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Editorial. Necesidad de la oración ante la ineficacia humanista de la ciencia

El Papa insiste en la necesidad de la oración. Nunca más que ahora la irreligiosidad del medio en que vivimos nos impele a contrarrestar el peso muerto de la ausencia de Dios con el esfuerzo de alzarnos hasta El para no dejar de tenerle propicio. «Estamos convencidos -dice el Papa- de que el mundo moderno tiene necesidad de aprender de nuevo a orar».

Cuando el mundo se nos enfría entre las manos y el termómetro de nuestra fe acusa tan grave descenso de religiosidad en el hombre que comparte con nosotros la misma geografía, no es posible aceptar en silencio situación tan desquiciada y dejarse llevar por las aguas turbias de un total secularismo. Hay que pararse en la calle, en la oficina, en la cafetería, en la clase, para decirle a Dios que protestamos de todo y que necesitamos de El. Orar -ha enseñado el Papa- equivale tanto como a «manifestarse a sí mismo delante de Dios». Una vez más, en la historia del mundo, vociferan su autosuficiencia los que lo esperan todo del progreso y entienden que, en su marcha, les estorba la fe, o temen que se les aparezca Dios, como un día a Pablo. Sentiríamos que nuestros alumnos se atrevieran un día también a contraponer ciencia y credulidad. No por lo que aquí se les enseña, sino por lo que luego les pueda contaminar. Vivimos en una sociedad en la que la «idea de Dios está prácticamente extinguida en los que reciben la educación propia del secularismo, síntesis de todas las opiniones que niegan la Realidad trascendente y la Verdad, bajo determinadas formas, viviente e inmanente dentro de nosotros. El hombre-tipo de nuestra época, como debería ser y es el discípulo del ateísmo que podemos llamar oficial de nuestra época, afirma que no tiene necesidad de Dios; basta la ciencia con todas sus conquistas prácticas ; la ciencia, capaz de conocer y de explicar todas las cosas, y que satisface todas sus necesidades especulativas, prácticas y económicas».

No es nuevo este signo en el pensamiento del hombre. Nuestros alumnos de 6.° curso saben con cuánta altivez defendía el hombre renacentista la hegemonía de sus posibilidades contra una tradición impregnada de respeto hacia el Hacedor de la realidad, de la que el hombre sólo interpreta, con torpe orgullo, leyes emanadas en última instancia de las manos creadoras. También entonces la ciencia embebecía al hombre.

«Pero nos parece que podemos afirmar que ella sola no basta; más aún, decimos que exige también la relación superior a que acabamos de dar el nombre de oración.»

En el mejor de los casos, los logros de la ciencia no son otra cosa que apertura mental del horizonte cognoscitivo, pasos hacia la luz. «La ciencia, en su momento puro, de análisis, de investigación, de experimento, de descubrimiento, no hace sino ampliar el campo del conocimiento, de un conocimiento que no explica su profunda razón de ser y que suscita, cada vez más grave y amenazador, el rostro del misterio, el interrogante implacable del porqué primero y absoluto de lo que conocemos, y que se vuelve tormento deslumbrador para quien niega al pensamiento su lógico proceso, el vuelo hacía el Principio creador, hacía la Sabiduría revelada y escondida, casi como en un sacramento, en las cosas estudiadas».

El vuelo de la ciencia, con ser alto, apenas si roza las estrellas. Su mensaje, con ser denso, apenas si llena el inmenso vacío que deja la ausencia de Dios. El hombre sólo consigo mismo, poco puede. «¿Es verdaderamente capaz de instaurar un humanismo en que los valores humanos de la persona sean garantizados y permanentes para todos? ¿O no sucede que la progresiva afirmación de dichos valores, si se dejan sin una defensa divina, pueden en ciertas circunstancias históricas contradecirse a sí mismos? La libertad, la justicia, la paz, ¿resisten a la prueba del tiempo y al conflicto de intereses antagónicos?»

La vida en torno lo desmiente. Los conflictos internacionales, mal crónico de nuestro tiempo, ponen en duda nuestra capacidad para andar solos. «La autoridad del hombre para construir una civilización auténtica y universal está sometida a una triste impugnación. Los principios no son sólidos y válidos para todos; y entonces parece necesario el dominio de la fuerza y necesaria la guerra. Y si incluso algunos principios fuesen y permaneciesen indiscutibles, ¿podemos decir que el hombre, en general al menos, tiene la virtud de aplicarlos con desinterés y sabiduría? ¿No es necesario también aquí el suplemento de una ayuda superior, de una gracia divina? ¿Y, por tanto, de una súplica que nos vea, a humildes y grandes, reunidos en oración?»

El Papa lo afirma; es su conclusión: «Así lo creemos y deseamos que la humanidad en su conjunto sea capaz de repetir con Cristo la oración enseñada por Él : ¡Padre nuestro que estás en los cielos!»