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Lo extraordinario en Santa Teresa
Nos sobrecoge siempre lo grandioso, lo espectacular, la magnitud de las catástrofes telúricas, la progresiva inserción inteligente del hombre en el cosmos... Todavía nos sobrecogen más los fenómenos de orden espiritual que llamamos fenómenos místicos.
El hombre busca en su interior, anhelante y curioso, una explicación a tales fenómenos, especialmente cuando los advierte en un contemporáneo suyo.
Santa Teresa de Jesús, la recién proclamada Doctora de la Iglesia, conoció en sí un sinnúmero de favores místicos que fueron objeto de estudio en su época, incluso por la Santa Inquisición, y que pueden ser todavía objeto de estudio por parte nuestra.
Hubo en su vida locuciones, visiones, arrebatos y hasta el estigma de la transverberación.
Cuando con inteligencia crítica queremos adentrarnos en este mundo de lo maravilloso sobrenatural, un estremecimiento, por temor a errar, se apodera de nosotros.
Fue la misma Santa Teresa quien se sobrecogía de los singulares dones que advertía en sí, tanto que no pudo menos que dejar constancia de ello. Ella temió de sus propias visiones y arrobos inefables porque tenía presente los engaños que se habían dado. Principalmente había conmovido la opinión pública, y también a ella la conmovía la historia de la ilusa Sor Magdalena de la Cruz.
A diferencia de los pseudomísticos, Teresa no era una mujer pusilánime, sino de ánimo varonil. Teresa era además dechado de humildad, y tanto que no hubiera escrito su «Vida», empapada de sobren aturalismo, si Fr. Domingo Báñez y Fr. García de Toledo no le hubieran obligado. Era sobre todo obediente a confesores y directores, aún cuando algunos de ellos, por inexperiencia de los favores místicos o por prueba, le hicieran más mal que bien. Era también amante, en alto grado, de la oración, en medio de la cual tenían lugar predominante sus arrobos y todo género de carismas. El activismo de Teresa, junto con los retratos pictóricos y literarios de contemporáneos suyos, inducen a clasificarla temperamentalmente; así lo ha hecho el P. Alejandro Roldán, como polarizada en la somatotonía, base de su forma agiotípica prasotónica; esto sería suficiente para intentar probar que Teresa estaba lejos del histerismo y escrupulismo tan ordinarios en mujeres de dominante variante temperamental cerebrotónica. Caracteriológicamente le atribuyen, quien un temperamento sanguíneo, quien un temperamento apasionado. A todo esto debemos agregar que en la santa se aprecia un realismo cristiano y un equilibrio mental admirables.
Cuanto llevamos dicho sería razón más que suficiente para no dudar de la autenticidad de sus favores místicos; más como es propio del hombre querer inquirir en las causas de los fenómenos que observa, aún en las más recónditas, de ahí que intentemos dar aquí brevemente una línea comprobatoria del sobrenaturalismo de sus fenómenos.
Partimos para ello, en el campo práctico, del siguiente concepto de mística un estado del alma que afecta e incide en el cuerpo, aprehendiendo cuerpo y alma lo divino a través de conocimiento y amor elevadísimos, capaces de transformar la propia personalidad.
Las gracias de orden místico son en tal forma gratuitas y libre donación divina, que muchos santos no han podido llegar a experimentarlas en sí. En el arrobo, por ejemplo, el místico se siente poseído por Dios, y a veces su estado llega a causarle como una distensión de huesos, nervios, etc., que produce dolor intenso, prolongado hasta por más de un día. Con todo, el místico no puede menos que aspirar a esa unión transformante que, junto a tanto dolor, le acarrea tanta dulcedumbre.
Teresa, al hablar del arrobamiento, dice : «Llegada a estar en ello, lo que hubiese de vivir querría en este padecer; aunque es tan excesivo, que el sujeto lo puede mal llevar, y así algunas veces se me quitan todos los pulsos casi, según dicen las que algunas veces se llegan a mí de las hermanas que ya más lo entienden, y las canillas muy abiertas, y las manos tan yertas que yo no las puedo algunas veces juntar, y así me queda dolor hasta otro día en los pulsos y en el cuerpo, que parece me han desconyuntado» («Vida», XX, 12). Y más adelante: «Yo bien pienso alguna vez ha de ser el Señor servido, si va adelante como ahora, que se acabe con acabar la vida, que, a mi parecer, bastante es tan gran pena para ello, sino que no lo merezco yo. Toda la ansia es morirse enton= ces» («Vida», XX, 13). Posteriormente agrega: «Cuando está en arrobamiento, el cuerpo queda como muerto sin poder nada de sí muchas veces, y como le toma se queda siempre: si sentado, si las manos abiertas, si cerradas. Porque aunque pocas veces se pierde el sentido, algunas me ha acaecido a mí perderle del todo, pocas y poco rato» («Vida», XX, 18).
A esta actitud del místico la llama Delacroix «teopatía» porque a veces se hace difícil distinguir lo que es plenamente de Dios con lo que es fruto de una patológica predisposición congénita o adquirida por causas ambientales.
