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Pablo VI y la alegría de los jovenes
La voz del Papa se ha humedecido de emoción un poco para recordarnos a todos cómo estamos perdiendo un don tan precioso como el de la alegría verdadera, la alegría que radica en Dios. El Papa ha reconstruido el entramado teológico de tan benefactora virtud, ha propuesto ejemplares que supieron vivirla y, finalmente, invita a todos a intentar su logro y resurrección. Con mucha intención, se detiene ante los jóvenes para incitarles a cristianizar su natural jovialidad y alegría. Aquí está su voz:
«Considerada sólo desde el punto de vista de la edad, la juventud es algo efímero. Las alabanzas que de ella se hacen se convierten rápidamente en nostálgicas o irrisorias. Pero no sucede lo mismo en lo que concierne al sentido espiritual de este momento de gracia que es la juventud auténticamente vivida. Lo que llama nuestra atención es precisamente la correspondencia, transitoria y amenazada ciertamente, pero por eso mismo significativa y llena de generosas promesas, entre el vuelo de un ser que se abre naturalmente a las llamadas y exigencias de su alto destino de hombre y el dinamismo del Espíritu Santo, de quien la Iglesia recibe inexauriblemente su propia juventud, su fidelidad substancial así misma y, en el seno de esta fidelidad, su viviente creatividad. Del encuentro entre el ser humano que tiene, durante algunos años decisivos, la disponibilidad de la juventud, y la Iglesia en su juventud espiritual permanente, nace necesariamente, por una y otra parte, una alegría de alta cualidad y una promesa de fecundidad.
La Iglesia como pueblo de Dios peregrinante hacia el Reino futuro, ha de poder perpetuarse y por consiguiente renovarse a través de generaciones humanas: esto es para ella una condición de fecundidad y, hasta simplemente, de vida. Tiene pues importancia el que, en cada momento de su historia, la generación que nace escuche de algún modo la esperanza de las generaciones precedentes, la esperanza misma de la Iglesia, que es 1 de transmitir sin fin el don de Dios, Verdad y Vida. Por esto, en cada generación, los jóvenes cristianos tienen que ratificar, con plena conciencia e incondicionalmente, la alianza contraída por ellos en el sacramento del bautismo, y reforzada en el sacramento de la confirmación.

A este respecto, en nuestra época de profundas mutaciones no pasa sin graves dificultades para la Iglesia. Nos, tenemos viva conciencia de ello ; Nos, que tenemos junto con todo el Colegio Episcopal «el cuidado de todas las Iglesias» y la preocupación de su próximo futuro. Pero consideramos al mismo tiempo, a la luz de la fe y de «la esperanza que no decepciona», que la gracia no faltará al pueblo cristiano. Ojalá no falte éste a la gracia y no renuncie, como algunos están tentados a hacerlo hoy día, a la herencia de la verdad y de santidad que ha llegado hasta este momento decisivo de su historia secular. Y -se trata precisamente de ello- creemos tener todas las razones para dar confianza a la juventud cristiana : ésta no dejará defraudada a la Iglesia, si dentro de ella encuentra suficientes personas maduras, capaces de comprenderla, amarla, guiarla y abrirle un futuro, transmitiéndole con toda fidelidad la Verdad que no pasa. Entonces ocurrirá que nuevos obreros, resueltos y fervientes, entrarán a su vez a trabajar espiritual y apostólicamente en los campos en sazón para la siega. Entonces, sembrador y segador compartirán la misma alegría del Reino.
En efecto, nos parece que la presente crisis del mundo, caracterizada por un gran desconcierto de muchos jóvenes, denuncia por una parte un aspecto senil, definitivamente anacrónico, de una civilización mercantil, hedonista, materialista, que intenta aún ofrecerse como portador del futuro. Contra esa ilusión, la reacción instintiva de numerosos jóvenes reviste, dentro de sus mismos excesos, una cierta importancia. Esta generación está esperando otra cosa. Habiéndose privado de pronto de tutelas tradicionales, después de haber sentido la amarga decepción de la vanidad Y el vacío espiritual de falsas novedades, de ideologías ateas, de ciertos misticismos deletéreos, ¿no llegará a descubrir o encontrar la novedad segura e inalterable del misterio divino revelado en Cristo Jesús? ¿No es verdad que éste, utilizando la bella fórmula de San Ireneo, ha aportado toda clase de novedad con aportarnos su propia persona?
