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Niveles correlativos entre desarrollo y enseñanza
La enseñanza preocupa a todos, tanto es así que la nueva generación de partidos políticos han fijado en sus programas cuantas promesas les ha parecido oportuno ofrecer, como incentivo, para atraer hacia sí a la familia española. Poco hay que esperar de la simple promesa propagandística. En definitiva, no es la propaganda, sino las posibilidades económicas de un país las que han de volcarse, con decidido empeño por resolver el problema. Si la economía no marcha, entonces no habrá manera de sufragar un plan educativo, que por su inevitable envergadura, requiere una cuantiosa inversión.
Se quiera o no se quiera, el nivel económico alcanzado en un país, preside todas las formas de progreso en que ese nivel se concreta. Mantener un buen índice de medios para la realización de la enseñanza, contar con un número suficiente de profesionales con vocación que la impartan a todos los niveles, lograr que todos los jóvenes alleguen a los puestos escolares y que estos puestos no falten, conseguir la gratuidad sin discriminación de quienes en uso de su legítima libertad eligen enseñanza católica en centros privados, llevar a cabo el programa sin merma de la calidad que corresponde a una enseñanza al ritmo de los tiempos, todo esto impone esfuerzos capitalizadores que rebasan los cálculos, incluso, de quienes nos trazan a largo plazo las líneas previstas del desarrollo.
El futuro de la enseñanza en un país, depende por tanto del futuro inmediato de su economía. Echar una ojeada a los estudios técnicos que sobre la marcha del desarrollo nos ofrecen los expertos, es un modo indirecto, pero muy aproximado, de imaginar lo que de sus resultados pueda derivarse para el porvenir de la enseñanza. Y hay que anticipar que los augurios no son nada halagüeños. La economía ha de sufrir cambios importantes para que la inquietud actual se desvanezca ante horizontes que no son precisamente los que los especialistas nos vienen ofreciendo con alarmada desazón.
Ante el desajuste económico actual, se ha dicho que hemos confundido de lamentable manera desarrollo con crecimiento. El desarrollo obedece a planificaciones que en todo caso tienden al equilibrio; el crecimiento, no. Las planificaciones exigen que sean hechas a corto y largo plazo, cuando las más de las veces, el planteamiento se reduce a un mero ejercicio de contabilidad rutinaria. Por otra parte, una planificación realista exige la puesta en marcha de los medios necesarios para que se puedan alcanzar los objetivos propuestos, y de nada servirá una planificación si no se cuenta previamente con los empresarios, que en definitiva son quienes han de realizar el plan trazado.
Pero hay algo que avala la propensión al desequilibrio económico: el minifundismo que, como un mal endémico, es la tónica general de nuestra producción en prácticamente todos los sectores. Quiere decirse que la empresa media es casi inexistente, lo que conduce a la ausencia de competividad eficaz. A la falta de empresas de tipo medio, añádase la falta de ayuda a la pequeña empresa y la debilidad de la gran empresa, que no consigue ponerse a la altura de sus correspondientes extranjeras.
El fallo no está aquí o allá. El fallo pisa los tres escalones en que se fundamenta la economía empresarial. Resolverlo con facilidad y prontitud, es una utopía. La Administración, ante la gravedad, quiere y no puede atajar como médico eficiente los alifafes que aquejan a la economía. Proporciona inyecciones que palían el daño ; más que médico es practicante.
Fruto del desequilibrio son la inflación, que conduce al gasto derrochador ; el paro, que siembra inquietud y desespero; el déficit exterior, que empobrece el erario público y la fortaleza del país. A este ritmo nos acercamos al borde de la inanición y de la pobreza. Y de ahí, al precipicio más hondo del desorden social, hay un paso. Y ya se sabe: «a río revuelto»...
Para encauzar el futuro inmediato, algo habrá de hacerse y esperamos que las medidas necesarias no se hagan esperar. Abramos una ventana a la esperanza, aunque la ventana sea estrecha.
Mientras tanto, el problema de la enseñanza, siempre en pie como un centinela congelado en el frío de la noche, aguarda un soplo caliente que lo reanime. Pero tiene ante sí un largo trecho que recorrer hasta notar aminoradas, si no resueltas, que es demasiado pedir, las dificultades que contrarrestan su marcha.
