Portada > Del Colegio > Curso 1971-72/nº 66
EL JUGUETE
I.- El tren del escaparate
Aquel tren eléctrico de juguete, situado en el más prestigioso lugar del escaparate de la tienda de la esquina, causaba sensacional admiración entre los pequeños del barrio. Todas las tardes, a las seis, después de las clases, se reunía un tropel de niños, amontonados para ver el tren eléctrico. Todos deseaban tenerlo ; todos imaginaban el pequeño tren dando vueltas y vueltas, movido por ellos. Esperaban con impaciencia la salida de clase para llegar antes y tomar posiciones en el escaparate y ver al tren evolucionar por aquellos túneles y vías casi de verdad.
Hasta que un día en que el grupo de niños, como tantas otras tardes, iba a ver el tren, un temblor de desilusión se apoderó de todos ellos: el pequeño trenecillo ya no estaba.
Miguel Fayos os dirá qué se hizo de él.
José Sapiña
Curso 6º
II.- Mi hermanito
Recuerdo la alegría de mi hermanito pequeño, el día siguiente a la noche de Reyes, cuando se levantó de la cama y fue directo al árbol de Navidad, que encontró repleto de regalos.
Lo primero que se le ocurrió coger fue un triciclo, con el que empezó a dar vueltas y más vueltas alrededor del árbol. Entonces vio una caja muy grande ; el grito que dio fue espantoso:
-¡Un tren!
Efectivamente, era un tren; un tren eléctrico con sus vías, estación, semáforos, cambios de aguja... ¡Un tren!
Me pidió que le ayudara a montar todo aquel conjunto de elementos.
-¿Dónde va este hilo?...
-El voltaje, ¿lo has colocado en la clavija de 220?
Por fin lo acabamos de montar. Toda la mañana se la pasó jugando con su último juguete. Ya no se acordaba del triciclo, ni de las otras chucherías que decoraban el árbol luminoso. Sólo le importaba el tren. Y el tren iba hacia arriba, hacia abajo, torciendo curvas, acelerando en las rectas, deteniéndose en los cruces. Tuvimos tren hasta en la sopa.
Nunca he visto a mi hermano tan feliz, tan en su mundo de ilusión infantil. Es el milagro navideño de los juguetes.
Miguel Fayos
Curso 6º
III.- Estación término
El tren eléctrico. ¿Cuánto durará ese tren
en las manos inconsistentes del niño?
Un juguete es un medio particularísimo de distracción para
los niños. Pero los juguetes, como las personas, tienen una sola
vida. Al principio, colman todas las ilusiones del niño y juega
con él incansablemente. Luego el juguete pierde gradualmente interés
y lo abandona porque quiere otro. Es el momento de su destrucción,
el momento de desentrañar su secreto, lo único que aún
conserva novedad. En pocos minutos lo ha desmontado pieza a pieza y roto,
ya no sirve.
Los juguetes son una de las cosas más vendidas en todo el mundo, porque cada niño tiene su ilusión particular y un juguete a la medida de sus preferencias. Cuando ese juguete ideal se hace realidad, el niño vive plenamente su vida. Romperá el juguete, pero cuando vuelva a encontrarse con otro igual, su alma de niño descubrirá en él de nuevo el metro de su estatura interior y el milagro se reproduce, como ciertas apariciones de la Virgen en el alma del pueblo. Y en todo caso, les quedará para siempre en el recuerdo la memoria de su posesión, y los recuerdos se miman, no se rompen nunca. Siempre habrá un tren, un tren eléctrico con puentes, semáforos luminosos, túneles y estaciones como las de verdad, en el corazón de los niños. Y en el de los mayores.
Jaime Aznar Santamans
Curso 6°
IV.- Juguetes definitivos
En sentido estricto, el tren eléctrico pudiera parecer el juguete ideal del niño, como la muñeca lo es de la niña. Hay, sin embargo, otros juguetes que no pueden, que no debieran romperse nunca: los propios niños.
