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VACACIONES

Ante este lapso de tiempo en que vaca el estudio y cuanto de rígido comporta la vida del Colegio, las reacciones suelen ser dispares. «Por fin, las vacaciones», dicen los chicos. «Las vacaciones ya», suspiran los padres. «¡Ay, las vacaciones!», se lamentan los educadores al reanudar las clases.

Sin embargo, semejante disparidad se puede conciliar si las vacaciones se preparan con el mismo cuidado e interés que otorgamos a otras ocupaciones importantes.

Partamos del principio de que la educación es una cosa indivisible. No se puede destruir hoy lo que hemos construido hasta ayer. Las vacaciones de los hijos, como todo el resto de su vida, han de ser educativas. Normalmente las vacaciones no son para estudiar. Pero no hay vacaciones para el «estado de gracia» y hay que velar para que se confiesen, recen, comulguen. No hay vacaciones para la servicialidad, para la urbanidad. Las vacaciones, que teóricamente son un período de alegría, pueden terminar en un descontento mutuo si unas normas prudentes, pero firmes, no han prefijado los deberes religiosos, familiares e individuales de los hijos.

Parece como si la educación se moviese a través de una ley de alternancias a una generación enérgica, rigorista, autoritaria, le sigue otra comprensiva y liberal. Cuando se han tenido padres severos, cuando se ha sufrido el miedo y la sumisión, sucede con frecuencia que se quiere evitar a toda costa que los hijos pasen por lo mismo. En cambio, una generación educada con excesiva libertad, con demasiadas facilidades, suele mostrarse hacia los hijos mucho más severa, más imperiosa e intolerante. Si esta ley fuese verdadera habría que concluir que la generación de los actuales padres... ha sido muy bien educada y que sus hijos se aprovechan de la indulgencia y amplitud de miras de sus padres.

Pocas veces reflexionan los padres cómo sus hijos, aún los mayores, necesitan de ellos aunque en apariencia se cierren y se rebelen. Los chicos se sienten solidarios y profundamente influenciados por sus progenitores: la violencia de sus reacciones en contra no es más que la señal dolorosa, pero cierta, de esta acción sobre ellos. Y precisamente las vacaciones son el momento ideal para influir conscientemente sobre los hijos y para estrechar contactos positivos mutuos.

Ante todo hay que proponerse un quehacer común. Claro que muchos padres sienten el desgaste de la vida y, cansados, se repliegan ante el esfuerzo y la aventura. Los mayores los excusamos y hasta los comprendemos, pero sus hijos no se lo perdonan. O sus padres se hacen jóvenes, voluntariosos, emprendedores como ellos, o sencillamente huyen de un ambiente que no les conviene. Necesitan padres que se interesen por todo, que juzguen rectamente todo lo que afecta a sus hijos, que les ayuden a escoger entre lo que el mundo moderno brinda desordenada y masivamente: lecturas, películas, modas, estilos de vida. Sólo los padres con convicciones firmes y carácter estable no se sentirán desplazados ni pertenecerán al creciente número de padres «cesantes».

Luego, no olvidemos algo esencial: el medio familiar se va encogiendo para los adolescentes. Es necesario el arte de buscar colaboradores y crear en torno a la familia un círculo de juventud y de simpatía. El interés de una ocupación durante las vacaciones depende «sobre todo» de la compañía. Huelga decir el cuidado con que hay que escogerla. Todo consiste en que los hijos consideren como propio lo que los padres han elegido.

Por último, el régimen de vida debe ser suficientemente amplio, pero regular. El desorden origina la improvisación con sus sorpresas, desagradables a veces, y fomenta la pereza, madre de todos los vicios.

Alguien pensará que organizar unas vacaciones así es poco descansado. Exacto. Pero los hijos volverán maravillados por haber visto a sus padres como nunca los habían conocido más cerca de ellos, más jóvenes, más entusiastas. Y, lo que más importa, no habrá habido ningún hiato en su educación.

P. JACINTO FERNÁNDEZ-LARGO
Rector