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El «Cántico del Hermano Sol»San Francisco sentía tan honda la convicción de que, hijas de Dios todas las criaturas, se hermanaban en el corazón divino, que daba trato de fraternidad a todo cuanto de alguna manera le recordase el amor creador de Dios. Y deseoso de hacer notar a los demás esta armonía amorosa que él sorprendía en la grandeza de la Creación, escribe el «Cántico de las criaturas», que también se conoce por «Cántico del Hermano Sol», ya que es éste el primer ser natural que convoca a este propósito de dar gloria a Dios en compañía de todas las cosas. Contrasta la fina sensibilidad del santo de Asís con el embotamiento a que nos somete el cúmulo de novedades prefabricadas con que nos bombardea la civilización. Bastaría abrir un libro de ciencias con un leve afán de búsqueda y un ligero toque de espontaneidad, para tropezar con datos curiosos capaces de sobrecoger incluso a un necio. Leo, por ejemplo, en un libro, que la temperatura de la sangre en las alas extendidas de una mariposa al sol, le sirve para controlar el calor del cuerpo, porque sólo alcanzando una graduación conveniente podrá emprender el vuelo. ¡Sorprendente! A San Francisco le producía verdadero entusiasmo la contemplación de cualquier criatura, por la simple consideración de saber que la mano creadora de Dios había flotado un día amorosamente sobre ella. El «Cántico de las criaturas» figura en las antologías de la literatura italiana como uno de sus primeros monumentos líricos, junto a fragmentos de las «Florecillas», popular biografía del santo, y a su estudio y comentario se dedican eruditos de todas las latitudes. Este año, 750 aniversario de la muerte de San Francisco, la revista se une a la común conmemoración franciscana publicando aquí el cántico que hace más de siete siglos nos legara el «Pobrecillo de Asís». El cántico fue compuesto en etapas sucesivas, y como el sol y el fuego, entre las criaturas elementales, fueron siempre para el santo objeto privilegiado de su fraternal entusiasmo, sol y fuego, con la tierra, son el alfa y la omega del himno en su primera versión. El cantar lo inicia el santo entre otoño e invierno del 1224-25, no mucho antes de morir, y lo concluye para prepararse a correr ese trance. San Buenaventura, biógrafo del santo (siglo XIII), lo cuenta así: «Hallábase Francisco, dos años antes de su muerte, en el convento de San Damián, en una pequeña celda hecha de esteras. Estaba tan gravemente enfermo de la vista, que por espacio de sesenta días no pudo alzar ni por un solo momento los ojos hacia la luz natural ni artificial.» Consolado entonces en sus achaques por Dios, San Francisco lo comunica al punto a sus compañeros jubilosamente: «Debo alegrarme mucho en mis enfermedades y contratiempos, conformándome en todo con la voluntad del Señor, tributando siempre acciones de gracias a Dios Padre, a su Unigénito Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo, por el gran favor que se ha dignado concederme; esto es, por haberme asegurado a mí, indigno siervo suyo, vivo aún en carne mortal, la posesión de su eterno reino, por lo cual a honra y gloria suya quiero escribir un nuevo cántico de alabanzas de las criaturas al Señor, de que nos servimos diariamente, necesarias a la vida, con las que, por desgracia, tanto ofenden los hombres al supremo Hacedor. (...). »Sentado, se entregó algún tiempo a la oración, diciendo después: Altísimo, omnipotente y buen Señor, etc., y sobre este pensamiento compuso un cántico.» Con ocasión de unas disensiones entre el obispo Guido y el magistrado Opórtolo, de la ciudad de Asís, San Francisco añadirá dos estrofas más. Y cuando, finalmente, fray Elías le comunica que los médicos le tienen desahuciado y debe disponerse a bien morir, compone las estrofas restantes y manda a sus compañeros fray Ángel y fray León le canten el himno, ya así completo. Es un himno con versos de irregular medida, como lo eran los cantares de gesta, con rima asonante, si bien hay versos libres de todo ritmo fónico. Hay quienes lo consideran prosa rimada, aunque las pausas, esos breves silencios que detienen la pronunciación a final de verso, tienen la clara finalidad de marcar la terminación de la frase rítmica que constituye cada uno de los dichos versos. La prosa rimada, en cambio, carece de dichas pausas y encadena, no métricamente, sino con ritmo gramatical, unas frases con otras. La similicadencia, por ejemplo, crea ritmo fonético, pero no hace verso. La intención de San Francisco es claramente la de construir una composición poética en verso. La irregularidad a que hemos hecho referencia no es elemento de juicio bastante para negarlo. Nadie llamaría prosa poética a las series monorrimas de los cantares de gesta, pongo por caso, a pesar de la irregularidad métrica que las caracteriza. El «Cántico de las criaturas» es como sigue: Texto del cántico
San Francisco de Asís
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