Es esta la razón por la que sentimos el placer de dedicarnos más expresamente a vosotros, jóvenes cristianos de este tiempo y promesa de la Iglesia del mañana, esta celebración de la alegría espiritual. Os invitamos cordialmente a haceros más atentos a las llamadas interiores que surgen en vosotros. Os invitamos con insistencia a levantar vuestros ojos, vuestro corazón, vuestras energías nuevas, hacia lo alto, a aceptar el esfuerzo de las ascensiones del alma. Nos, queremos aseguraros una cosa: puede ser tan debilitante el prejuicio, hoy día tan difundido, de la impotencia en que se vería el espíritu humano, de encontrar la Verdad permanente y vivificante, como profunda y liberadora la alegría de la Verdad divina reconocida finalmente en la Iglesia : "gaudium de Veritate". Esta alegría os es propuesta a vosotros. Ella se ofrece a quien la ama lo suficiente como para buscarla con obstinación. Disponiéndoos a aceptarla y a comunicarla, aseguráis al mismo tiempo vuestro propio perfeccionamiento según Cristo v la próxima etapa histórica del nueblo de Dios.»
Anfitriones ante el mundo
Los estudios sobre la naturaleza y constitución más íntima del hombre, han cobrado singular interés desde que sociólogos y psicólogos demostraron lo torcido de partir para ello del individualismo de la persona humana.
El ser humano no es realidad que pueda ser desligada del contorno social en que nace y le condiciona. Y no es que nazca individuo y se estructure en sociedad después. La sociabilidad es etiqueta que el hombre lleva impresa en su misma constitución. Esta faceta de la relación social del hombre pone en muy primer plano las relaciones del niño con la familia y con el educador. Si el niño nace ya como incipiencia social, padres y educadores son sus anfitriones ante los demás. Las implicaciones sobre la responsabilidad de preparar el más perfecto ajuste del niño en el grupo, aumentan considerablemente desde este nuevo enfoque.
Todo sea porque unos y otros nos empecinemos en tomar, cada vez más en serio, nuestra ya difícil y grave misión educadora.
La madre y la educación de los niños
Me permito fragmentar un artículo del doctor Garrido Lestache, aparecido en diciembre del pasado año en el diario «YA», a fin de hacer pensar a las madres de hoy sobre ciertos problemas que las reinvidicaciones actuales plantean en la educación del pequeño.
«Las escenas familiares dentro de la vivienda, de sabor casero, sencillas, alegres y sentimentales al mismo tiempo -denuncia el popular doctorque servían de base para el cuidado del hijo y para su educación, ya no adquieren la fortaleza de tiempos pasados.»
«No es la mujer la que ha cambiado -anota el doctor-, sus sentimientos maternales permanecen incólumnes, pero las exigencias de la vida moderna han hecho variar sus costumbres al amparo de una nueva forma social de vivir.»
«Hoy la mujer tiene que cumplir obligaciones fuera del hogar.»
«Observamos al ejercer nuestra profesión cómo los hogares se derrumban ; el padre sale temprano a su trabajo ; la madre también madruga para no llegar tarde a su oficina, y el hijo de pocos meses se queda en casa porque aún no existen empleos para los primeros años de la vida. Hoy se dice que todo esto significa progreso.»
El doctor concluye así: «La persistencia dentro del hogar, en un ambiente familiar, y la presencia de la madre, son insustituibles para el desarrollo infantil. Ya no es sólo la crianza. Es la educación y el desarrollo físico lo que lo exige, y su influencia nos la pone de manifiesto el grado de salud de los hijos. Y el mayor número de accidentes que se observan cuando la madre se encuentra ausente.»
