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El puente roto
El puente de ayer y la calzada de hoy, codo a codo. No siempre el antes y el ahora se suceden por relevo. Para el romano, tradición era tanto como recuerdo, saber hoy de lo ocurrido antes, «memoriae próditum esse». Con todo, el sabor etimológico que perdura en la palabra tradición puede conducir a términos y conceptos equívocos, si interviene como interferencia la imaginación, intrusa incorregible. Solemos pensar la tradición como una cadena cuyos eslabones emergen del pasado, a modo como emerge, a estirones, del agua, el sedal del pescador. La tradición, muy en contra, no es el pasado que da saltos de permanencia hasta el presente. Es el presente mismo, un presente con vida propia, quien lanza su caña flexible y estirada hacia el estanque muerto del pasado. El presente tiene siempre raíces lejanas, como los árboles frondosos, hacia atrás y hacia adelante. Por eso está firme aquí y ahora. Sólo lo efímero carece de hondura y horizonte y por eso muere. Visto el hoy así, el pretérito es una de sus dimensiones actuales: la dimensión de lo profundo; porque la tradición alienta en él y en él cobra sentido. El pasado o lo que se entiende por él, y el futuro, no existen sino condicionados por el ahora vivo. El futuro es la dimensión de la luz, del aire, y por eso ejerce sobre la actividad más oscura del hombre fenómenos de heliotropismo. De ahí el idealismo y, cuando la luz es cegadora, la utopía, su hermana bastarda.

Desaparecido el hombre, eje de rotación del tiempo, el presente dejaría de ser; y roto el presente, se desvanecerían pretérito y futuro, sombras del presente. Las cosas, de suyo, carecen de actualidad. No tienen historia si van sin el hombre. Es el hombre quien las refiere a sí y las hace partícipes de sus momentos vivos, como circunstancias que le prestan juramento y compañía. Sólo el hombre les confiere utilidad, les asigna un sentido y les hace incluso vehículos inefables de la emoción y el pensamiento.
Existe una cierta encarnación del hombre en las cosas, como existió, a muy distinto nivel, una encarnación de Dios en el hombre. La palabra que yo pronuncio, el dibujo espontáneo del niño, el puente con que el hombre clava, como con una grapa, las dos orillas del río, llevan un contenido vital que el hombre les transmite ; de modo que ese puente será romano o visigodo o neoclásico. No es que el hombre se metamorfosee en la piedra; pero la piedra sí recibe atributos humanos, y se alza a nivel de arte, de ingenio y prodigio de maestría, documentados ya para siempre en ella.
La manera peculiar del hombre de cada día queda así archivada en los legajos de las cosas mismas que su mano tocó. Por eso, cuando el hombre inaugura una nueva cultura, cambia el mobiliario de la creación que le circunda, modifica el orden de cuanto le atañe de veras y somete a nueva interpretación pasado y futuro. Cosas que se le antojaban primordiales quedan relegadas a segundos términos, y coloca en línea con él ideas y realidades que no contaban o contaban apenas.
Las cosas, referidas al hombre, son algo más que simples objetos. La piedra cuadrada del puente no es sólo piedra, es sobre todo hombro robusto de otras piedras que se sociabilizan en un conjunto de función más subida. Y no es eso sólo. Por sobre el mero artificio, la sensibilidad del hombre que así las fundió en un todo superior puede todavía trepar como un rayo de sol por sus paredes, hacia ámbitos de sabiduría y belleza. Significados inéditos y emociones no estrenadas pueden saltar, como agua salpicadora, refrescando el labio reseco de nuestra interioridad.
Un acueducto, por ejemplo, conjunto de puentes saltimbanquis, mente, alguna vez, el de Tarragona. Aquí, en Cataluña, me insinuaba paralelismos singulares. Dos hileras profundas de arcadas, superpuestas, subida la una a la espalda de la otra como «els xiquets de Valls», buscando un horizonte de agua en la cima. Un doble oleaje de agua y luz, aprisionado en piedra, para cartel propagandístico de costas bravas.
