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Nueva dimensión en la democratización de la enseñanza
Hasta el momento, cuando se habla de la democratización de la enseñanza, suele entenderse con ello el derecho que todo individuo tiene, sin exclusión, a acceder a los beneficios de la misma.
La Unesco, en sus más recientes declaraciones sobre sus propios planes a seguir, ha declarado cómo hay que democratizar también el equipo constitutivo del personal docente. Se tiende con ello a arrumbar con la jerarquización tradicional del equipo docente. Claro está que, como la Unesco afirma, esto es un ideal, pero un ideal que recomienda realizar como óptimo para alcanzar mejor los fines que la enseñanza persigue. «En un plano ideal -dice el punto 17 de la "nueva estrategia" educativa propugnada por ella-, la función de todo educador es la misma y reviste idéntica dignidad cualquiera que sea el sector en que se ejerza. La distinción entre maestros de enseñanza primaria, profesores de enseñanza técnica, profesores secundarios o universitarios, etc., no debe entrañar ninguna jerarquización.»
Como prueba se aduce que en algunos países, formación y remuneración de profesores de enseñanza primaria y secundaria han sido equiparadas ya, sin que hayan surgido problemas de ello. Con todo, la prueba no es absolutamente concluyente. Lo es, si acaso, 'para un sector de la enseñanza. Resulta difícil ver equiparado en formación, por ejemplo, a un catedrático con un profesor de básica. Y a mayor y más ardua preparación, se seguirá necesariamente una retribución correspondiente.
A propósito de un niño
Cuando la actividad nos ocupa en demasía, vivimos tan absortos en nuestros quehaceres que no reparamos en que la vida, profunda y caudalosa como un río, nos rodea, nos penetra y se nos va sin apenas saborear su encanto.
Vivir en plenitud no es agotar nuestra energía a grandes sorbos, como agota el verano torrentes y manantiales. Vivir es beber poco a poco, con fruición, con sana fruición. Descubrir que, al alcance de la mano, mil pequeñas cosas se agolpan para componer todo un retablo de ignoradas circunstancias inefables. A cada paso, la vida arrima a nuestro lado insignificancias adorables, como brillantes menudos a punto de romperse de tanta luz. Vivimos engarzados, como cristales preciosos, en un contorno concreto de naturaleza. Formamos un todo natural con ella.
El hombre consciente de cuanto le cerca, no está nunca sólo. Dios y el mundo están con él. El hombre solo, el otro, el que ha borrado de su conciencia los círculos concéntricos que le cercan, es como el reloj sin números, cuyas ma= necillas palpan en vano su cintura sin acertar a apuntar a nada.
Saber ir con las cosas en grata camaradería, enseña a valorar mejor las otras buenas compañías: la de Dios, impalpable, y la más sensible del hombre.
Un niño pequeño crece entre nosotros. Rubio, redondo e inestable, como la peseta. Un ángel en zapatillas: anda a tentones, tropieza aquí, cae allá. ¿Hay mejor lección de vida que este adoctrinamiento constante de una vida reciente, ahí mismo, apenas nacida? El pequeño nos lleva blandamente de sorpresa en sorpresa. Primeros balbuceos indescifrables de una clave secreta que nadie entiende; palabras a medias que inventa a imitación de las nuestras; alegrías súbitas, insondables; extrañezas de no sé qué;, caprichos efímeros, disgustos efímeros, propósitos efímeros: no hay nada añejo en el niño; todo es agua fluente y fácil que se va. Nada, en definitiva, debe empañar de modo permanente la frente del niño, porque la frente, al fin, es el parabrisas del alma.
¡Pásmense! A la criatura le sorprende una cosa: la luna naciente al borde de la tarde. ¿Poeta ya? No. Le sorprende sólo. No acierta a entender cómo cuelga aquello tan redondo, tan alto, desde nada. Y a mí me sorprende tan lírica sorpresa ; no podía esperarlo.
Todas las tardes, sube a la terraza, mira al cielo y a veces no está la luna. Se queda anonadado. ¿Por qué hoy no? Es para él como un bello enigma, un juego excitante y misterioso.
!Misterioso! Esa es la clave. Un mundo sin misterio sería inadecuada cuna para el crecimiento normal de un crío. En el alma de todo hombre hay siempre un rincón reservado al misterio; en cambio, el alma del niño es misterio toda.
Cuando el hombre se emperra en escamotear o empequeñecer la dosis de misterio que anida en su espíritu, se le ensombrece el tiempo y la existencia, porque la vida sin trascendencia se queda viuda de Dios. Para el niño, en contra, el misterio no es problema : acepta lo que no entiende sorprendido, pero con naturalidad. Más aún: admira lo que no entiende ; todo o casi todo es milagro para el niño. Y eso que no se conoce a sí mismo, milagro también, tierno garabato de Dios.
Tal vez por eso no valora bien nada de cuanto alcanzan sus sentidos. No compara; le faltan medidas, puntos de referencia. Recoge con idéntico afán piedrecitas, coronas de botella, trozos brillantes de plástico. Y no hay manera de impedírselo.
-¡No cojas eso! ¡Deja lo otro! ¡Caca!
El niño está descubriendo el mundo que le rodea, piedrecita a piedrecita, y les presta singular atención. Y a tal fin, todo vale, no hay desperdicio para él: un clavo, una brizna de tierra, el bichejo que escapa a toda prisa de la presencia del crío. Hacia lo que se mueve y hacia la vida, siente ya primordial predilección los pájaros, los peces, el gato, la moto, el avión y el tren, que silba desde lejos y asusta desde cerca.
Ultimamente se ha aficionado a algo tenebroso, artificial, manufactura del hombre: una pistola verde que hace pum. ¿No será un niño precoz? ¿No estará creciendo demasiado aprisa?
El niño, al borde mismo de la existencia, saborea la emoción de vivirla, como en un vaso, sorbo a sorbo. Sin prisas, sin programa, improvisando minuto a minuto. Si hay computadora que haya programado todo esto, hay que ir a buscarla a las mismas manos de Dios, supremo IBM de la Creación. Lección maravillosa que los mayores, con el alma llena de cicatrices, arañados por el ramaje seco del quehacer alocado de cada día, apartan de sí y no aciertan a aprender. ¡Es una pena! ¡Es una pena!
A. MARTIN
