|
10541 |
Fray Nicolás
Giner,
un hijo insigne de Carcagente
¿Cuántos en Carcagente tienen noticia de ese paisano esclarecido
que fue fray Nicolás Giner?
Una nota biográfica anónima resume así su itinerario
de por vida: «Oriundo de Carcagente, provincia de Valencia, España,
nacido el 2 de octubre de 1876, fallecido el 30 de septiembre de 1949,
a los 73 años de edad, 57 de religioso; apóstol y misionero
de Colombia durante dieciséis años; veinte en la selva amazónica
del Vicariato Apostólico del Ucayali, en el Perú, y cinco
en el Sanatorio Colinia "Baldomero Sommer" (República
Argentina), donde murió.»
Escueta nota que no da la estampa cabal de la grandeza humana y religiosa
del padre Nicolás.
Fue el duodécimo hijo del matrimonio que formaron Joaquín
Giner y Salvadora Gomis. De los catorce hijos que tuvieron, siete murieron
en edad muy temprana. También él, como luego una hermana
suya, padeció afecciones de tipo cardíaco que interrumpieron
sus estudios en el seminario franciscano de Benisa (Alicante). Repuesto
de manera humanamente inexplicable, retornó a sus estudios, que
completaría en Lima (Perú), en cuyo noviciado franciscano
solicitó ser aceptado, a los diecisiete años de edad. En
dicho convento de los «Descalzos» de la ciudad limeña
profesa, concluye sus estudios eclesiásticos y es ordenado sacerdote
por el delegado apostólico monseñor Alejandro Bavona, el
19 de marzo de 1905.

En la plaza mayor de Requena (en la Amazonía Peruana,
cerca de Iquitos) se ve un monumento al P. Nicolás Giner. Le representa
al religioso de pie en una canoa en la que reman dos nativos
El fiel cumplimiento de sus quehaceres sacerdotales y la acendrada piedad
que le caracterizan, mueven al obispo de Loja, fray José María
Masiá, venerado como santo por cuantos le conocieron en vida, a
nombrarlo familiar suyo, hasta convertirse en recíprocos directores
de sus propias inquietudes apostólicas. Con el tiempo, el propio
obispo le atendería solícito en el siempre difícil
trance de la muerte.
El Ministro General de la Orden le nombra director y maestro de aspirantes,
novicios y estudiantes de estudios superiores de la provincia franciscana
de Colombia, en la ciudad de Cali. El cargo no le impide dedicar gran
parte de su tiempo a conmover con su «elocuente, fogosa y fervorosa
palabra» a los fieles de la ciudad y provincia de Cali, donde mora
por espacio de dieciséis años. Funda y vivifica con su espíritu,
con su ejemplo y su palabra, la iglesia de la Adoración Perpetua
del Santísimo, la Adoración rotativa de las Cuarenta Horas,
las juventudes marianas y franciscanas, las organizaciones catequéticas,
numerosas éstas, famosas luego por su «disciplina y fervor».
Fundaciones que, de por sí, hablan de cuáles eran los objetivos
que perseguía con su acción y las devociones que le encuadran
como franciscano auténtico. Asimismo, para hacer más extensiva
su eficacia apostólica, funda revistas y hojas parroquiales. Tanta
dedicación explica el hecho de que tuviera que restar horas al
sueño hasta habituarse a no dormir más de cinco horas al
día.
Propuesto por el delegado apostólico para ocupar la sede episcopal
como primer vicario apostólico de un nuevo vicariato, renuncia
a tal dignidad hasta conseguir su propósito de proseguir su labor
a más humilde nivel.

