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«Da mihil aquam»

A propósito de una lectura

El sentido purificador de la religión ha hecho del agua fuente interminable de imágenes piadosas. El agua transparente y pura, trasunto de la gracia; el agua quieta y silenciosa, abrevadero del ciervo sediento; el agua turbulenta o turbia, hondón de pasiones oscuras; el agua arrolladora, en fin, de la vida misma. El caleidoscopio del agua ofrece al escritor místico toda una paleta, gloriosa de matices y variaciones sin cuento.

Desde la Biblia grave al predicamento humilde de la homilía dominguera, hay toda una antología de insistentes alusiones a la virtud didáctica del agua. Su valor de elemento básico ha surtido de gracia explicativa los mil recursos que el estilo pone en juego.

Santa Teresa, humilde por buscado propósito en el uso del lenguaje, se agacha una y otra vez hasta la tierra humedecida para llevar claridad de comprensión a sus teorías devotas. «Deseando estoy a acertar a poner una comparación» -insinúa en cuanto comprende la dificultad de exponer de manera más directa el tema que la ocupa-. «Ni tampoco Moisés supo decir todo lo que vió» -se consuela-.

Santa Teresa amaba el agua, porque amaba la gracia de Dios y la clarividencia en el lenguaje. El agua era todo un símbolo de transparencias, vitral de luminosidad hacia lo hondo del concepto. Agua y luz se hermanan a veces en símiles esclarecedores: «Es de considerar -escribe- que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura».

Hay ocasiones en que el agua, en sus íntimas funciones de arrastre y drenaje por entre las miserias del alma, se enturbia; entonces, hasta la propia santa se asusta de la propia imagen que compone para sus lectores: «Así como decíamos, de los que están en pecado mortal, cuán negras y de mal olor son sus corrientes; así acá, aunque no son como aquéllas (iDios nos libre, que esto es comparación!). Metidos siempre en la miseria de nuestra tierra, nunca la corriente saldrá de cienos de temores, de pusilanimidad y cobardía».

Pero el agua, en la Mística Doctora, cobra también virtudes impetuosas. El arrebato amoroso con que Dios impulsa al alma vertiginosamente hasta la cumbre de sus inefables favores, alcanza en la expresión literaria de la santa calidades de turbulencia y empuje tempestuoso. Así cuando dice: «No parece sino que aquel pilar de agua que dijimos (...) que con tanta suavidad y mansedumbre (...) se henchía; aquí desató este gran Dios, que detiene los manantiales de las aguas y no dejar salir la mar de sus términos, los manantiales por donde venía a este pilar del agua: y con un ímpetu grande se levanta una ola tan poderosa, que sube a lo alto esta navecica de nuestra alma.»

En otros pasajes, el agua desciende luego hasta la arena y queda contrapuesta a la sequedad del espíritu: «Por eso, hermanas, tengo por mejor que nos pongamos delante del Señor y miremos su misericordia y grandeza y nuestra bajeza, y dénos El lo que quisiere, siquiera haya agua, siquiera sequedad».

Pero hay, de entre todos los que conozco, un pasaje del que pudiera decirse que todo él está embebido en agua; un pasaje en que Santa Teresa muestra como pocas veces el difícil arte de reflejar estados de espíritu. «No está escrito con tinta -lo repito-; con agua está escrito.»

El alma ha caído inopinadamente en una situación tal, que son la insensibilidad y la indiferencia su condición más acusada. «Bobería de alma» llama la santa este estado en que «no parece se siente nada». «Paréceme ahora a mí como un navegar con un aire muy sosegado, que se anda mucho sin entender cómo; porque en estotras maneras son tan grandes los efetos, que casi luego ve el alma su mijoría; porque luego bullen los deseos, y nunca acaba de satisfacerse un alma. Esto tienen los grandes ímpetus de amor que he dicho, a quien Dios los da. Es como unas fontecicas que yo he visto manar, que nunca cesa de hacer movimiento el arena hacia arriba. Al natural me parece este ejemplo o comparación de las almas que aquí llegan: siempre está bullendo el amor y pensando qué hará; no cabe en sí, como en la tierra parece no cabe aquel agua, sino que la echa de sí. Ansí está el alma muy ordinario, que no sosiega ni cabe en sí con el amor que tiene; ya la tiene a ella empapada en sí; querría bebiesen los otros, pues a ella no le hace falta, para que la ayudasen a alabar a Dios. ¡ Oh, qué de veces me acuerdo del agua viva que dijo el Señor a la Samaritana! Y ansí soy muy aficionada a aquel Evangelio. Y es ansí, cierto, que sin entender como ahora esté bien, desde muy niña lo era, y suplicaba muchas veces al Señor me diese aquel agua, y la tenía debujada, adonde estaba siempre, con este letrero, cuando el Señor llegó al pozo: "Dómine, da mihi aquam"».

De sobra la tuvo la santa. Aquí y allá se le cae de las manos como una lluvia fresca y bienhechora.

Confuso y turbio el mundo que nos rodea, contaminados aire y agua en la geografía y en el pecho de los hombres de hoy, no sería vano volver los ojos en implorante actitud hacia la escritora de Avila, poner nuestros corazones en rogar tiva hacia el brocal de Dios, y repetir con ella: «Dómine, da mihi aquam».

Fr. Ángel Martín

La amistad y la Biblia

Estudiante: no traiciones nunca la amistad que el compañero fiel deposita en ti. En el Eclesiástico se pondera sobremanera el grado excelente de amistad que supone llegar a la entrega generosa de un secreto, hacer una confidencia, y por tanto la endeblez del que rompe la carta sellada de la intimidad amistosa.

Pon atención a los versículos que siguen:

(Eclesiástico, capítulo 27)

Ideales y utopías

Existe el ideal posible, realizable; y el otro, nube intangible y contorno memo de fantasmagorías. La utopía es un poco como el globo de colores vacío de nada.

Le va bien el globo al niño, porque su vida es toda presente de risas y chiclés hinchables. Pero el hombre necesita tierra más firme y programas a nivel de posibilidad, al alcance de la mano pronto o tarde.

Con frecuencia, el hombre de hoy es hombre niño, sin aspiraciones serias. Es la meditación en los misterios del hombre y de Dios el resorte que eleva la mente a ríeles de encauzamiento y programación. Sólo que el hombre de hoy es hombre cansado, de ala lacia y sin vuelo, agotado por el afán de vivir sus dimensiones de superficialidad. La prisa por devorar entretenimientos, le poda el sentido de lo más alto y sustancial. Se rodea de globos vanos que no elevan ni dejan ver la luz y no alcanza sino a aliviar apenas la aspereza de vivir.

La existencia es corta, pero sobre ella, la vertical perfeccionadora del hombre puede alzarse en acrobacia maravillosa hasta descubrir el boquete estremecedor del amor de Dios. Mecanizar la vida puede hacer cómoda una existencia que ha nacido chata, pero al fin el globo se pincha y se desvanece su apariencia. No hay otra solución que uncir la existencia al ideal supremo de tender, en última instancia, a las manos alfareras del que lo hizo todo.

Pronto o tarde hemos de dar de bruces contra El. A Dios no puede evitársele. Es terco en sus encuentros y se agazapa con insistida astucia en todos los recovecos del camino.

A cuantos aún están entre nosotros o en nuestras cercanías y a aquellos que un día tuvieron que alejarse y a veces regresan un poco, les ofrezco mi meditación, un tanto agria porque es seria, pero sencilla y necesaria alguna vez. La foto tiene la culpa.