Portada > Del Colegio > Curso 1972-73
Nuestros alumnos escriben y hacen arte
Escribir es hacer arte de suyo. Hoy ya, con frecuencia, se escribe mucho más sin que el arte importe gran cosa. En la mayoría de los casos, importa si acaso la corrección, y poco o nada el estilo, por más que se diga que el estilo es el hombre y otras zarandajas por el estilo. Como en la industria automovilística, cabe una distinción entre lenguaje artístico y lenguaje utilitario. Este último es el que priva.
«Nuestros alumnos escriben», como viene rezando el epígrafe con que anunciamos en nuestra Revista la colaboración de los mismos. Escriben mejor o peor, porque son jóvenes todavía, apuntando estilo unos, anunciando al profesional de una ciencia otros. Para todos hay cabida en nuestra antología particular. Escriben ; en ocasiones sólo eso ; y a veces hacen arte a sabor de su voluntad. Pero arte es también la pequeña muestra de «colages» que hoy séleccionamos, dibujos infantiles creados por ellos mediante la composición de recortes coloreados y que aquí, por limitaciones del fotograbado, pierden la luz. Sencillez y claridad de concepción se advierte en ellos. Difíciles y hermosas virtudes estas.
Como en pasadas ocasiones, nos complacemos en hacer la presentación.
La poesía y su utilidad
El mundo progresa cada vez más y existe como una fiebre por eliminar todo lo que no sea útil. Muchos hombres de hoy se preguntan: ¿La poesía es útil?
En realidad, la poesía es útil. Sirve para refugiarnos de la vida real, tecnificada, que manda sobre nosotros en el imperio de la máquina. La poesía es el Don Quijote de nuestro tiempo; la poesía es el campo donde aún podemos cultivar nuestra sensibilidad. Al lenguaje deshidratado de la técnica, se opone el lenguaje jugoso y suave de la belleza bien sentida. A las cifras de la computadora, se opone la rima dulce del poema.
Son muchos los poetas que escribieron al servicio del hombre: Garcilaso de la Vega, el de los ríos y los pastores; Fray Luis de León, que tan bien sabía saborear los nombres de Cristo; San Juan de la Cruz, el gran poeta místico que tanto habló de la unión del alma con Dios. Y más tarde, Rosalía de Castro, preocupada por el hambre que pasa el pueblo y el dolor de vivir. Juan Ramón Jiménez, el del borriquito, que a veces no escribe para todos, porque necesita una minoría selecta. Machado, Lorca, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y tantos otros.
En la actualidad, admira Blas de Otero. Nace en Bilbao y no escribe nada hasta después de la guerra. Blas de Otero pide paz y amor para todos los hombres en su poesía. Odia la guerra, la injusticia; escribe para los hombres: su poesía es útil. Como la de tantos otros no mencionados.
Ramón Zornoza Martínez
Visita al pasado
He ido a visitar a la abuelita, que vive en la misma casa donde yo nací, donde pasé la adolescencia.
Nada ha cambiado. Todo está como antes, a excepción de la abuela misma que cada día envejece más. Creo que mi presencia le ha sido de la mayor satisfacción.
Después de mi llegada, y luego de haberme desayunado con una estupenda tarta de miel que ella misma me había preparado cuidadosamente, mi abuela comprendió en seguida que quería volver a ver todo aquello que hacía grata mi memoria. Mientras ella volvía a su mecedora, yo salí al jardín.
¡Era maravilloso! Allí estaba el columpio, el paciente columpio donde tantas horas hice de péndulo de mis recreos solitarios; allí estaba la pequeña garita de Toti, el perro grande y dormilón. Hasta me pareció volver a reconocer al puntual cartero que todos los días, al llegar a la casa, pasaba a tomarse el vasito de vino blanco que la abuela le tenía siempre preparado. Y el canto del gallo, terco y cumplidor a la hora de despuntar el alba. Y tantas cosas más. Pequeñas cosas. El sol, los árboles, las montañas, el cielo azul, la pequeña carretera que lleva al pueblo. Todos aquellos elementos del paisaje estaban ahora embelleciendo mis recuerdos y como fundiéndose en aire, el aire de mi infancia, mi aire.
Todo el día me lo pasé subiendo y bajando por la ladera irregular del monte, hasta llegarme a la ermita, ya casi derruida, donde otras veces había oído misa con mis padres. La decía el Padre Gabriel, la persona más bondadosa que llegué a conocer. ¿Dónde estará ya el P. Gabriel? Las personas se van, se desmoronan como las cosas, como la ermita.
Regresé y le conté mis impresiones a la abuela. Ella callaba y sonreía.
Pasó la tarde; cayó el sol y me decidí a volver a la ciudad. Mi abuela me dio un fuerte abrazo. Era el lazo que reunía y ataba para siempre aquel conjunto de gratos recuerdos.
