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La máquina y el educador

Habrá que recordar una vez más, aunque hoy apenas hay quien lo olvide si sabe reconocer y mantener los valores del espíritu, que no todo lo relativo a la formación humana puede vincularse al proceso técnico.

La singularidad del ser humano obliga a diferenciar nítidamente lo que pertenece al terreno de la educación moral y lo que se refiere a la educación intelectiva. La información se puede recibir a través de máquinas, pero la educación, como la energía vital, sólo puede transmitirse de espíritu a espíritu, en clima de calor y comprensión.

Los extremistas pueden sospechar que el hombre podría educarse sin necesidad de otro hombre. En términos biológicos, esto equivale a fabricar hombres en tubos de ensayo con meras manipulaciones de laboratorio.

Sabemos que los valores del espíritu son radicalmente incapaces de estereotiparse en clisés fríos, en preparados o en cristalizaciones. El educador es insustituible en cuanto persona cercana, hábil, caliente y viva. Las cosas del alma sólo se pueden tratar con seres que tienen alma, y las máquinas jamás llegarán a tenerla. Por eso hay que evitar la suposición materialista y mecanicista de que la educación humana pueda caer un día bajo el imperio de la automatización.

Un programa instructivo puede quedar grabado para millones de alumnos, pero un mensaje educativo debe ser creado a la medida de cada uno. No se puede ni siquiera soñar que los educadores puedan ser desplazados ni reemplazados por la técnica.

Pero no quiere ello decir que deben éstos mantenerse alertados por el progreso, cualquiera que sea su signo, y sepa ella la menor manera de hacer la misma labor educativa.

La educación está relacionada con las ideas. Las ideas pueden comunicarse con los instrumentos mecánicos. Pero es la vida del educador la que hará que las ideas pasen de esqueletos puramente intelectivos a realidades morales, profundas, espirituales.

(Pedro Chico González, «Educadores», núm. 69, 1972.)