Portada > Del Colegio > Curso 1973-74/nº 71

Poder de convocatoria

Se gradúa hoy la importancia o el interés de un gesto, un hecho, una persona, una colectividad o una teoría cualquiera, por el poder de convocatoria que ejerza sobre la inquietud del hombre actual.

San Francisco centró todo un siglo en torno a su espiritualidad áspera, y el relevo de las culturas más diversas no alcanzó a desechar nunca la atracción ejercida por él desde un comienzo.

Francisco es medieval por nacimiento y porque es popular; pero su sensibilidad se adapta perfectamente a extremos precisos de movimientos nuevos. Y es renacentista y romántico y neoclásico, a su manera. Sobre todo en el mundo de la expresión artística, San Francisco, abiertos los brazos sobre las gentes, ha permanecido en continuada resonancia hasta nuestros días y aún hoy, en que el idea lismo se abate desalado sobre el mundo, continúa en su actitud serena de predicación fraterna y mantiene vivo el atractivo de su persona y el más espiritual de su doctrina asequible a todos, porque su lenguaje es la sencillez y la sencillez es el lenguaje del pueblo.

Incluso ahora, en el cincuentenario, no es el Colegio quien convoca. Es la mano alzada de Francisco la que bendice, desde el estrado, a cincuenta promociones de estudiantes congregados en el aula magna del recuerdo, en el aula magna de la fraternidad más franciscana.

Nuestro patrón

Hubo un tiempo en que el hombre, al constituirse en grupo o gremio o asociación, era particularmente propicio a alzar primero sobre su cabeza las manos pidiendo la protección de un santo, al que ya para siempre se le consideraba uncido a dicho grupo en virtud de un bien definido patronazgo.

San Antonio es nuestro patrón y su nombre va unido al del Colegio como un apellido que especifica su carácter cristiano.
Fray Antonio de Padua fue un fraile hispano a quien los italianos profesaron tal devoción y simpatía, que no dudaron en nacionalizarlo y asignarle una ciudadanía concreta, la de Padua.

Apenas nacida la Orden, muy pronto acudió Fr. Antonio en seguimiento de Francisco de Asís, el santo que se sintió hermano de todo, y era tal su destreza en exponer con claridad las cuestiones polémicas más sutiles, que sorprende al Santo Fundador, al punto que le encomendará incluso la enseñanza de la Teología a sus frailes.

San Antonio fue uno de los más eficaces expositores de la Verdad evangélica en tiempos de fáciles desvíos teológicos. La Iglesia lo reconoce y le eleva al rango de Doctor Evangélico. No es capricho su elección como Patrón de estudiantes en el Colegio.

Al sumar hoy los años de enseñanza con cifras que arrojan, como las cuentas de un rosario, muy cumplidas cinco decenas, bien parece que le prestemos alguna atención al Santo que nos preside y le hagamos sitio en nuestras páginas, para que aparezca en ellas recordándonos cuánto no habrá sido el apoyo callado y disimulada protección que ha venido prestándonos. Los santos son así: tienden la mano y ocultan su presencia para hacernos la ilusión de que somos nosotros quienes lo hacemos todo.

Quien tenga sed...

Hay sed de agua y sed de Dios; ansia de naderías que no apagan nada y afán por sosegar el espíritu en la vecindad de la auténtica sabiduría.

El hombre, como la piedra que rueda hacia su estabilidad por la ladera, tiende inconteniblemente a su plenitud, porque la estrechez de nuestras limitaciones nos obliga a saltar desde ella a lo que entendemos nos puede satisfacer. Cumplir con tiento la propia curiosidad, es el sentido interior de la necesidad por llenar el hueco intelectual con que nacemos,, Y cuando la pretensión de dar crecimiento al espíritu no halla la senda de la verdad reconfortante, los sucedáneos salobres con que tratamos de colmar nuestra apetencia sólo alcanzan a ahondar más nuestra comezón insatisfecha. Dios y el acercamiento a las verdades que de El proceden, acoplan perfectamente en el molde vacío que tratamos de henchir. Y en esa línea, las verdades que el hombre asea, hermanas menores de la Verdad divina, ayudan no poco a iluminar la senda.

Un centro docente cualquiera es siempre como la cisterna que atesora agua en la hondura fresca: un manadero para el espíritu. Por eso, cuando se ha caminado en la lenta gestión de enseñar día a día, durante medio siglo, hasta en las piedras del edificio pueden descubrirse signos inequívocos de venerabilidad. Pero las fuentes se secan y las cisternas se agotan, porque la raíz acuosa o la nube viajera que les surten se extingue o no llega.

El agua que nutre de vida al Colegio es jugo manatío que no ha roto el caño repleto desde el momento lejano en que la generosidad de Carcagente y la animosidad de un primer grupo de frailes franciscanos reanudaron, en un caserón de noble escudo, del que el actual Colegio es posterior desarrollo, la antigua labor en parte interrumpida por gestos exclaustratorios.

No es obra leve. Sucesivas promociones de profesores fueron relevándose a medida que el alumnado se sucedía también. Muchos de cuantos nos reunimos hoy en esta orilla del cincuentenario, advertimos la presencia espiritual de quienes nos sonríen desde la otra orilla del recuerdo. Nombrarlos sería enturbiar un poco la alegría presente ; a veces el silencio realza con superior respeto las fotos que se asoman al marco amarillo de la interna evocación.

Hacia ellos, nuestro homenaje sobre otra consideración. Desde donde nos miran, siguen siendo espiritual reclamo: «Venid y bebed».