de la propia personalidad no es contribuir al progreso del mundo, sino al gregarismo más propio de otras especies animales a quienes la razón no asiste. El niño bien merece un estatuto de defensa contra cuantos pretenden manipularlo con designios de dominio cultural. El niño no debe ser instrumento de oportunismos partidarios.Al niño hay que formarle cívicamente, para que se instale libremente en la sociedad que adviene, optando, cuando su desarrollo se lo permita, por el grupo de acción política que responda mejor a los dictados de su conciencia. Lo contrario es frenarle en el camino que conduce a su realización personal, en cuyo proceso cuenta con la ayuda de educadores familiares y profesionales.
A un mono, a un perro, al mulo y al buey, se les conforman hábitos para que realicen operaciones beneficiosas para el hombre que lo utiliza, y hasta esto provoca en ocasiones protestas en el seno de sociedades protectoras de la naturaleza que nos rodea. Pero, ¿cómo no protestar ante el propósito de «utilizar» al niño? ¿No hay sociedades protectoras de niños? Las hay: la familia, la comunidad educativa, el propio Estado, deben aunar esfuerzos para evitar convertir a la infancia en aluvión fecundante de partidismos ciegos. No es aluvión el niño; es semilla que hay que cultivar con esmero y mantener alejada de las hierbas nocivas del radicalismo entorpecedor de un crecimiento en la libertad. Niños hemos visto investidos con los signos de determinadas ideologías, sirviendo de reclamo publicitario para la captación de adeptos. Niños-objetos al servicio de los intereses del hombre. Es su iniciación.
Eduquémosle para la convivencia y convivencia pacífica y respetuosa; para el diálogo constructivo y razonable, para la tolerancia coherente, realista, con miras a una sociedad más justa. Apartarle a un borde u otro del camino, equivale a limitar sus posibilidades, a entorpecer su marcha, torcer la línea recta que Dios y la naturaleza le tienen trazada. Al niño hay que enseñarle a amar; no a apartarse de quienes" constituyen su periferia social. Es tendencia atávica en el niño el cariño a cuanto le rodea ama cuanto le es familiar y semejante, ama incluso a los animales que va descubriendo en su marcha; sólo gusta de descomponer los artificios que el hombre construye y pone en sus manos: el miedo y los juguetes. Permitamos al niño usar de su derecho más básico: el derecho a ser niño.
Religión y Universidad
De una encuesta reciente en la Universidad, las respuestas a las preguntas que les fueron propuestas dieron unos porcentajes que bien pueden servir de índices del grado de religiosidad de nuestros universitarios. No son datos alentadores que se diga, pero es fácil advertir que, en el estado actual de la Universidad, no se podía esperar otro nivel que el que las cifras sugieren.
El 30 por 100 están de acuerdo en que la Iglesia católica es la única verdadera; el 28 por 100 afirman que su postura ante la vida está informada por el sentido que da la fe; sólo un 13 por 100 procura profundizar en el conocimiento de sus creencias mediante lecturas adecuadas; el 50 por 100, a nivel privado, suele reflexionar sobre asuntos religiosos lo que pone de relieve que la religión no les es indiferente; el 39 por 100 estiman que la religión responde de modo importante a las inquietudes internas de la vida humana; el 37 por 100 ven en la práctica de la oración un medio de hallar alivio y protección; el 31 por 100 cree que la religión ofrece al hombre «consuelo en las aflicciones».
El resultado no es especialmente halagador, pero queda un boquete por el que se deja ver la luz de la esperanza.