Los niños pequeños son para los padres como juguetes vivos a los que hay que cuidar con esmero. Este «juguete» de los padres, día a día va creciendo, va ocupando sitio en la vida, y a veces amenaza rotura y crea inquietud.
Al llegar a casa, el padre sólo quiere ver a su juguete y se interesa por lo que ha hecho durante el día. Y también a la inversa : los padres son «propiedad» inmediata del niño y se divierte con ellos. Cuántos niños, si se les dejara, jugando, llegarían a romper a sus propios padres. Sin llegar a tanto, la caricia del padre o de la madre, en los momentos peores del niño, les devuelve la alegría perdida, pues recobran con ello su juguete preferido: el cariño.
Mimemos nuestros juguetes, nuestros juguetes más serios. Mimemos a nuestros padres como ellos nos mimaron a nosotros.
Rogelio Sanchis Richart
Curso 6º
LA SEMANA
Bonita página esta del universo que nos cubre para leer en ella a la sombra de la noche y aprenderlo todo de una vez o anonadarse y abandonar la lectura para siempre.
Omar Khayyam, un persa de hace siglos, dijo ya algo así:
«Debajo de la rueda que inexorablemente,
eterna e impasible, sin cesar gira y gira,
sabrás que sólo existen dos grupo de dichosos:
los que lo saben todo, los que no saben nada.»
La semana es un reloj natural en el campanario del tiempo, con días en vez de horas. El sol y la luna son sus manillas. Reloj, en las manos de' Dios, estrenado precisamente al principio de todos los tiempos. Reloj de esfera luminosa, como los buenos, con ruedas dentadas en lo infinito. Muy posiblemente, ¡vaya usted a saber!, la tierra es sólo el péndulo de esa máquina colosal, que se alza por los espacios hasta las mismas puertas de la eterna relojería de Dios. Los astronautas, tímidas moscas del espacio, apenas si han rozado el áncora de ese mecanismo ilimitado.
Algo de astrónomos sucedáneos de Dios tiene el astrónomo que con un objetivo colosal ante sus ojos otea y remira las entrañas del tiempo para gritar un día jubiloso: «i Una mota de polvo! ¡Una mota de polvo!» Y esa mota de polvo impalpable es un nuevo planeta, antes desconocido.
I.- Lunes
Las ilusiones han pasado; vuelve el trabajo.
Es el lunes un día de la semana, como todos los demás, pero con una espe= cial característica: todo comienza de nuevo.
El lunes es el día en que se reanuda la jornada laboral, los sinsabores del trabajo. El próximo domingo queda lejano tentándonos con el pañuelo al aire de su alegría. Aún así, el lunes tiene también su lado amable: es el inicio de una página en blanco donde todo puede ser mejorado. Mejorar, superarse; ideal supremo en la vida del hombre. Gracias a esta oportunidad de empezar de nuevo cada semana, resulta fácil la constancia en nuestros propósitos. Y nuestros propósitos encienden la antorcha del dinamismo, porque son el norte de nuestro futuro.
Ramón Vázquez
Curso 6
ll.- Martes
¡El martes! Día anodino el martes. ¿Qué decir de él? Sólo buscando similitudes se le encuentra predicamento: la semana cambia en él de marcha, como en una penosa cuesta, hacia un ritmo más ágil, hacia una mayor fluidez de tiempo útil. Si la desidia entorpece la marcha fatigosa del lunes, el martes restablece luego las pulsaciones justas de la jornada laboriosa. Nadie le motejará de improductivo; es día obrero cien por cien, empecinado en su sudoroso cometido, ajeno a recuerdos ni esperanzas.
