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El aula

En torno al aula gira toda la vida cultural del país. Todas las aulas deberían tener una columna al centro, como símbolo inequívoco de su función sostenedora.

Hoy, en cambio, los símbolos están muriendo en alas de un proceso desmitificador que se complace sólo en lo exacto, en lo auténtico, en lo real. Tal vez estemos yéndonos de un exceso a otro exceso, porque todas las revoluciones son audaces. Por mí, que talen la columna, siempre y cuando permanezca el aula in= sustituible, aunque bajo de muchas columnas se oculta una primera piedra fun= dadora; y existe el peligro de arrancar muchas cosas valiosas al estirar sin consideración de otras que a veces estimamos innecesarias.

Estilos que un día se consideraron periclitados y sufrieron por eso el golpe de la piqueta demoledora, reciben hoy los cuidados pacientes del restaurador para que permanezcan un poco.

El aula va a recibir la visita de la técnica renovadora. Yo no digo nada. Yo aplaudo gustoso su entrada triunfal. Pero tengo su aquel de recelo y temblor. Y no es que dude de sus beneficios. Temo solamente que un día se le preste más favor al cacharro que al hombre mismo.

En otro orden de cosas, ya podemos decir que la vida familiar transcurre en torno al televisor. En tiempos, unos leños enrojeciendo la chimenea y los rostros cumplían similar misión. ¿Será que hoy día son las máquinas las que nos hacen sentirnos menos jóvenes? Antes, al menos, era la vida misma la que empujaba. Y la vida tuvo siempre luz verde.


Flexibilidad

En otro lugar de nuestra Revista hemos dejado deslizar el concepto de flexibilidad que, a juicio de la moderna pedagogía, debe presidir la planificación de la enseñanza en un futuro próximo. Hemos hablado de la flexibilidad, sin exponer el contenido que hay que atribuir a este concepto.

Básicamente, proceder con flexibilidad no quiere decir otra cosa que formular cauces pedagógicos que adapten la enseñanza al educando, en vez de establecer unos programas y exigirle a él que se adapte a ellos.

Los comentarios a este propósito son de tendencias muy encontradas, y van desde los que propugnan la plena libertad del alumno para que proceda a su aire, a los que le niegan toda posibilidad de opción. Ambos caminos divergen demasiado para ser tenidos por válidos. Una postura razonable tendría que situarse entre uno y otro cauce para lograr posibilidades de acierto.

Existen ya experiencias al respecto que tienden a eliminar el excesivo rigorismo disciplinario, pero sin eliminar la disciplina básica de todo orden. Sin orden, no hay eficacia posible. Más bien, lo que se pretende es responsabilizar al estudiante de su propia educación, actitud que ha de costarle no poco al carácter mediterráneo, dado su condición independiente.

En cuanto a la opción de materias, ya iniciada en alguna etapa de la enseñanza en nuestro país, no estaría de más recordar que en Alemania, por ejemplo, las tres categorías en que se estructuran las disciplinas sometidas a estudio, dos son objeto de opción, en tanto que la tercera, en la que figuran las materias fundamentales, son obligatorias. Estas materias son la formación cívica, las artes plásticas o, en su lugar, la música, y la religión.

En cuanto a las disciplinas optables, ha de seguirse el criterio de la propia formación específica. No se trata de estudiar o no estudiar ; de elegir o no elegir ; sino de elegir esto o aquello según la especialización a seguir después.

No es cuestión, pues, de convertir el aula en una alegre discoteca de caprichosa convivencia estudiantil, sino más bien en seminario de auténticas responsabilidades autoformativas.