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Pablo VI y la vuelta sobre sí mismosEn una de sus audiencias generales hablaba, este mismo año, Su Santidad Pablo VI sobre la necesidad de retornar a la autenticidad interior. "¿Un retorno hacia qué dirección? Hacia nosotros mismos; cada uno hacia su propia conciencia."
Dando de lado a enfoques de la conciencia concernientes al nivel enque la Psicología se instala, el Papa se atiene, al tocar el tema, "a unazona particular de la conciencia en general, importantísima para nuestravida religiosa, y es la conciencia moral, es decir, aquel acto de nuestroespíritu mediante el cual aplicamos nuestro pensamiento a nuestra acción". Le importa a Su Santidad llevar su consideración al plano más pertinente de la conciencia mota¡, porque sabe y nos recuerda que "conducida a su espontáneo y lógico desarrollo, exige a Dios como término". La historia del hijo pródigo es, en esta línea de exposición doctrinal, algo así como un ejemplo perfecto, al punto que se podría llamar "el paradigma de la vida humana en el análisis de la conciencia moral". Hay en esa dramática historia una frase sencillísima, plena de intención, en la que el Papa nos hace reparar: "el protagonista de la triste aventura "volvió en sí mismo". No es lo importante volver a casa acuciado por la necesidad, ni lo es acogerse al amor del padre envejecido y exultante ahora. Lo más significativo es esa otra vuelta sobre sí. "Volvió en sí mismo; ¿pero tenía necesidad de volver en sí mismo un joven lleno de vida, que no había buscado otra cosa que a sí mismo; es decir, gozar ae la propia vida mediante las experiencias de la libertad y del placer, las cuales parecen descubrir a un buscador de la vida de su plenitud, su autenticidad, su felicidad? Había salido, pues, de sí mismo, de la propia conciencia, de la propia y verdadera personalidad, y habiendo llegado al fondo de una miseria desesperada e innoble, volvió al sitio de donde había huido; retornó a sí mismo." Bello y transparente el comentario del Papa. Bello por claro en su justa brevedad. Sólo que nadie vuelve sobre sus pasos si no hay una pausa propicia a la reflexión que permita estrangular a tiempo la terquedad engañosa del extravío. Por eso alega el Papa que "este acto de reflexión solitaria, valiente, personal, está en la raíz subjetiva de la recuperación de la verdadera y nueva vida del hombre. El examen de conciencia, la verdad sobre sí mismo, la clasificación justa de propia conducta, el valor de llorar sin desesperación, etc., podrían conducirnos a excelentes análisis del mal, querido y vivido y ya bajo el peso de una autocondenación, lleno de riqueza extraordinaria, no solamente pasional y literaria, sino también sabia y humana, necesitada diremos, casi desde este momento, merecedora de compasión y de rehabilitación". No hay regreso posible sin ese otro acto torcedor de actitudes extraviadas. Sin crítica interior de nuestros pasos mal dados, la inercia del camino fácil nos lleva a las laderas de la vida en que lo cómodo es descender hasta perder la luz. Reflexionar a tiempo en los momentos que nuestros mismos tropiezos propician, para volver luego a la autenticidad de nuestra personalidad moral, debe ser siempre el mecanismo que nos mantenga, a la corta o a la larga, en el rumbo cabal que nuestra dignidad de hombres exige. ¿Puede creer un joven, hoy?En un actualizador propósito de integrar al cristiano, con todo su bagaje evangélico tradicional, en el cerco nunca tan agresivo y crítico de la acción temporal, dedica Josep M. Rovira un capítulo a la fe de los jóvenes en su libro reciente «Fe y libertad creadora». Lo inicia con una pregunta escalofriante: ¿puede creer un joven, hoy? Extracto el pensamiento de Rovira Belloso trayendo aquí una parte de su más amplia respuesta. «Deberíamos observar -dice- que la actitud revolucionaria como actitud global ante la vida se ha generalizado tan ampliamente entre la juventud, que se ha producido un hecho muy importante: se ha creado una nueva solidaridad -una conciencia solidariaal menos negativa. Se sabe muy claramente qué se quiere y qué no se quiere: desigualdad, caciquismo, represión, hipocresía, resignación ante el hecho de opresores y oprimidos, libertad ante los "tabús"... Se ha creado algo parecido a una conciencia masivamente revolucionaria, aunque este tronco fundamentalmente revolucionario se despliegue después en diversas ramas: la revolución fundamental de la clase obrera para liberar la sociedad de la opresión de otra clase; la revolución intelectual o esteticista (la "divine gauche"); la revolución específicamente juvenil que tiene su mundo de expresión en la canción, en la moda, entendida en toda su seriedad, en las formas de vivir; la revolución en la enseñanza para la escuela nueva. »La juventud pertenece al dinamismo de este mundo, unida a sus
