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Cien años y un día
No es una sanción; es un premio con que le marcan Dios y la propia vida. Cien años y un día en la cárcel del cuerpo, que diría cualquier escritor ascético del siglo XV. Fray Vicente Serra ha cumplido nada más y nada menos que cien años, esa cosa tan larga y llena de pequeñas memorias de miles de días que nadie o casi nadie llega a saber. Cien años es todo un doctorado «honoris causa» en la vida de un hombre, porque no es precisamente el hombre un ser propicio a concederle a su existencia límites amplios de longevidad que admitan como referencia de medición el siglo. Por siglos se mide la historia. Sin embargo, un siglo es la medida exacta que acaba de cumplir este fraile franciscano, ex morador de nuestro Colegio.
Fray
Vicente es un anciano que parece anclado en el tiempo: «el tiempo
no pasa por él», que dice la gente. Lo cierto es que en su
porte externo, desde hace ya años, es de lo menos sensible que
se puede ser al cambio que el tiempo comporta siempre. Conserva la nerviosa
movilidad de sus gestos, el tono incisivo y un tanto destemplado de la
voz, la mirada mínima, húmeda e inquisitiva, la sonrisa
entre picarona, piadosa e ingenua, la dedicación constante, en
fin, a mil menudas ocupaciones que colman su tiempo y lo mantienen en
perpetua actividad. Pertenece a esa casta privilegiada de gentes de quienes
se suele decir: no cambia ni poco ni mucho. Sí que cambia; cómo
si no. Precisamente porque cambia día tras día de muda espiritual,
está ahí entero. Sólo el que acierta a cambiar con
justa medida, no decae. Hay una higiene del espíritu que es la
que, en definitiva, mantiene sanos la mente y el corazón. Y nadie
ignora que fray Vicente es fraile ejemplar, esa cosa tan difícil
de aplicar sin benevolencia a todos.
Un siglo y un día andando hacia Dios a pasos menudos de pequeñas cosas, pero por un camino bien hecho que sólo algunos saben, sin apenas darse cuenta. Destacarlo es alumbrar un poco el posible acceso.
Fray Vicente nacía en Picasent, el 24 de abril de 1876. Profesó en la Orden franciscana el 17 de septiembre de 1900. Reside luego en los Colegios de Onteniente y Carcagente. Y desde 1945 es portero y telefonista, y mecánico de mil pequeñas cosas en San Francisco el Grande (Madrid).
Nuestra enhorabuena por mucho tiempo todavía.
F. A. M.
Meditació d'un home arribat a vell
(Premio especial en el concurso homenaje a Fr. Vicente Serra.)
Jo ja no res tinc que vore Soc com les runes d'un poble, Abans d'hora, acabalava No en tinc desitjos d'anarme'n, Anant a la vora d'Ell, Em porta amb tal mirament Fr. Ángel Martín |
¿Dónde está ahora Fofó?
Ha muerto Fofó, el payaso amable que con la batuta de su buen humor dirigía el grito desaforadamente jubiloso de toda una colmena infantil: «¿Cómo están ustedes?» «¡¡¡Bien!!!».

«¿Cómo está Fofó?», era la pregunta que todos los días se hacían muchos españoles, no todos niños, mientras la enfermedad le cercaba la vida. «Mal; muy mal».
Ahora Fofó ya ha muerto. ¿Dónde está Fofó?, porque a la televisión le falta algo muy importante que nadie puede suplir: su presencia anunciadora de alegrías pequeñas.
Dicen que Fofó nació en un circo ambulante, precisamente aquí, en Carcagente, un día de ferias cualquiera, aunque él se decía madrileño de barrio pobre. Los payasos no son, en realidad, de ningún lugar concreto, porque su lugar es el camino azaroso de un día en cada sitio. Pero si nació en Carcagente, nos alegra el dato.
Su humor era un humor sano, sin concesiones a la frivolidad, fácil recurso que tanto se lleva; «humor blanco -dice Jaime Olmo en "Ya"-, como a Fofó le gustaba llamar a su humor, que no conocía el chiste fácil verduleresco, ni la sexualidad, ni la ironía, ni la crítica social, ni el ridiculizar ninguna profesión o trabajo..., presidido siempre por el respeto al niño, su primer y entusiasta público.»

Su última peripecia ha sido, contra su costumbre, la más triste que pueda imaginar un niño: cerrar para siempre el ámbito de su sonrisa, enterrar sus grandes botas destartaladas, arrancarse la interminable camisa, para dar de bruces, limpio de ropa y disfraz, con otra vida, bajo la carpa inmensa de Dios, en quien creía.
Que el último aplauso, bien merecido siempre, no se le acabe nunca.
