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Incredulidad y trascendencia

Una y otra palabra entran en el conjunto de las que el joven no gusta usar. El término incrédulo es demasiado gordo para el que desearía no creer. El otro, metafísico, se le antoja sutileza perteneciente al mundo de las cosas sin utilidad inmediata. El joven de hoy prefiere la técnica, siempre y cuando no se le exija mucha, y no le robe tiempo para sus habituales divertimientos.

Con excesiva y triste frecuencia, la incredulidad en que se acomoda una buena parte de la juventud actual no suele ni siquiera responder a una postura plenamente espontánea. Adopta la incredualidad por conveniencia y se encuentra incómodo en ella. En circunstancias, es sólo resultado de una taimada operación de reclutamiento y seducción por parte de grupúsculos que le crean el ambiente adecuado, con argumentos y frases redichas de aparente naturalidad. Ni que decir tiene que el allanamiento de costumbres anejas al nivel de vida alcanzado, son el contorno propicio para abandonar un conjunto de creencias que impidan comportamientos de disciplinada moralidad.

De otro lado, la fe no es fácil. El misterio, que es su pulso y su objeto, ni se ve, ni se toca, y el joven quiere verificarlo todo.

Un ejemplo. Mis alumnos aguanta mal que bien las arduas lecciones teóricas de electrónica. Pero, eso sí, ¡estarían dispuestos a confeccionar un sencillo aparato laser, aunque sólo sirva para asustar a un perro!

Hasta no hace tanto, con base en el respeto a los otros, el joven venía confiando al menos, en la autoridad y prestigio de quienes le mostraban los secretos del conocimiento o su propia fe. El joven de hoy quiere responder él mismo a los problemas que les plantea la realidad y la vida. Los problemas valen por sí mismos. Resuelto un problema ya está amontonando los materiales del siguiente, desasosegado, inquieto. El caso es abrir puertas para descubrir nuevas puertas.

Acabo de leer una entrevista en que se pronuncia un filósofo actual español, Millán Puelles, y la exactitud de sus observaciones me ha llamado la atención, sobre todo cuando aporta sugerencias que bien pueden aducirse aquí. «El problema -dice- es algo que se presenta inteligible». El misterio no puede ser manipulado por la inteligencia humana; es virtud divina y el hombre no puede «desvirtuarlo». «Admitir que hay misterios es tanto como aceptar que la razón humana por sí sola no es capaz de conocerlo todo: es la humildad de la razón». Y, sin embargo, no podemos menos de aceptar nuestra limitación. Y aceptándonos tal y como somos es cuando «la razón se trasciende, porque vislumbra la posibilidad de una Razón superior a la humana; y en cuanto la vislumbra, sale de alguna manera de sí misma, se "auto-trasciende". No es que logre por sí misma esa Razón lo que por sí misma puede alcanzar es vislumbrar la posibilidad de una Razón infinita para la cual ni hay misterios ni hay problemas ; pero para el hombre hay problemas y hay misterios».

Mientras el hombre no consiga otra cosa que palpar las paredes del saber y reconozca que un muro es sólo límite, detrás del cual siempre hay algo, su carrera hacia el horizonte interminable no tendrá fin. Detrás de todo se insinúa siempre la presencia de ese otro Algo definitivo e inalcanzable plenamente con sólo las luces tímidas del conocimiento. Trascendiendo esa luz mínima, está la otra, menos reflexiva, porque tiene los ojos cerrados, y más audaz, porque se atreve a adivinar a Dios : la fe. Pero nadie adivina lo que es incapaz de amar. Y esta es ya otra cuestión.

A. M.

P. Anselmo MartíEl P. Anselmo Martí, Provincial de la Provincia Franciscana de Valencia

Entre los religiosos de la Provincia franciscana de Valencia, el P. Anselmo Martí es uno de los más vinculados a la historia del Colegio. Profesor, repetidamente, y dos veces Rector del mismo, a él corresponde entre otros logros, el decidido impulso y puesta en marcha de un proyecto de renovación y ampliación del centro que ha hecho viable la realización de sucesivas obras que culminan en el Colegio, moderno y bien dispuesto, de que disponemos hoy.

El P. Anselmo ocupa el cargo de máxima relevancia y responsabilidad en el gobierno de la Provincia franciscana; y el Colegio, exalumnos y amigos de Carcagente se sienten un tanto premiados en él. No podemos compartir responsabilidades de cargo; sí satisfacción.