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Fray Nicolás Giner,
un hijo insigne de Carcagente

¿Cuántos en Carcagente tienen noticia de ese paisano esclarecido que fue fray Nicolás Giner?

Una nota biográfica anónima resume así su itinerario de por vida: «Oriundo de Carcagente, provincia de Valencia, España, nacido el 2 de octubre de 1876, fallecido el 30 de septiembre de 1949, a los 73 años de edad, 57 de religioso; apóstol y misionero de Colombia durante dieciséis años; veinte en la selva amazónica del Vicariato Apostólico del Ucayali, en el Perú, y cinco en el Sanatorio Colinia "Baldomero Sommer" (República Argentina), donde murió.»

Escueta nota que no da la estampa cabal de la grandeza humana y religiosa del padre Nicolás.

Fue el duodécimo hijo del matrimonio que formaron Joaquín Giner y Salvadora Gomis. De los catorce hijos que tuvieron, siete murieron en edad muy temprana. También él, como luego una hermana suya, padeció afecciones de tipo cardíaco que interrumpieron sus estudios en el seminario franciscano de Benisa (Alicante). Repuesto de manera humanamente inexplicable, retornó a sus estudios, que completaría en Lima (Perú), en cuyo noviciado franciscano solicitó ser aceptado, a los diecisiete años de edad. En dicho convento de los «Descalzos» de la ciudad limeña profesa, concluye sus estudios eclesiásticos y es ordenado sacerdote por el delegado apostólico monseñor Alejandro Bavona, el 19 de marzo de 1905.

En la plaza mayor de Requena (en la Amazonía Peruana, cerca de Iquitos) se ve un monumento al P. Nicolás Giner. Le representa al religioso de pie en una canoa en la que reman dos nativos

El fiel cumplimiento de sus quehaceres sacerdotales y la acendrada piedad que le caracterizan, mueven al obispo de Loja, fray José María Masiá, venerado como santo por cuantos le conocieron en vida, a nombrarlo familiar suyo, hasta convertirse en recíprocos directores de sus propias inquietudes apostólicas. Con el tiempo, el propio obispo le atendería solícito en el siempre difícil trance de la muerte.

El Ministro General de la Orden le nombra director y maestro de aspirantes, novicios y estudiantes de estudios superiores de la provincia franciscana de Colombia, en la ciudad de Cali. El cargo no le impide dedicar gran parte de su tiempo a conmover con su «elocuente, fogosa y fervorosa palabra» a los fieles de la ciudad y provincia de Cali, donde mora por espacio de dieciséis años. Funda y vivifica con su espíritu, con su ejemplo y su palabra, la iglesia de la Adoración Perpetua del Santísimo, la Adoración rotativa de las Cuarenta Horas, las juventudes marianas y franciscanas, las organizaciones catequéticas, numerosas éstas, famosas luego por su «disciplina y fervor». Fundaciones que, de por sí, hablan de cuáles eran los objetivos que perseguía con su acción y las devociones que le encuadran como franciscano auténtico. Asimismo, para hacer más extensiva su eficacia apostólica, funda revistas y hojas parroquiales. Tanta dedicación explica el hecho de que tuviera que restar horas al sueño hasta habituarse a no dormir más de cinco horas al día.
Propuesto por el delegado apostólico para ocupar la sede episcopal como primer vicario apostólico de un nuevo vicariato, renuncia a tal dignidad hasta conseguir su propósito de proseguir su labor a más humilde nivel.

Otra vista de la plaza de Requena. Al fondo el Amazonas y la selva

Solicita y consigue ser destinado como misionero a la vicaría del Ucayali. Su único y anónimo biógrafo dice a este respecto: «La entonces reducida y pobre misión de Requena (Ucayali) -fue él la iba a hacer grande y famosa- fue, durante veinte años, el campo de acción de su celoso, abnegado, laborioso e inteligente apostolado, que transformó Requena en el principal y gran centro de cultura, progreso, población y vida cristiana y modelo de una misión, en tal grado y proporciones que tuvo la satisfacción de verla elevada, poco antes de su definitiva y obligada salida de ella, a capital de provincia.»

Crear de la nada una capital de provincia en plena selva amazónica, partiendo de casi nada, recuerda el empuje de aquellos primeros conquistadores de Nueva España que, sin casi nada, domeñaron un imperio potentísimo como el mejicano.

Lo que es fácil reducir en palabras a unas líneas, supone un esfuerzo colosal agotador de impulsos durante años largos de lucha y dificultades. La selva, por naturaleza, es impenetrable y obstaculizadora de empresas civilizadoras.

