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Recuerdo último

La vida del P. Julián no es de las que resisten ser contadas generosamente por años. Treinta y nueve, ni más ni menos, contaba el día en que, desfallecido de fatiga y transido de dolor, cortaba al fin las amarras de esta vida y despegaba hacia los horizontes de Dios, en que se le investiría de otra más duradera. Durante la misa de óbito, iniciado el ofertorio, el pueblo unánime cantó, nunca tan oportunamente: «Te ofrecemos, Señor, nuestra juventud.»

Entre jóvenes, los del Colegio, transcurrió también lo mejor y lo peor de sus últimos años de aliento. Poco aliento, porque sus dolencias, en no poco tiempo, fueron adormeciendo lentamente las brasas últimas de su vitalidad recia. El mismo previó el desenlace y no volvió la espalda al trance presentido. Se presentó ante la amenaza con serenidad y silenciosa espera. Tuvo el convencimiento de que en las cercanías le rondaba y alertaba Dios. Desechó, entonces, de su habitación objetos amigos que ya no le acompañarían por mucho tiempo; puso en orden compromisos y su vida misma; se cercioró una vez más de que los análisis médicos le desahuciaban. Y esperó. Esperó con naturalidad, con el arrojo sencillo y sin alardes del que sabe que en realidad es poco lo que se pierde y que tiene una cita eterna con Dios. Noble ejemplo con que daba sentido y plenitud a una vida joven que se le troncharía llena aún de posibilidades.

Sus horas últimas fueron la historia intensa de un suplicio descoyuntador. El daño le encenagó las venas y los pulmones le negaron el aire. Hubo una tregua de mentida recuperación en que, contra su costumbre, se mostró locuaz, momento que aprovechó para testimoniar agradecimiento a quienes le habían tratado con generosidad. Los desesperados esfuerzos por rescatar su vida, sólo lograron extremar su agonía. En un largo y penoso acezamiento, fue ganando terreno a la muerte hasta saltar de pronto y para siempre hacia su último destino.

Dios quiso llenarle las manos de merecimientos; puso alto precio a su vida; y el P. Julián supo responder con sufrido acogimiento. Quienes le ayudaron a vivir, no le olvidarán pronto ; quienes le acompañaron en su dolor, le recordarán siempre.

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El P. Julián había nacido, casi en olor de pólvora, en los comienzos del año 1936 (el 6 de enero). Inicia estudios en Zaragoza, su ciudad natal, y en Benisa (Alicante), los prosigue y completa en su etapa básica, al tiempo que pone a prueba su incipiente vocación. A la edad de 19 años vestía el hábito franciscano, el 7 de septiembre de 1955, en Santo Espíritu del Monte y profesa solemnemente el 9 de septiembre de 1960.

Cursa Teología en Teruel, recibe órdenes sagradas y alcanza, por fin, el sacerdocio el 23 de junio de 1963. El día que celebra por vez primera la Santa Misa, se estremece y apenas si consigue dominar la emoción. Año tras año recordaría luego esa fecha como una frontera que partiría en dos su vida. «¡Qué lejos ya! -comentaría-; es bien cierto que el hombre es un ser en camino.»

Ejerce el ministerio en Zaragoza y Benisa. Es un fraile piadoso, responsable, más bien serio, sobrio en sus costumbres, silencioso y hábil en la dirección espiritual.

En Carcagente, ejerce como profesor sin abandonar su ministerio. No se hace notar; gusta estar solo; y cuando se hace acompañar, más bien escucha. Pero sus convicciones son profundas, aragonés al fin, y cuando expone sus puntos de vista, afirma sus opiniones con el peso de sus frases cortadas.

Tenía especial disposición para la enseñanza del latín, aunque no opuso reparos en atender otras disciplinas, como lengua española y religión, porque entendía que era más acertado plegarse a las exigencias del Colegio que a las conveniencias personales.

Le preocupaban sobremanera los alumnos cuyo aprovechamiento o conducta no respondiera positivamente al interés que en tales casos él mostraba por ellos. Era exigente, pero justo. Laborioso, puntual y efectivo.

Cuando la enfermedad le avisa, acepta el régimen con disciplinada disposición y no duda en extremar perseverancia y rigor, porque entiende que el precepto de «no matar» es una disposición positiva.

Se sabe herido de muerte, pero adivina en ello una segunda y más definitiva llamada. El 5 de enero del año actual, rinde su alma a los pies de Dios. Un 6 de enero había empezado a vivir.

Vintilia Horia y el respeto al profesor

Vintilia Horia, con ese equilibrio suyo con que suele tratar los temas culturales que le preocupan, ha expuesto en las páginas de un prestigioso periódico madrileño la poco favorable figura en que queda el profesor actual, cuando es blanco de los desmanes estudiantiles. Las protestas universitarias, justas o no, vaya usted a saber, obtienen reivindicaciones: laboratorios, aulas nuevas, diálogo. ¿Pero en qué lugar va quedando la tradicional estampa respetable del profesor? «Las relaciones entre maestro y discípulos han dejado de ser lo que eran. Muchos profesores no podrán olvidar las violencias de que fueron objeto por parte de gente que no quería más que la violencia y una revolución sin objeto, espantosa e incorpórea como un fantasma tonto». «El profesorado no es considerado como una fuente de vida.»

Todo esto y más dice Vintilia Horia. Es triste. Y lo es porque no siempre lo que se persigue es meta positiva y en la marcha se pisotea lo que nunca mereció pisotones. El profesor ya no sólo ha de enseñar: ha de proponerse con firmeza soportarlo todo ; no desmayar y seguir sonriendo al que días antes le cubría el paso para denostarle. Todo esto es triste. Y la solución sigue sin adivinarse.

Fr. Ángel Martín