Es fácil girar visitas al pasado cuando los recuerdos, los buenos recuerdos, van casi con nosotros.
Eduardo López Pons
La tienda de antigüedades
Ayer, como casi todos los días de fiesta, visité a mi tío. Tiene una vieja tienda de antigüedades que a mí me agrada mucho visitar.
Mi tío me estaba ya esperando desde hacía rato y me hacía señas desde una ventana. Al verle tan impaciente pensé si le habrían traído algún nuevo objeto valioso, pues él sabe cuánto me gustan las antigüedades y cuando adquiere algo nuevo participo de su alegría.
No se trataba de ninguna novedad. Pero al entrar, la tienda me causó una grata impresión. Mi tío lo había reformado todo. Ya no tenía los objetos agrupados fríamente en conformidad con el catálogo. Todo estaba cambiado en orden a producir una grata impresión de conjunto. Mi tío había acertado plenamente, había tenido sentido para decorar la exposición estableciendo un orden menos comercial, pero más armonioso.
De entrada aparecía una pequeña y coquetona mesa redonda sobre la que descansaba un exótico jarrón chino exquisitamente decorado. A la izquierda, invitando a tertulias retrospectivas, un conjunto de muebles, estilo Luis XV, junto a un escritorio de adornos aparatosos. Al fondo, un grandioso aparador, con una luna enorme envuelta en rocallas barrocas, reflejaba los objetos más raros y caprichosos: porcelanas, vidrios, cueros repujados... Todo en admirable conjunción y medida. Ordenar el pasado es tarea siempre difícil; el pasado, como los muertos, pesan inverosímilmente.
Mi tío permanecía silencioso a mi lado, pero yo advertía su satisfacción: se sentía orgulloso de su obra. Yo mismo me sentía transportado a un mundo distinto al habitual. Por poco tiempo: en un rincón, incomprensiblemente, una silla, ni nueva ni suficientemente antigua, las patas desvencijadas y el tapiz manoseado y sucio, derrumbó en mi imaginación el castillo de mi encanto interior. Aquella silla intrusa rompía la magia de aquel mundo extraño. Una simple silla rota.
iQuién sabe! Tal vez aquella silla, allí, era toda una moraleja no por más acumular se consigue mayor perfección. A veces es preferible prescindir para lograr algo que se busca y no se encuentra.
José Mª Fernández Ros
La iglesia de la Asunción
Los rasgos de la iglesia de la Asunción ya me son familiares, forman ya parte de mis recuerdos inmediatos. Sus paredes exteriores, lisas y descoloridas, se elevan vertiginosamente hacia lo alto si las contemplas de cerca. El campanario, punto común a la vista de toda la ciudad, se levanta majestuoso entre las doradas pendientes de los tejados que cubren la iglesia.
Durante años, todos los domingos me invadía la agradable sensación del olor a incienso. Hay detalles tan característicos en la vida, que a veces por sí solos definen toda una situación; y por eso, cuando se huele a incienso, aparece detrás todo un mundo de silencio, recogimiento y oración. Al entrar en una gran iglesia solitaria, es extraña la impresión de escuchar cómo retumban los propios pasos. Creo que, hasta a veces, procuramos andar de puntillas y evitar así perturbar el silencio. Y es que las iglesias tienen sobre sus espaldas dos poderosos personajes: el tiempo y la austera belleza de lo sagrado. El tiempo las recubre de misterio, si no de olvido; la belleza ascética de la piedra hecha monumento, nos paraliza y llena de admiración.
La impresión que produce nuestra parroquia de la Asunción, por dentro, es de grandiosidad; sus líneas serias se nos van hasta el altar mayor, eminente sobre sucesivas alineaciones de bancos recios.
Sus paredes laterales están ocupadas por pequeños departamentos donde cada cristiano venera a su santo favorito. La devoción es democrática. No podemos olvidar en este recorrido el baptisterio, situado en las inmediaciones de una de sus puertas. Es espacioso y su voluminosa taza fue puerta un día a la gracia que nos hizo cristianos. En un cuadro colgado en la pared, San Juan ha escudriñado por los siglos, sin cambiar de gesto, como pasmado o admirado por algo, todas las alegrías familiares de quienes participan en los bautizos, contagiándose de ellas. Dichosa eternidad la suya.
La vista se pierde entre ornamentados pilares de yeso, pintados para ocultar su sencillez. El pueblo no da para más.
Pero no hay nada tan deslumbrante como la pieza monumental del retablo central, esculpido en madera, con sus dos púlpitos cercanos, asimismo de madera minuciosamente trabajada por manos artesanas, cuyas escaleras parecen permanecer sin pisadas. Es un altar digno de la mejor catedral. ¡Bueno! Yo así lo creo.
Salvador Calatayud