«Comenzó con una escuelita primaria regentada personalmente por él con una docena de niños, que en progresión ininterrumpida llegó a contar con centenares de alumnos. Fue fundador moral y material de la Escuela Normal Rural, donde formar y modelar a jóvenes hijos de la selva en maestros de sus hermanos menores de la selva. Con el mismo fin fundó y organizó la Granja Agrícola Ganadera Escolar, donde maestros y alumnos aprendieran y practicaran el cultivo y explotación agropecuaria amazónica. Fundó y organizó talleres de artes y oficios, gabinetes de física y química, banda completa de música y de personal que supiera utilizarla con perfecto conocimiento y ejecución musical; importó máquinas modernas de pelar arroz y de fabricar ladrillos prensados tubulares, siendo éstas las primeras máquinas de esta clase en la cuenca del río Ucayali; como fue primera, en aquellas regiones, la imprenta que importó y puso en acción en su misión de Requena, donde, entre otros trabajos, se editaba la revista mensual «La Voz de la Selva». Fue también el primero que importó y montó una usina eléctrica (central eléctrica) en la cuenca del río de cuya luz y energía dotó a la misión y a las máquinas industriales y de artes y oficios. Construyó edificios escolares verdaderamente grandiosos que podrían figurar airosamente en la capital de la nación por sus dimensiones y estilo, para internado de la Escuela Normal y Rural y clases de ésta y de la primaria, instalación de laboratorios de física y química, museo de historia natural, etc.»

Trató de instalar en el corazón de la selva un rincón de prosperidad civilizada y alto nivel cultural, de acuerdo con las necesidades locales, como punto de irradiación y referencia para los demás lugares habitados de la extensa ribera amazónica.

Otras necesidades más perentorias tenía, con todo, la selva: la debida atención médica. Con este fin, decide estudiar medicina y farmacia. En la Facultad de Medicina de Lima consigue el título de Idóneo y el Ministerio de Salud Pública le confiere el de Habilitado. A partir de esas fechas su consultorio en la selva se ve concurridísimo, y cubre una de las necesidades más imperiosas que presentaban los poblados amazónicos atendidos por los PP. Franciscanos.

De la envergadura que su acción llegó a cobrar, nada habla tan alto como los repetidos reconocimientos oficiales de que fue objeto. Dice así la biografía de que entresacamos estas notas: «La Universidad Mayor de San Marcos de Lima le confirió el título de "Bachiller" en la Facultad de Teología. La Sociedad Geográfica Nacional le incorporó a su seno como miembro activo. La Dirección General de Enseñanza le confirió el título de "Preceptor Nacional". El Ministerio de Salud Pública, Trabajo y Previsión le designó y nombró "Inspector Sanitario de Requena". El Ministerio de Instrucción le designó y nombró "Inspector Escolar" de las ciento y pico de escuelas, la mayoría fundadas por él, de aquella región. La Municipalidad del Bajo Amazonas le discernió "Diploma de Honor" por la implantación del alumbrado eléctrico en Requena, y recogiendo y coronando este concierto, el Supremo Gobierno Nacional le confirió la más alta condecoración nacional de "Encomienda de la Orden de El Sol del Perú".

Otro carcagentino, el Hno Juan Oliver, obispo de Requena, delante de un hospital creado en esa ciudad con el nombre del P. Nicolás Giner

»Con razón decía el padre Nicolás que una de las cosas que tenía que agradecerle a Dios era la de haber conseguido la gracia de no haber perdido nunca el tiempo. No pudo, aún así, dedicarlo todo hasta el final de sus días; la más dolorosa enfermedad hizo su aparición en la contextura íntima del misionero carcagentino: la lepra. Lentamente síntomas deformantes y dolorosísimos fueron convirtiendo su persona en un remedo de hombre. El padre Nicolás había sido más bien alto, "enjuto de carnes, bien formado, esbelto, coronado por una cabeza verdaderamente escultórica, de frente espaciosa, nariz recta, boca rasgada, color blanco-rosado, y -cuando se internó en el sanatorio- de tupida, nívea cabellera y abundante y blanca barba patriarcal, naturalmente rizada; pero lo que descollaba, penetraba, subyugaba y atraían eran sus ojos, pequeños, pero en los que relampagueaba un alma gigante de apóstol.»

Su muerte fue, por lo ejemplar, la consecuencia última de su fortaleza en la fe y su permanencia en la virtud. Su fama corrió por todo el sur de América. Es una pena que se le desconozca entre nosotros.