Portada > Del Colegio > Curso 1972-73
Nuestros alumnos escriben
En el peor de los casos, el árbol, por gris que se nos antoje su fronda y áspero y retorcido el tronco, es adorno siempre del paisaje. La mancha verdinegra de la encina suaviza la aspereza de la tierra seca. Con todo, siempre el fruto es lo que en definitiva revaloriza al árbol.
Estos esbozos breves de literatura incipiente, son el logro de agrias horas de estudio tenso. El curso, tardo en su desarrollo, es sólo la corteza rugosa del árbol que crece. Catemos el fruto primerizo con lenta fruición.
Hacia el colegio
I
Son las siete y media de la mañana de un día cualquiera. Al bajar las escaleras distingo ya el autobús amarillo de todos los días que espera en la parada. El autobús es grande, de líneas modernas, y sus butacas confortables. Hay un largo pasillo tapizado de carteras y libros que nos lleva a la parte delantera del mismo. Los niños alborotan.
El chófer es alto y rubio ; su edad oscila entre los cuarenta y cuarenta y dos. Ha aprendido a soportarnos o tal vez tenga hijos y sabe comprender.
El autobús, por su parte externa, tiene un original dibujo dos panteras negras sobre fondo amarillo-anaranjado. Es como si el salto que inician nos hiciera sentirnos más rápidos.
Las ventanillas son grandes ; caben por ellas bien el paisaje ancho y fresco. Las puertas, automáticas, se abren y cierran a voluntad del conductor.
II
Quisiera saber qué piensa de nosotros el aula, si es que las aulas piensan. La nuestra es rectangular. La pared frontal es toda ella una amplia pizarra negra. En la opuesta, hay un larguísimo perchero en que cuelgan abrigos y chaquetas. A un lado, dos ventanas luminosas dejan pasar la alegría del sol. El aula es más bien pequeña, pero acogedora. Sobre una tarima.
Don Ramiro es joven, alto, moreno ; usa lentes y tiene, a pesar de ello, aire de deportista. Entre nosotros se siente uno más. Se alegra y se apena con nosotros. Durante el recreo juega con los alumnos y no se siente superior ; se olvida entonces de que es nuestro maestro y por eso le sentimos más cerca. Se diría que es un hombre que ha retrocedido en el tiempo buscando algo que no quiere perder y que tal vez lo ha vuelto a encontrar: su infancia. Es de los nuestros.
Andrés Llopis
El paisaje
Llega el pitido de un tren, no se sabe de dónde.
Desde la ventana de mi habitación sólo se ve lamontaña. Está recubierta de matorrales y algunos pinos que se agrupan en parcelas irregulares. Por entrelos arbustos ascienden atrevidas sendas por las que seven, a menudo, si uno se fija mucho o con unos anteojos, excursionistas que se dirigen a la cima. Sobrela montaña brilla el sol en un cielo despejado. Diminutas nubes blancas de algodón no llegan a empañarlo.
Al pie de la montaña no se ve, pero sé que quedael lago, un pequeño lago donde los niños se diviertennadando mientras los bebés se quedan jugando por la orilla, cerca de sus madres. Las aguas del lago son azules y claras. A ambos lados de la extensa llanura de agua, abundante vegetación. En el centro hay un islote al que se puede ir en barca.
Otra vez el tren pitando a lo lejos con frenesí. Por entre unos árboles emerge una columna de humo espeso y negro.
La estación queda lejos del pueblo. Es casi una cabaña por lo diminuta. Roja y blanca. Hay árboles a lo largo del andén y un pequeño jardín con geranios que nadie cuida. Apenas si tiene movimiento. Pero el tren le es fiel y no falta nunca a la cita, aunque con los consabidos retrasos de siempre que hacen angustiosa la espera a los solitarios usuarios del trenecillo. Dicen que muy pronto eliminarán tal medio de transporte porque no es rentable. El tren lo sabe : su pitido lejano tiene algo de nostálgica despedida. El progreso es así de inclemente. Lo siento por el paisaje. Era algo suyo.
Juan José Gil Gimeno
La isla
El mar, ya lo sabéis, es como un gigantesco aeropuerto para gaviotas, de cuyo horizonte nos llega cada día el amanecer. Pero, ¿hasta cuándo? ¿No perderemos un día el mar?
Las olas, casi huecas de tanta espuma, retozan en la arena como bañistas de dentro. Pero no siempre es así : cuando hace viento es de ver cómo se levanta airoso, amenazante, las olas se crecen y rebasan la playa. Con todo, es mucho más bello cuando está tranquilo niños y mayores se divierten chapoteando en el agua y haciendo castillos en la arena o tomando perezosamente el sol.