Es todo lo que se me ocurre de él, pero no es poco. Hay por esas aceras de Dios, el hombre-domingo y el hombre-lunes. Cuánto más importan los hombres-martes. Hombres de cometido claro y entrega total a su empresa de ser cabalmente lo que son. El martes es todo un ejemplo de laboriosidad y firmeza.
lll.- Miércoles
El miércoles es un día perfecto. Lejos del agobio de tener que comenzar de nuevo de los lunes; lejos del afán de holganza del sábado y domingo; al margen de la responsabilidad centralizadora del jueves... En fin, un día tranquilo, insignificante, de transición.
No hablemos mucho de él; no le hagamos propaganda. Podríamos ponerle de moda y cambiar su suerte sin ton ni son.
IV.- Jueves
Al igual que la circunferencia tiene un punto del que equidistan todos sus puntos, la semana también tiene un día que es el centro exacto entre el punto de partida del lunes y la meta del domingo: es el jueves.
El trabajador, que es quien mejor valora el transcurso del tiempo, siente más cómodo, más equilibrado, a lo largo del jueves. No ex¡te en él la pereza del tener que iniciarse pesadamente el lunes, ni el paso vertiginoso del sábado y domingo. El jueves es un día tranquilo: no hay extremismos en sus orillas. Miércoles y viernes, a sus flancos, son meros guardaespaldas de su valía serena. El jueves no es día polémico. Al contrario, es más bien un día llevadero.
Joaquín Cucarella
V.- Viernes
El viernes es día de escasa personalidad. Abocado al sábado, deseoso de él, más que día con carácter propio es límite laboral, preámbulo sabatino. Con todo, el viernes tiene también su perfil: es un día serio, día abstemio que no quiere saber de condumios abundantes ni de bocados carnosos. Su austeridad es proverbial entre los demás días de la semana. Tal vez esto sea lo que da más contraste festivo al sábado, porque el sábado de suyo, es sólo víspera festiva.
La personalidad escasa, ya lo dijimos, del viernes, se queda en lo accidental. Aún así, es un día que tiene color propio. No es chillón ni vistoso su color. Su austeridad se lo impide. Día de dolores litúrgicos, el viernes se viste siempre de morado. Como las lilas.
José Enguix
VI.- Sábado
El sábado es un día completo: participa de la jornada laboral y del descanso festivo. ¿Completo? Más bien diríase que junta de modo extraño la ansiedad de la fatiga que toca a su fin lentamente y del gozo del domingo que rebasa sus límites hasta adentrarse en los límites de la víspera. Nos anticipa el descanso dominguero, húmeda aún la frente sudorosa. Son dos medios días distintos, unidos por el talle, como los pegasos de la mitología clásica.
Día confuso el sábado, de difícil definición. Cobro semanal y anticipo dominguero, semana inglesa y sueldo básico a la española.
El pueblo judío lo santificó instalando en él el trono del respeto a Dios. Nosotros lo hemos parcelado como terreno montañoso en promoción turística. Tal vez ese sea su más notable característica: su complejidad. Es día de transición entre la fatiga acumulada y el descanso presentido; una moneda con cara y cruz. Dinero al fin. Ya lo dijimos: día de paga.
José Miguel Alventosa
6° Curso
VII.- Domingo
Fin de trayecto. Día breve el domingo si los hay. Fin de semana y fin de sí mismo. A mí el domingo se me presenta como un gran señor que se levanta optimista, espléndido, pero que tiene los minutos contados, y a medida que los vive se va agotando y entristeciendo por momentos. La alegría del domingo es efímera.
El domingo tiene mucho de sueño y de ilusión: hermoso, brillante, pero se desvanece cuando lo vas a tocar. No dura. Tal vez por eso, porque no dura, Dios se ha instalado en él, para comunicarle algo de su eternidad, para que no desaparezca del todo un día, para que no se, nos rompa la semana.
El domingo es como la vida misma: a medida que se anda se va acabando el camino; vivir es morir segundo a segundo; morir bien es vivir limpiamente, con traje dominguero.
J. B. Ortega
6º Curso
