Portada > Del Colegio > Curso 1971-72/nº 67

EDITORIAL
La Revista se viste hoy de luto.
Don Juan se nos ha ido impensadamente. Sin los avisos previos de una enfermedad, de una vida agotada por los años o por el cansancio; sin el adiós consciente de la partida, sin tiempo para dar una última ojeada al mundo y a los seres queridos. Se nos ha ido de pronto.
Todas las circunstancias que rodearon su muerte se amontonaron absurdamente
como para que pareciera irreal, porque increíble se nos antoja aún que
don Juan volcara su vida a orillas de una carretera.
La noticia no pudo ser más sobrecogedora. Y es que la amistosa mano de Dios inventa golpes para los que el hombre no sabe encontrar remedio ni entereza. Hay vidas que al derrumbarse dejan caído cuanto se alzaba en su contorno. La explicación cabal Dios se la queda, para mayor confusión nuestra.
Trabajador silencioso, ha dejado en silencio el amplio hueco que colmaba en vida. Sólo el recuerdo de lo mucho que supo hacer, y lo hacía bien, pone agradecidas coronas de luto a ambos lados del camino de su quehacer cristiano, que con tanto denuedo frecuentó y nos dejó vacío.
Hombre ejemplar. Es lo mejor de cuanto nos legó: el ejemplo constante y bien definido de una vida para seguir.
Manos cristianas, incontables, se unieron en un último gesto impresionante para agitar el pañuelo morado del adiós definitivo. Si hay significantes para decir lo que don Juan representaba para Carcagente y el Colegio, esa compacta manifestación interminable es la cifra justa que lo pregona con creces.
Pero no miremos más la tierra. Miremos también a lo alto. «No os dejéis abatir -nos diría él como San Ambrosio-; no os dejéis abatir, puesto que la vida, la verdadera vida, ha empezado ahora para mí.»
Señor, matricula en tu aula eterna a este buen hombre, a este buen amigo, y dale la más alta calificación. Su libro de escolaridad cristiana marca toda una limpia trayectoria llena de méritos.
Fr. ÁNGEL MARTÍN