Allá en el horizonte hay como una piedrecita azul. Piedrecita de lejos, porque es una isla que se agranda al acercarnos a ella. Creedme si os digo que hay en ella arena casi blanca a la que van a parar conchas y algas, verdes aún tras la tormenta, arrojadas por el mar. Unas palmeras producen agradable y fresca sombra. El sol abrasa la arena acrisolándola hasta dejarla dorada de tanto fuego. La isla es como un pequeño tesoro de paz en medio del extenso mar.
Hay un puñado de casitas. Son de los marineros. Y un puertecillo con su lonja. Los turistas empiezan ahora a poblar la isla. Dicen, incluso, que la quieren comprar unos extranjeros para edificar en ella no sé qué.
Los barcos pesqueros pasan rozando los acantilados. Desde uno siempre hay quien nos saluda. Se alejan. Luego echan las redes y se ponen a trabajar. Cuando tiren de las redes empezarán a saltar en ellas cientos de peces que ya no volverán nunca al mar. Al atardecer las barcas ponen rumbo al pequeño puerto, al tiempo que llegan otras desde más lejos y que nadie advertía. Después la subasta. Los turistas lo compran casi todo. Dicen que a ellos les resulta barato.
El hombre lo vende todo para comprarlo todo otra vez. Ahora son los turistas los que lo adquieren todo. ¿Nos comprarán un día el mar? ¿No perderemos el mar un día?
Juan Gea Roselló
Desde el acantilado
Tengo una casita junto al acantilado, colgando como un nido de valentía sobre el mar. Un balcón para pasmarse ante la grandeza interminable de Dios. Es pequeña, pero lo suficientemente grande como para que quepa en ella toda mi familia.
En su interior resaltan motivos marineros: caracolas, conchas de nácar limpísimo, áncoras e incluso un viejo timón que hemos colocado en el comedor y que perteneció a un galeón del siglo XVII. Eso dicen, vaya usted a saber.
Desde la ventana de mi juvenil y luminosa habitación se puede contemplar el mar; unas veces tranquilo, como si de un lago se tratase, y otras agitado y violento, desatando toda su furia contra las rocas del acantilado. Este último espectáculo es estremecedor.
Las olas, en su ir y venir, arrojan sobre la playa algas y conchas de variadas formas e irisaciones que más tarde me servirán para aumentar mi colección.
Cerca, en una rada minúscula, queda el club náutico. Pertenezco a él desde hace años. Se puede practicar allí toda clase de deportes acuáticos: pesca submarina, motonáutica, vela, esquí acuático...
Yo, que sólo sé nadar, apenas si hago en él otra cosa que engrosar el número de sus socios, pero tengo mis proyectos para cuando llegue el momento y la edad y participo en tertullas sobre temas al caso con mis amigos, socios todos como yo.
Os invito a visitarme un día. Sé que os gustará mi casita, el acantilado, mi familia, la colección de conchas, el club náutico y mis amigos. El mar ya lo conocéis, aunque yo creo que el mar es distinto cada día si hay sensibilidad en los ojos que lo contemplan y una caricia de fe en el alma.
Y si vuestras ocupaciones os impiden acercaron hasta este nido de quietud, quedaos con esta postal literaria que os envío a todos para completar la colección que todos guardamos en el álbum de nuestra fantasía.
Vicente Canet
La gota de agua
Soy una gota de agua aún joven. Me encuentro en una nube blanca y una compañera insiste en contarme su historia aventurera. Quién diría que en una nube tan pequeña como ésta mía caben tantos miles de diminutas gotas como yo.
Nuestro amigo el sol nos aligera de tal forma con su ardoroso aliento que consigue alzarnos a alturas de vértigo. Desde aquí contemplamos sin prisa ciudades y paisajes verdes. Cuando advertimos que en algún sitio necesitan de nuestra graciosa ayuda, nos desprendemos de la nube y nos dejamos caer sobre la tierra seca. A veces el sol nos devuelve inmediatamente a otra nube recién inaugurada negándonos descanso. En otras ocasiones nos congelamos de frío y adoptamos bellísimas formas de estrella. Entonces sentimos el cuerpo leve y descendemos a tierra como plumas sin peso; a los niños les gusta jugar con nuestra blancura blanda. A mí, personalmente, no me agrada congelarme así, porque al cubrir la tierra nuestra frialdad lo mata todo y hay gente que se entristece al vernos.
Nuestro programa de acción en el mundo es variadísimo
e imprevisto. Cierto día fui a parar a un río subterráneo
y me alegré mucho, porque me habían dicho que en la obscuridad
de la tierra todo era muy bello. Crucé rendijas y galerías
irregulares que van a dar a grandes cavernas con estalagtitas y estalagmitas
blancas y piedras que brillan de esplendor. En aquel viaje aprendí
muchas cosas. Sé dónde hay oro y diamantes, pero no lo puedo
decir.
