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La obra de arte, hoy

-¡Pero qué mérito tiene eso!-, alega el estudiante cuando contempla desorientado un cuadro de pintura al uso.

A medida que el nivel de vida mejora y la inversión en obras de arte se intensifica, es mayor el número de artistas que exponen y más diversificadas las corrientes al día de los que lo ensayan todo por hallar estilo propio o comercialidad. Y todo para mayor delicia de los entendidos y máxima desesperación de la mayoría restante.

Que el arte ha alcanzado y aún alcanza poderes de redención y como tal debiera ejercer una función de mejoramiento del hombre, no es cuestión que admita debate. Sólo que la progresiva tecnificación de música, de la pintura, de la escultura, reduce en la misma proporción el número de quienes desearían, y no consiguen, interpretar su lenguaje. Cada día que pasa, la distancia entre la obra artística y la gente es sensiblemente mayor.

Para el gran público el arte actual es pura rareza, capricho sin sentido, broma pesada, si no falta de respeto o de seriedad. Y en consecuencia, la pretendida función redentora del arte queda fallida y sin edición.

La especialización es enemiga de la popularidad. A menos que se renuncie, y es utopía, a los logros técnicos alcanzados, el lenguaje artístico no es medio de comunicación sino con el grupo reducido de los eruditos. Sólo una renovación cultural de amplios límites, no viable, a límites que capacitaran al hombre para sintonizar con el mensaje artístico, haría posible su vuelta a la perdida contemplación y disfrute del arte. Mientras tanto, el hombre intentará salvarse de complejos, acusando al arte y a los artistas.

El hecho triste es que hoy, por lo que queda dicho, el arte apenas si tiene destinatarios; el arte muy especializado se entiende. Sólo que la inflación ha comercializado sus valores, altamente rentables a la larga. El dinero es su destinatario en definitiva.

Pláceme a una madre

por el P. David Cervera

Hace unos días y en el transcurso de una conversación a nivel de amistad -una más entre muchas-, recibía el concreto parecer de una señora y madre de familia sobre un tema pedagógico de indudable interés, que puesto en clave de conclusión, tendría esta configuración: «los extravíos de la juventud de hoy se han de contabilizar en la cuenta de los padres».

A mí me produjo enorme sorpresa la manera tajante y segura cómo lo dijo aquella señora. Y me creo obligado a explicarles a ustedes por qué tuvo que ocurrirme aquella agradable extrañeza. Porque desde luego me fue agradable la simple enunciación de una opinión sobre un tema en que se ha gastado y se seguirá gastando mucha tinta.

Es encomiable que alguien llegue a definirse en cuestiones complejas y difíciles. Aún es más de admirar que se tomen posturas con las que se queda uno implicado y posiblemente hasta censurado en su propia conducta de educador. Pero a mi juicio, es de mayor mérito alcanzar la medida, el justo término en materia tan debatida, que a veces sólo les es posible entrever a los especialistas en el asunto. Y por dónde que días después de recibir aquella aserción, veo que los especialistas han tomado posiciones en la cuestión de marras, en la misma dimensión que le oí a la señora hace unos días.

Entonces he llegado a deducir, para mi propio planteamiento, que las más complejas cuestiones no se las puede escamotear a la iniciativa del buen sentido común, o si se quiere, en otras palabras, de la inquisidora inteligencia humana que actúa en la persona. Es verdaderamente laudable que las personas empleen la inteligencia para analizar cuestiones en que significa mucho el que se resuelvan de un modo o de otro.

Pues bien: cualquiera de los lectores podrá establecer la socorrida apreciación de muchísimos mayores, ya sean padres, educadores o simplemente opinantes, sobre la mayoritaria actitud de los jóvenes, en abierta oposición a muchos condicionamientos de la vida; quizá uno de los más resentidos sea el de la relación de padres e hijos, que se expresan en estos o parecidos términos: «No se puede con los hijos.» «Los jóvenes están insoportables.» «No hay quien los entienda.» «¿A dónde van a llegar? Nosotros nos comportábamos de muy diferente manera.»

No dejarán de comprender los lectores la inmensa distancia de la forma de posición de estas desfallecidas opiniones y lo audaz de la señora que comento en estas páginas.

Y, ¿le asiste alguna razón?, ¿tiene visos de aceptarse la conclusión de mi distinguida señora? Si hubiéramos de hacer caso, si hubiéramos de tomar en serio alguna conclusión, me parece que debiéramos atenernos a los estudios y experiencias de los especialistas, que dedican las facultades de su talento y de su generosa voluntad al mejoramiento de los temas que son objeto de su profesión. (No juzguen que con esta decisión intento evadir mi propia contribución y mi responsabilidad. En estas circunstancias no creo que es necesario que declare mi completa adhesión a cuantos testimonios voy a aducir.)

El libro al que me estoy refiriendo aborda en todas sus implicaciones el proceso de la maduración de la persona, es decir, que partiendo de las bases psicológicas y pedagógicas va recorriendo la extensa problemática de la educación. Con respecto al tema de la libertad y de la vinculación, hace escala en la educación de la conciencia y entonces constata con estas palabras : «Los principales afectados, los hijos y las hijas que crecen en la tensión del matrimonio, comienzan naturalmente a presentar sus exigencias, ante las cuales nos quedamos no raras veces confusos o del todo perplejos. A esto lo llamamos el problema de los hijos y de los jóvenes difíciles. Nunca hasta ahora en la historia han puesto de manifiesto los hijos y los jóvenes, de una manera tan drástica y en tal medida, los problemas no resueltos del inconsciente desintegrador paterno, los conflictos conyugales latentes y las desorientaciones del amor humano.» ¿No quiere el autor remitir a los educadores a qüe vean gran parte de la causa de «los jóvenes difíciles» en la pareja padre y madre?

Una página después, vuelve a incidir en el tema, aunque varía el enfoque en treinta grados; así : «La inseguridad de un ser humano, sea hombre o mujer, en el cumplimiento de la ley, en la decisión de la conciencia, en la observancia del orden, en la formación creadora y en la superación de este mundo por el espacio, el tiempo y el dinero, nos permiten normalmente diagnosticar la presencia de una experiencia paterna débil y desorientadora, que indica el camino para la terapia y la ayuda personal. Delicadeza de conciencia, escrupulosidad y fidelidad a la ley, hostilidad a la ley y rigorismo, nacen en el hombre de su vivencia paterna, la cual está siempre en correlación con su experiencia materna».

Los lectores se han de quedar más impresionados si les digo que se trata de un serio y moderno estudio de pedagogía que si lo expusiera a través de mi personal experiencia.

Por el momento, bastaría que nos concienciáramos -nosotros, los mayores, y no digamos los padres, que son educadores por vocación- en la tremenda realidad que supone la defectuosa marcha de los padres con respecto al proceso de maduración de los hijos. Si involuntariamente he producido con mi artículo inquietud, desánimo en los padres, en los educadores, pido mil disculpas. Pero lo que importa es auxiliar al hombre, porque es el medio obligado de su salvación.

Les aseguro que me agradó oír a aquella señora y madre en su justa afirmación, porque ha hecho un buen planteamiento de la cuestión. Se ha hecho conciencia del problema: relación educadora entre jóvenes y mayores.