Mientras de un lado podemos advertir la existencia de «éxtasis naturales», como los han experimentado poetas y filósofos, y -de «trances extáticos», que reconocen por causa la hipnosis y el sonambulismo, de otro lado podemos constatar la existencia de verdaderos «éxtasis místicos» que pueden desembocar en el «rapto interior». En este último caso el arrebato o rapto místico no se verifica por propia voluntad, siendo de tal fuerza que el sujeto que lo padece puede por breve tiempo quedar desprovisto de conciencia refleja. Tal estado aporta en ocasiones, como hemos visto, consecuencias orgánicas, como dolor, espasmos y hasta la sensación de una fase preagónica. La pregunta que nosotros mismos no formulamos es así, pasadas las visiones, locuciones, raptos, etc., no quedará el cuerpo como minado por las indescriptibles experiencias místicas de que ha sido partícipe. Mientras el cuerpo de Teresa, algunas veces, tras recibir tales favores, quedaba dolorido por espacio de un día, otras le ocurría lo contrario: «Muchas veces queda sano que estaba bien enfermo y lleno de grandes dolores, y con más habilidad, porque es cosa grande lo que allí se da» («Vida», XX, 21).
En cuanto a las «visiones» las hay «corporales» o «sensibles», podríamos decir también objetivas o extramentales, en cuanto que una causa externa y superior produce el objeto percibido. Otras visiones son «imaginativas», pues son percibidas por los sentidos interiores. Otras, finalmente, son «intelectivas cuando se producen directa e indirectamente en la inteligencia, sin que sea preciso el concurso de los sentidos externos ni de la imaginación. Para Maréchal lo importante es el «sentimiento de presencia» que experimenta el alma agraciada. Santa Teresa explica en diversos pasajes, principalmente de su «Vida», cómo diversas visiones que tuvo no obedecían a percepción sensorial externa; más todavía, llama a algunas de sus visiones «imaginativas» e «intelectivas».
Es propio, incluso de los auténticos videntes, temer de sus visiones, teniéndolas por obra diabólica. Cuando en psicopatología se habla de alucinaciones, se ha llegado a acuñar el término «demonopatía».
Dice el P. Zavalloni que las visiones teresianas no tienen nada que ver con los fenómenos alucinatorios, precisamente porque no presentan las características espaciales propias de los fenómenos sensoriales (R. Zavalloni, «Psicologia Pastorale», Torino, 1965, 311).
La Santa denunciaba el peligro que existe en visiones extracorpóreas. La marcada tendencia criticista de hoy, tendente a explicar por mecanismos ordinarios, lo extraordinario, induce a pensar en la mayor autenticidad que puede darse en la visión imaginativa e intelectiva sobre la visión corporal, ya que no es necesario recurrir al milagro, pudiendo explicarse tales visiones por un mecanismo interior que igualmente Dios suscita, pero sólo en la imaginación o en la inteligencia.
La auténtica visión mística tendrá como elementos principales no sólo una fría representación intelectual, sino que también influenciará la afectividad y dará sus frutos a través del dinamismo.
Por lo que hace a la «estigmatización» o presencia de las llagas de Cristo en algún místico, se da un mayor margen de comprobación, pues estas señales externas en manos, pies, costado, o en la cabeza como corona de espinas, etc., al poder ser objeto de estudio anatómico-fisiológico, han puesto muchas veces en claro el fraude en que se basaban. Por eso en ocasiones vale más hablar de «astigmatismo» como obra y efecto del mismo estigmatizado, que de «estigmatización» como obra divina. No debe extrañar que varios autores, y entre ellos Thurston, hablen de predisposición estigmática, de base histérica y tuberculosa, que se nutre de un particular complejo de crucifixión.
Santa Teresa sólo conoció en sí, de este tipo de fenómenos, la «transverberación». Ella misma narra cómo vio a su izquierda un querubín portador de un dardo de oro rematado en fuego y cómo le parecía que se lo metía y sacaba algunas veces en el corazón, produciéndole un gran dolor al sacárselo, dejándola abrasada en un intenso amor de Dios. Ella reconoce que el dolor era espiritual, pero que no por eso dejaba de participar, y en alto grado, su mismo cuerpo.
De esta descripción, del hecho de que Teresa ya de joven tuviera etapas de intenso dolor hasta llegar a perder el sentido, del mismo estudio de las fases anteriores a su transverberación ocurrida a los cuarenta y siete años y del aná. lisis de la cicatriz que hoy presenta su corazón en Alba de Tormes, el doctor Nóvoa Santos interpreta este fenómeno misticofisiológico como una probable angina de pecho, sublimada por el ímpetu místico que la inducía a dar una explicación sobrenatural a un fenómeno fisicopatológico. Tal explicación, al igual que sus visiones imaginativas e intelectivas, no hacen desmerecer a la Santa del altísimo grado de unión transformante que ella había alcanzado, dado que Dios se acomoda a las particulares circunstancias genéticas y ambientales de cada persona, que su misma Providencia encauza, para de forma específicamente distinta de los demás, llevar a cada alma en derechura hacia Sí.
RAMÓN BASELGA ESTEVE, O. F. M.