valores, a sus aspiraciones, a su caminar, es decir, a todo medio en movimiento.» «Muchos jóvenes de los que se han atascado en la duda o en la desafección de la fe, lo han hecho porque en este punto preciso de la búsqueda de la fe han separado el pensamiento y la vida. Y esto lo han hecho en un sentido muy particular. Han dejado a un lado la experiencia de la vida de la fe en el momento en que empezaban a hacer hipótesis a nivel racional. Y ha venido el callejón sin salida porque se ha separado la investigación de la fe de la experiencia de la fe vivida, que era, en definitiva, el único terreno apto para esta investigación.» «Hay que renovar -dice en otro lugar- la auténtica seguridad de la fe.» Sí, pero ¿cómo? Rovira Belloso se sitúa así para hallar la posible respuesta: «En el hombre hay dos niveles en los que puede vivir la fe: uno más central, su mismo yo, su conciencia, el que la Escritura denomina «corazón» o "espíritu', y otro más periférico, que no quiere decir que consideremos menos importante: el nivel de las acciones concretas. En el primer nivel se piensa, el espíritu se repliega sobre sí mismo para entender, concretarse, decidir, optar. Son las raíces del hombre y las raíces de su actuar. En el segundo nivel se actúa en el mundo, se experimenta el trabajo y la lucha, se padece el miedo, se es valiente; se siente el gozo por la obra bien hecha y la esperanza que viene; se siente la dureza de vivir y se presiente su fruto para uno mismo y para los demás. Y todo este vivir me retorna a mi centro y me hace más yo mismo, o bien me aliena.» ¿Qué puede entenderse, entonces, por centro de la fe? «En teología lo llamaríamos "la fe objetiva". Entiendo por centro de la fe todo el Reino (Cristo, que manifiesta al Padre, hacia el cual nos "promete" guiarnos, el Reino último y definitivo). Entiendo por "centro de la fe", en definitiva, todo Cristo: Jesucristo-Mesías, que trae ya a este mundo lo que es definitivo y trascendente para el hombre ("el Pan de la plenitud del mañana, danos Señor, en el día de hoy"); Jesucristo Salvador, que me libera de la ambigüedad, y me hace juzgar y decidir rectamente, según su manera de valorar el mundo y la vida; Jesucristo Señor, que da sentido a mi vida seria aunque limitada.» ¿Qué papel jugaría la fe en la acción temporal del hombre? «La fe me descubre mi última profundidad de hombre. Ejemplos concretos: el hombre que aguanta las situaciones duras de la vida; el hombre que en el trabajo es persona con la que se puede contar a la vez como buen compañero y como buen revolucionario; el hombre que ama a su mujer y aguanta su casa. No digo que sin la fe no se pueda hacer esto. Digo: escojamos la fe como el fundamento de estas actitudes en las que se revela el fondo del hombre. Porque escoger la fe -optar por la fe-, en este sentido profundamente personal es preguntarse: ¿Me dejaré funda mentar y con-formar por esta realidad central de la fe (todo el Evangelio, todo el Cristo)? La fe es decidirse: quiero que esto -el Evangelio y Cristo- me fundamente y me con-forme.» Por vía de autoridad, el autor alega actitudes humanas que procedían de una fe central, en la epístola a los Hebreos:
En definitiva: «El hombre que sabe unir este nivel central de su persona en el que inserta el centro de la fe con los diversos niveles de la actuación cotidiana en los que se vive la pobreza, la lucha, la esperanza humana, la lealtad o el honor, este hombre es "sabio" a los ojos de Dios. Y a lo largo de su vida, sus compañeros seguro que se preguntarán por el fundamento total y central de esta vida, que tiene tantas manifesta ciones humanas coherentes. »La sabiduría consiste en saber unir este nivel de las raíces de la persona con el de las realizaciones concretas de la vida cotidiana y comprometida.» Más aún: «Será sabio quien sepa unir su pertenencia a unos grupos que alimenten su fe (en el sentido de que le ayuden a integrar el centro de sí mismo y de la fe con la realidad temporal), con su presencia en grupos no confesionales (civiles) que analicen la realidad a fin de re-crearla (sindicatos, partidos, asociaciones de barrio, de fábricas, etc.).»
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