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Algunos recuerdos
El privilegio de contar los recuerdos personales sólo se alcanza con la edad y, aunque pertenezco a la generación que comenzó a asistir al Colegio inmediatamente después de nuestra última guerra civil, creo -no sé si equivocadamente- que todavía carezco de dicho privilegio. No obstante, el motivo de esta publicación -la conmemoración de las Bodas de Oro de mi Colegio- y la amabilidad de quien me ha invitado a colaborar en ella, pues me han dicho- que puedo publicar algunos recuerdos de mis años de colegial, me procuran anticipadamente una satisfacción que no merezco.
Recuerdo
mi primer día en el Colegio al abrirse éste poco después
de terminar la guerra. Nos sentaron a todos -en el salón- de estudio.
Procuré sentarme al fondo del salón entre los mayores. De
pie sobre la tarima, el P. Eusebio dijo: «Los que no sepan sumar
que levanten el brazo». Los que lo levantaron fueron enviados a
la clase del Padre Benjamín. El P. Eusebio continuó con
la misma indicación para los que no sabían restar y multiplicar.
Cuando preguntó por los qué -no sabían dividir, tuve
que levantar el brazo y también fui enviado a la clase del P. Benjamín.
No sé bien lo que a continuación pasó en el salón
de estudios. Sólo recuerdo que los que sabían dividir fueron
a la clase del P. Modesto. Posiblemente el P. Eusebio no llegó
a preguntar quién sabía obtener una raíz cuadrada.
Con la misma finalidad, hoy se hubieran empleado -pruebas psicológicas para el cálculo de coeficientes de inteligencia y de la expresión dinámica. Se hubiera dicho que los alumnos no podíamos jugárnoslo todo a un levantamiento: de brazo; que había que proceder a una evaluación continua. Así complicamos y -lo que es más pernicioso- olvidamos reglas pedagógicas muy sencillas y sabias. Posiblemente, las operaciones psicopedagógicas de moda hubieran producido el mismo porcentaje de errores que los que pudo cometer el Padre Eusebio con su sencillo y rápido procedimiento de calificación y clasificación.
Recuerdo que un día, después de un examen, el P. Demetrio me entregó las actas con las calificaciones y me pidió que las llevara al aula de tercero. Al dejarlas sobre la mesa me apresuré a mirar qué notas nos habían puesto. En aquel mismo instante el P. Demetrio apareció en la puerta del aula. Me riñó por mi acción y me recordó una regla que a él le habían dado en su juventud. No la recuerdo con exactitud, pero era poco más o menos: «Ni dedo en bolsa ajena, ni ojo en cosa que no sea propia».
No recuerdo muchas de las cosas que me dijeron en el Colegio, pero la imagen del P. Demetrio a la puerta del aula de tercero y lo que ella significa de esfuerzo, de molestia, de preocupación por darme un ejemplo con el que formar el carácter, todavía no la he olvidado. Recuerdo que un día de 1945, poco después de finalizar la última guerra mundial, el P. Miguel Oltra repartía las calificaciones mensuales y nos decía: «He notado que han bajado las notas de alemán. Puede que los últimos acontecimientos hayan influido en ello. No olviden que los alemanes han perdido la guerra, pero conservan la cabeza y con ella seguirán pensando». Me hizo sonreír la solemnidad de la frase, pero el P. Miguel pensó que mi sonrisa era de escepticismo y me preguntó si no lo creía así. Había en sus palabras cariño por los vencidos, interés por nuestros estudios de alemán, pero también la convicción de que el rigor y la tenacidad en la obra intelectual produce un resultado capaz de imponerse a todas las adversidades.
He recordado a los tres Rectores del Colegio durante mi estancia en el mismo. Me gustaría recordar al P. Sendra, que inútilmente trataba de disimular su bondad con un gesto ceñudo, a don Joaquín, don Ernesto, don Juan Torres y su entusiasmo; a Fr. Andrés, tan discreto, Fr. Vicente, compaginando expresiones poco seráficas con el deseo de imitar a San Francisco; a Pío, Manuel y otro portero singular capaz de echar tres monedas al aire y recogerlas antes de que cayeran al suelo; a Alfredo (el cartero), que nos dirigía las representaciones teatrales a otros que celebrarán en el cielo estas Bodas de Oro del Colegio. Recordaría también a mis maestros vivos y a mis compañeros. Pero sería una gran complacencia incompatible con el favor que me han hecho de permitirme publicar algunos recuerdos de mi estancia en el Colegio sin todavía corresponderme este privilegio.
JOSE Mª BOQUERA OLIVER
