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La calle de la Acenia de Bonastre
El Colegio tiene su trastienda: la calle de la Acenia. No me gustan estas calles que comienzan y no acaban su horizonte es una tapia. Es algo así como un signo de inconstancia. Al delineante que la diseñó, se le acabó la tinta a flor de trazo.
La calle de la Acenia se nos ha convertido en espalda abrigada del Colegio. Salen y entran por ella los alumnos al centro, al socaire de su quietud. Sus esquinas huelen a cigarrillos pobres consumidos furtivamente.
No cabe el tráfico en ella. ¡Es un consuelo! Caben, eso sí, portales estrechos de cintura y frente alta, caben balcones florecidos de macetas y sol y hasta asoman al fondo las pelucas verdes y despeinadas de dos palmeras gemelas y un tanto desentendidas de todo.
Cuando las clases terminan, irrumpen en ella los colegiales, armados de estruendosa gritería, y avanzan por ella a galope tendido, incontenibles, sembrando el pánico en el vecindario, impertérrito vecindario que incomprensiblemente aún no ha recibido la medalla al mérito de nada.
Alguien, en tono alarmista, ha dicho que la calle reventará un día. Pero yo sé de buena tinta que fue construida a prueba de colegio. Bien merece, pues, mi atención y el humilde homenaje de una foto traviesa, ya que hasta en ella las casas y aceras se han intercambiado el sitio. !Cosas que pasan!