Otra vista de la plaza de Requena. Al fondo el Amazonas
y la selva
Solicita y consigue ser destinado como misionero a la vicaría
del Ucayali. Su único y anónimo biógrafo dice a este
respecto: «La entonces reducida y pobre misión de Requena
(Ucayali) -fue él la iba a hacer grande y famosa- fue, durante
veinte años, el campo de acción de su celoso, abnegado,
laborioso e inteligente apostolado, que transformó Requena en el
principal y gran centro de cultura, progreso, población y vida
cristiana y modelo de una misión, en tal grado y proporciones que
tuvo la satisfacción de verla elevada, poco antes de su definitiva
y obligada salida de ella, a capital de provincia.»
Crear de la nada una capital de provincia en plena selva amazónica,
partiendo de casi nada, recuerda el empuje de aquellos primeros conquistadores
de Nueva España que, sin casi nada, domeñaron un imperio
potentísimo como el mejicano.
Lo que es fácil reducir en palabras a unas líneas, supone
un esfuerzo colosal agotador de impulsos durante años largos de
lucha y dificultades. La selva, por naturaleza, es impenetrable y obstaculizadora
de empresas civilizadoras.
«Comenzó con una escuelita primaria regentada personalmente
por él con una docena de niños, que en progresión
ininterrumpida llegó a contar con centenares de alumnos. Fue fundador
moral y material de la Escuela Normal Rural, donde formar y modelar a
jóvenes hijos de la selva en maestros de sus hermanos menores de
la selva. Con el mismo fin fundó y organizó la Granja Agrícola
Ganadera Escolar, donde maestros y alumnos aprendieran y practicaran el
cultivo y explotación agropecuaria amazónica. Fundó
y organizó talleres de artes y oficios, gabinetes de física
y química, banda completa de música y de personal que supiera
utilizarla con perfecto conocimiento y ejecución musical; importó
máquinas modernas de pelar arroz y de fabricar ladrillos prensados
tubulares, siendo éstas las primeras máquinas de esta clase
en la cuenca del río Ucayali; como fue primera, en aquellas regiones,
la imprenta que importó y puso en acción en su misión
de Requena, donde, entre otros trabajos, se editaba la revista mensual
«La Voz de la Selva». Fue también el primero que importó
y montó una usina eléctrica (central eléctrica) en
la cuenca del río de cuya luz y energía dotó a la
misión y a las máquinas industriales y de artes y oficios.
Construyó edificios escolares verdaderamente grandiosos que podrían
figurar airosamente en la capital de la nación por sus dimensiones
y estilo, para internado de la Escuela Normal y Rural y clases de ésta
y de la primaria, instalación de laboratorios de física
y química, museo de historia natural, etc.»
Trató de instalar en el corazón de la selva un rincón
de prosperidad civilizada y alto nivel cultural, de acuerdo con las necesidades
locales, como punto de irradiación y referencia para los demás
lugares habitados de la extensa ribera amazónica.
Otras necesidades más perentorias tenía, con todo, la selva:
la debida atención médica. Con este fin, decide estudiar
medicina y farmacia. En la Facultad de Medicina de Lima consigue el título
de Idóneo y el Ministerio de Salud Pública le confiere el
de Habilitado. A partir de esas fechas su consultorio en la selva se ve
concurridísimo, y cubre una de las necesidades más imperiosas
que presentaban los poblados amazónicos atendidos por los PP. Franciscanos.
De la envergadura que su acción llegó a cobrar, nada habla
tan alto como los repetidos reconocimientos oficiales de que fue objeto.
Dice así la biografía de que entresacamos estas notas: «La
Universidad Mayor de San Marcos de Lima le confirió el título
de "Bachiller" en la Facultad de Teología. La Sociedad
Geográfica Nacional le incorporó a su seno como miembro
activo. La Dirección General de Enseñanza le confirió
el título de "Preceptor Nacional". El Ministerio de Salud
Pública, Trabajo y Previsión le designó y nombró
"Inspector Sanitario de Requena". El Ministerio de Instrucción
le designó y nombró "Inspector Escolar" de las
ciento y pico de escuelas, la mayoría fundadas por él, de
aquella región. La Municipalidad del Bajo Amazonas le discernió
"Diploma de Honor" por la implantación del alumbrado
eléctrico en Requena, y recogiendo y coronando este concierto,
el Supremo Gobierno Nacional le confirió la más alta condecoración
nacional de "Encomienda de la Orden de El Sol del Perú".

Otro carcagentino, el Hno Juan Oliver, obispo de Requena,
delante de un hospital creado en esa ciudad con el nombre del P. Nicolás
Giner
»Con razón decía el padre Nicolás que una
de las cosas que tenía que agradecerle a Dios era la de haber conseguido
la gracia de no haber perdido nunca el tiempo. No pudo, aún así,
dedicarlo todo hasta el final de sus días; la más dolorosa
enfermedad hizo su aparición en la contextura íntima del
misionero carcagentino: la lepra. Lentamente síntomas deformantes
y dolorosísimos fueron convirtiendo su persona en un remedo de
hombre. El padre Nicolás había sido más bien alto,
"enjuto de carnes, bien formado, esbelto, coronado por una cabeza
verdaderamente escultórica, de frente espaciosa, nariz recta, boca
rasgada, color blanco-rosado, y -cuando se internó en el sanatorio-
de tupida, nívea cabellera y abundante y blanca barba patriarcal,
naturalmente rizada; pero lo que descollaba, penetraba, subyugaba y atraían
eran sus ojos, pequeños, pero en los que relampagueaba un alma
gigante de apóstol.»
Su muerte fue, por lo ejemplar, la consecuencia última de su fortaleza
en la fe y su permanencia en la virtud. Su fama corrió por todo
el sur de América. Es una pena que se le desconozca entre nosotros.
|