Otras veces no es tan envidiable nuestra suerte. Conozco a una amiga que
quedó presa en una estalagmita largos años. Cuando al fin
pudo liberarse de aquel encarcelamiento, había quedado ciega y
no podía soportar la luz. Menos mal que nuestra vida es interminable
: morimos y renacemos como, en los mitos clásicos, ciertos héroes
de ficción.
Con todo, soy inquieta y me da mucho miedo pensar que puedo quedarme un
día podrida en un estanque sucio alimentando animalejos asquerosos.
Hay veces que, cuando nos filtramos, no conseguimos dar con un río subterráneo, sino que un extravío nos lleva al exterior por algún pequeño agujero entre rocas de montaña. En ocasiones nos es difícil orientarnos. Conseguimos después agruparnos hasta conseguir la fluidez de un arrolluelo y escapamos con rapidez hacia tierras cómodas. Llegamos a la llanura mareadas. Y cuando alcanzamos un río ya sabemos que nos dirigimos al mar, nuestro sueño. Muchas amigas acaban felizmente el camino: ¡son tantos los peligros! Nos beben, nos extraen con máquinas grasientas y ruidosas, nos desvían, nos hace salpicar la hierba una piedra que cae de pronto, nos embebe un tronco...
¡El mar es grandísimo!l De una belleza sin par. Y hay allí toda suerte de diversiones. ¡Cuánto misterio guarda el mar! Yo he dormido noches y noches en el fondo de una ánfora griega que contenía monedas de plata. En cambio, cuando hay marea el viento sopla con furor y te ves lanzada de pronto contra las rocas: se sufre lo indecible. Más que espuma de angustia en el acantilado, yo prefiero ser espuma sonriente en la playa.
Yo paso los veranos en España. Acabo de entrar ahora por Galicia y espero hacer mi descenso en los Picos de Europa. Es un bello paisaje que aún no conozco.
Vicente P. Vidal
Mi casa
Mi casa tiene tres pisos. Bueno, dos y medio, porque el tercero es inhabitable.
La fachada es toda roja, con grandes ventanas ovaladas; los cristales verdes, casi frescos. Es estrecha y larga. Parece una casa de arquitectura enloquecida, pero su ambiente es acogedor y esto es lo que importa.
En el comedor hay una chimenea que en los días de invierno arde enrojecida y da satisfacción a los invitados.
La casa está situada en la plaza Mayor, por la que apenas si circula tráfico ; la gente, en cambio, discurre llenando las aceras.
Mi hermano y yo jugamos en el jardín, entre los árboles, y elegimos con fruición la fruta más apetitosa.
Mi casa, ya lo he dicho, es acogedora. Incluso lo es cuando hay que estudiar en ella sin remedio, porque el estudio, quién lo duda, es necesario. El día de mañana y el progreso de la humanidad dependen de él. Sin estudio estaríamos espiritualmente desnudos. Lástima que todo lo bueno tenga que costar esfuerzo ; y menos mal que, a veces, el ambiente amable de la propia casa facilita en parte este cometido de ir amueblando el alma de todo lo que un día nos haga habitable el espíritu y la vida.
Es rara, muy rara, mi casa. Pero yo lo espero todo de ella.
F. José A. Martínez
La Casa de la Cultura
Vista desde la carretera general, la aldea se presenta apiñada, como una granada multicolor. Queda recostada en un monte escarpado, y en lo más eminente de la montaña se advierte, blanca de cal, la ermita, que pese a estar en un extremo parece el centro de la aldea : de ella parten todas sus calles como de un manantial que desparrama sus aguas hasta lo hondo del valle.
Descendiendo por la calle Principal se llega al antiguo convento de los frailes carmelitas, ahora ya abandonado y convertido un poco en la Casa de la Cultura, muy cerca del Ayuntamiento. Se entra a ella por una puerta medio destartalada que da a un pasillo escaso de luz ; hay luego una estancia con armaduras antiguas procedentes de no sé dónde y de ahí se pasa a la capilla, de estilo gótico, un tanto descuidada. En el piso inmediato está la biblioteca, que posee una nutrida colección de libros antiguos, contando con varias ediciones príncipes y un raro tratado de geometría vetustísimo. Junto a la biblioteca una sala conduce a la sala de conferencias, muy pequeña, despintadas las paredes por la humedad; el pueblo no da para mucho.
Yo, sin embargo, pienso que de la Casa de la Cultura, como de la ermita, parten como callejuelas de luz los cauces vivificantes que han de elevar el nivel cultural del pueblo. Hay que prestarle cuidado, mejorar sus instalaciones y surtirla también de libros al día. Tampoco es abundante el número de sus lectores, pero el grupo que lo frecuenta va en aumento y esto es alentador. Yo suelo decir esperanzado, y tal vez con un poco de entusiasmo, que el pueblo tiene dos columnas, dos pequeñas columnas: la ermita y la Casa de la Cultura.
Vicente Albelda
