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El estructuralismo

El año 1962 comienza en Francia la policefática corriente denominada globalmente estructuralismo. El «slogan» de esta corriente ideológica no es el de «la muerte de Dios, sino el de la muerte del hombre». Habría que acabar con el mito del humanismo. El humanismo sería un producto cultural de reciente producción. Este se ha organizado a partir del siglo XVIII en el que Paúl Hazard ve la crisis de la conciencia europea y en el siglo XIX en el que Nietzsche ha anunciado la muerte de Dios.

Para el estructuralista Michel Foucault, autor de la obra «Las palabras y las cosas», que tanto éxito tuvo en el 1966 en los medios intelectuales franceses, las representaciones en las que el hombre ha sido pensado, han sido tributarias de las conclusiones de los estudios sobre el lenguaje, la historia natural, la economía. Hoy en día las representaciones han cedido el paso a los signos y el hombre deja de ser sujeto aún para sí mismo; es considerado como un simple «centro de relaciones describibles». El hombre aparece como un «doble pliegue de representaciones, un simple pliegue del saber, en el que se anuncia la desaparición». La conclusión de esta obra es que quizá esté próximo el fin, «la muerte del hombre». Entiéndase la muerte del hombre del humanismo, porque este hombre -el del humanismo- ha sido consecuencia de las condiciones de la representación que únicamente se ha dado desde hace siglo y medio y que quizá está en trance de desaparecer. El hombre es una invención de la cual la arqueología de nuestro pensamiento muestra con seguridad su fecha reciente y quizá su fin próximo. Este es el final y la conclusión del libro de Foucault.
Y dígase algo análogo de las otras direcciones del estructuralismo: de la orientación de Claude Levi-Straus con sus estudios de etnología; la de Jacques Lacán con sus estudios sobre el psicoanálisis; la de Louis Althusser con sus estudios sobre Marx.

No existe nada para el estructuralismo trascendente al proceso del pensamiento, como no hay objeto fuera de su producto. «Ante la más pequeña de nuestras palabras -dice Foucault- estamos ya dominados y atravesados por el lenguaje». El hombre es algo actuado, movido por el exterior, es una pieza de estructuras.

El padre del estructuralismo, Levi-Straus, que, como hemos dicho, aplica éste a la etnología, llega a la conclusión de que el hombre aparece «como una máquina», quizá más perfeccionada que las otras, que trabaja en la disgregación de un orden original y precipitando una materia potentemente organizada hacia una inercia cada vez mayor y que un día será definitiva. Llega a un crudo materialismo. («Tristes Tropiques», París, Union Générale d'Editions, 1962, pág. 375.)

El estructuralismo es todavía una novedad entre nosotros. Es de espera¡ que, como pasó la moda del existencialismo, pasará también la moda del estructuralismo. No es difícil refutar el estructuralismo como sistema filosófico; pero de la misma manera que el existencialismo, pasado de moda, ha puesto de relieve algo que ha quedado definitivamente en el pensamiento: sus análisis del ser, de la libertad, de la subjetividad, de la historicidad, etc., así también el estructuralismo ha de obligar ciertamente a un examen más riguroso del lenguaje humano y sus condicionamientos, De aquí que suponga una reflexión seria y un estudio serio sobre la estructura del lenguaje y la aplicación del mismo a lo trascendente y religioso y a las categorías teológicas. Quizá no sea el antihumanismo y ateísmo el peligro principal del estructuralismo, sino el peligro de una actitud de desprecio ante el mensaje de salvación, ante el Kerigma poi parte de todos aquellos a quienes la ideología o métodos estructuralistas haya orientado hacia una exigencia mayor de rigor y una preocupación seria por evitar todo exceso en el uso del lenguaje.

El estructuralismo fue denunciado por los obispos franceses «como uno de los más graves peligros para la fe cristiana», desde el punto de vista filosófico (asamblea de mayo de 1967).

Esta denuncia de los obispos franceses nos lleva a hacer unas reflexiones sobre la fe cristiana.

La fe es un don de Dios, es algo que viene de arriba. Pero aún así, «es una respuesta libre y responsable del hombre al don de Dios», por lo que «supone en el hombre una estructura existencial en su capacidad de optar libre y responsablemente, que esté abierta al orden sobrenatural», al don de Dios que viene de arriba. De no suponer y admitir que el hombre esté abierto a la comunicación sobrenatural, la fe y el llamamiento de Dios que se incluye en la misma sería un contrasentido.

La fe es un «acto humano» con el carácter de «opción persoñal» y de libre responsabilidad que compromete a toda la persona en el destino total de su existencia, siendo conocimiento verdadero, no obstante su carácter de acto humano libre y responsable.

Dado que la fe compromete en orden al destino total de la existencia del creyente, dado que compromete toda la personalidad del creyente hasta en los más mínimos detalles, «exige una sólida formación y buena educación». Se requiere reflexionar sobre la existencia cristiana en lo que tiene de humana. Se necesita una sólida estructura mental adquirida por un conjunto doctrinal coherente y lleno de sentido para poder asegurar convicciones profundas y vividas, fuentes de energía y de acción.

La educación cristiana «no persigue solamente la madurez humana», pero tampoco la niega ni puede negarla. El perfecto cristiano normalmente debe ser una persona madura. El mismo humanismo cristiano exige que el hombre de fe sea un hombre maduro. Esto no puede ser ignorado en la obra educativa. Querer formar al cristiano sin formar al hombre sería un grave error.

La fe es el centro de gravedad de la educación cristiana. Con una fe viva el «cristiano poseerá el recto juicio sobre sí mismo», sobre los «otros hombres y sobre Dios». Con la fe sobrenatural se consigue seguridad en el juicio y poder para apreciar en su recto valor el mundo que nos rodea.

La fe da al hombre la posibilidad de hacer la voluntad de Dios, expresada en nosotros a través del amor que hacia El sentimos y que practicamos entre nosotros por El.

Fr. JOSÉ MARTÍNEZ BONAVIDA