La mente, las manos y la imaginación son la trinidad creadora del hombre. La imaginación sobre todo. Como una cueva cualquiera en Mallorca, se asimila las formas y las somete a caprichosos procesos de nitidez y asombro. El hombre se hunde en ella, chapotea en la azul oscuridad milagrosa y sale luego repletos los ojos de emocionada exultación.
Me asustan los niños que juegan con las cosas. Ignoran el alto explosivo de contenido divino latente en ellas. Pero también es niño temerario el poeta. El poeta les pisa las aristas a las cosas para ganar altura espiritual sobre ellas. El filósofo no. El filósofo las ausculta para exprimir su sentido último y reconstruirnos luego el esquema ideal en que, como sobre una falsilla, están montadas.
La actitud del poeta es más inestable, más atrevida, porque ir de puntillas sobre el ápice de las cosas recuerda mucho el gesto vacilante de la cigüeña sobre una sola pata. El filósofo entra en las cosas con la plomada de la crítica seria, más seguro, más a fondo. Si se le va alguna vez la plomada, al fondo del pozo, aún queda el brocal de la rectificación de que asirse con firmeza.
Es muy otra la manera del hombre de Dios, del franciscano de las menudencias hermanas: él alaba por cada una de ellas el favor de habitarle la tierra. Puente, para él, son las cosas que llevan a la con templación serena de la maestría sutil de Dios ; piezas que componen minuciosamente la Creación como las teselas de un mosaico ; sillares de ese otro acueducto titánico, lleno de pórticos estelares, por el que Dios nos envió el vuelo de la luz, el caudal del pensamiento, el júbilo de la paz, el vaho efímero, pero acristalado, de la vida.
Místicos, filósofos, poetas y niños, a veces se dan la mano, como los arcos, otra vez. del acueducto clásico.
Veinticuatro horas de baloncesto
El Colegio ha revivido el acontecimiento de las primeras 24 horas de baloncesto, en una segunda edición de aquella con que se conmemoraron las Bodas de oro. Compleja organización, por la continuidad de juego y el número de equipos participantes, que obliga a mantener en continua actividad a los auténticos aficionados al deporte. Prensa y televisión se ocuparon de tan magna celebración deportiva y el alumnado se ha sentido premiado en su entusiasmo del modo más cumplido.
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El reportaje gráfico que acompaña a estas líneas recoge distintos momentos del desarrollo de los actos.
Gran coral de alabanza
El «Cántico del Hermano Sol» tiene calidades poéticas tan subidas que han hecho de él cartilla de aprendizaje para uso común de artistas con sensibilidad auténtica. Hay poemas en que la presencia de ese influjo franciscano queda hábilmente soterrada por expresiones distantes a las del modelo, pero la imitación se advierte, incluso en escritores cuya mentalidad parece tener que disimular la fuente en que antes han empapado su espíritu. No dejaría de tener interés una antología confeccionada con amplitud de criterio en que apareciesen todas las posibles versiones distintas del famoso cantar. Como muestra, valga este Gran coral de alabanza, incluido en una obra teatral, nada menos que de B. Brecht.
| 1 | ¡Alabad la noche, las tinieblas que os rodean! Venid todos juntos, levantad al Cielo los ojos, ahora que el día ha acabado. |
| 2 | ¡Alabad la hierba, los animales que con vosotros viven y mueren Pensad que el animal y la hierba viven también y han de morir también con vosotros. |
| 3 | ¡Alabad el árbol que desde la podredumbre sube jubiloso
hacia el cielo! Alabad la podredumbre, alabad el árbol que se la come, pero alabad también el Cielo. |
| 4 | ¡Alabad el frío, las tinieblas, la descomposición! Mirad hacia lo alto. De vosotros no depende y podéis morir tranquilos. |

Al llegar aquí, se me antoja que el Coral de Brecht, más que versión es réplica al Cántico franciscano. San Francisco, enamorado de Dios, invita a las criaturas a alabarle en común exaltación. Brecht, en cambio, prefiere llevar al hombre al borde de las cosas, incluso las más mostrencas, para que estime el hecho de su existencia inevitable y alce al final los ojos a lo alto, ya que de lo alto dependen. Réplicas son también, en definitiva, las «Meninas» de Picaso; sólo que yo me quedo con Velázquez y San Francisco. Con todos los respetos.




