Portada > Del Colegio > Curso 1974-75

Crisis de la formación humanística

Los problemas de la cultura preocupan a todos. Preocupan sobremanera a cuantos se ejercitaron en la docencia y no pueden digerir la actual situación de una enseñanza que en definitiva ha de ser base de la sociedad futura.

El sentido económico de la vida impregna de tal modo los quehaceres todos del hombre actual, que hasta la enseñanza se ha dejado arrastrar hacia metas de rentabilidad y practicidad inmediatas. Priva hoy el sentido técnico de la formación del individuo, muy en contra del cariz humanista tradicional, que prefería atender los valores del espíritu. Existe también un afán común a todo el Occidente europeo por llegar a una unidad educativa que permita a cualquier joven ser igualmente útil en cualquiera de los países que integran Europa.

No es extraño que los profesores humanistas alcen su voz protestando por toda innovación que favorezca el tecnicismo y abandone la postura clásica que prefería desarrollar más la mente que la habilidad. Hay quienes han dado publicidad en la prensa diaria a sus protestas. Nos limitaremos a recogerlas para que cada cual, entre una y otra tendencia, forme su propio criterio.

Así, por ejemplo, se expresa Guillermo Díaz Plaja : «No voy a insistir en mi arito de protesta ante esa atroz mutilación de nuestro espíritu colectivo, ni habré de recordar que el secreto de la expansión "civilización" de muchos pueblos se hace del trato numeroso y repetido con los grandes escritores».

A su vez, Torrente Ballester dice: «Mantener un día más los vigentes planes de estudio garantiza para nuestro futuro nacional una sociedad chata. Que nadie se haga ilusiones de que de ellos saldrán los inventores de que tan necesitados estamos ; todo lo más buenos técnicos que trabajen con invenciones ajenas».

Puntualiza Gerardo Diego: «Si entendemos por "formación humanística" la capacidad para defender el propio espíritu, para someter a crítica lo que acontece y lo que se ofrece al hombre como cima del bienestar físico, político y social..., debemos declarar que el sistema educativo ha ido evolucionando negativamente».

Paulino Garagorri expone idéntico criterio cuando apunta que «a mi juicio las humanidades deben ser favorecidas y cultivadas hasta cuando sea posible, y la Universidad debe, además de ser una fábrica de profesionales, poder preservar y cultivar estudios y ocupaciones que la sociedad juzga inútiles. Porque, en verdad, de preocupaciones libres y tenidas por inútiles socialmente han surgido gran número de las ideas más fértiles para el progreso humano».

Primero conservar

Hay obras humanas tan ambiciosas que requieren esfuerzo desigual para llevarlas a cabo. Proyectarlas es ya un riesgo; darles luego cabal cumplimiento, un éxito destacable, toda una fecha inmarcesible. Las fechas en la obra acabada son, junto a la firma, el visto bueno del tiempo.

Los años erosionan luego la sensibilidad humana y la empresa que exigió denuedo y solicitud constantes, queda orillada lejos de la atención del hombre.

Nueva resurrección de intereses perdidos le enfrentan de nuevo con la obra abandonada, maltrecha, y comienza la búsqueda de gloriosas piedras soterradas, para empinarlas sobre aquellas otras que resistieron la impiedad del olvido.

iReconstruir! iRestaurar! ¡Largos años de difícil y onerosa redención! ¿Pero cuándo aparecerá en el hombre un más ventajoso afán por conservar lo que ya se tiene y que sólo torcidas apetencias explican que absurdamente deje arruinar?

En la obra rehecha hay siempre un fondo perdido de valores que nadie es ya capaz de recuperar. Por eso, la admiración de la belleza de cuanto catalogamos como riqueza monumental o artística debiera al menos espolearnos a prestar pronto cuidado a aquellos otros valores en peligro que están pidiendo a gritos su ingreso en el común acervo de nuestra cultura. Antes de que sea tarde. Los lamentos luego, nada añaden sino el sinsabor de lo irrecuperable.

Una noche

Alfredo de Musset decía que el aroma era la oración natural de las flores. Musset santificó así el perfume vegetal del bosque.

Como las flores, el hombre, las cosas, el mundo, tienen su brisa íntima, su perfume hondo.

Yo diría que fue en la primera Navidad cuando el mundo empezó a oler a amor de Dios, a Cristo. Y hubo otro aroma. Un aroma múltiple en que se mezclaron la respiración expectante, entrecortada, de una Virgen, el vaho pesado, caliente, de un pesebre y el aliento neblinoso del buey y la mula.

La estrella fue sólo dirección horizontal para unos magos. Pero sobre la estrella, unos ángeles bulliciosos tiraban sobre el mundo, a puñados de notas musicales, la siembra de la buena paz, hacia lejanas cosechas en que flores rojas de amor alzaran luego aromas subidos de buena voluntad. Y fue una noche. Una noche blanca. Una noche bendita. Una noche «buena».