Portada > Del Colegio > Curso 1970-71
Ramón
Allá la gente si se lo toma a chufla; a nosotros los porteros nos causan «un respeto imponente», un «grandísimo respeto» -por decirlo a lo Pedro Crespo-, todo y tratarse de un modesto quehacer desempeñado muchas veces por gente a quien la vida lanzara sobre la playa de la renuncia; de un humilde ocuparse los arrumbados por la edad, los zarandeados por el infortunio o los pobres... pobres de espíritu. ¡Y quién que es no se ha sentido más de una vez pobre de espíritu!
¡Los pobres de espíritu...! ¿Qué otra cosa fue toda su vida el mismísimo San Pedro? Acaso es por lo 'que se cuida ahora de las puertas que sirven de acceso al lugar donde' moran los bienaventurados, pobres de espíritu, de quienes al fin y al cabo es el reino de los cielos.
No es, si bien se mira, cargo para todos; pide bonhomía, don de gentes, tacto, prudencia... Muchas y muy buenas cualidades que difícilmente se andan juntas en un mismo sujeto. Que se hayan dado en cuantos desfilaran por la portería del Colegio de San Antonio, cosa es en verdad bien meritoria y digna de tenerse en cuenta. ¿Y cómo no agradecerles a boca llena ese hondo surco que dejaran a su paso en el campo de nuestros recuerdos?...
Puestos a recordar, nos viene a las mientes el Hermano Sebastián. Al Hermano Sebastián lo recordamos corpulento y fuerte como un roble: una especie de San Cristóbal metido a fraile. Rudo de ademanes, pero con un corazón de niño... El Hermano Sebastián ocultaba entre los escondrijos del hábito deshilachado una pulida cajita con rapé que parecía de juguete... ¡Aquel andarse dado al vicio del rapé... era todo su pecado!
Y en don Aníbal...
¡Fantástico don Aníbal! ¿Cómo no vamos a recordarle? ¿Cómo olvidarnos de aquel extraordinario don Aníbal que se nos mostraba tan apocadillo, tan pacífico... todo y a pesar de la belicosidad del nombre que le colgaran apenas llegara al mundo?
Pequeño y canijo, con los ojos pitañosuelos danzándole inquietos tras los gruesos cristales de las gafas, y siempre husmeando, siempre inquiriendo, siempre preguntando...
Crédulo de natural y por la gracia de Dios. Desconfiado alguna que otra vez... por aquello de la experiencia, por la maleadora malicia que el prójimo le fuera infestando al correr de los años... Tan seriamente ocupando las horas libres en escribir sus memorias en un grueso y enigmático cuaderno, allá en el más apartado rincón de la Biblioteca Municipal...
Y pensamos también en Ramón. Y escribimos Ramón, así, a secas... porque nos sale del alma. Porque entendemos que basta y sobra con el nombre para referirnos como se merece a su admirable humanidad; porque ha sido para nosotros mucho más importante -dicho sea sin ánimo de ofender- que muchos de sus homónimos tan traídos, aupados y llevados por la fama: el, vamos a poner por caso, patilludo don Ramón de «El tren expreso», o el «feo católico y sentimental» don Ramón de las «Sonatas», o el ilustre autor de las «Greguerías»...
¡Este nuestro Ramón valía por todos ellos! ¡Y era mucho más caro a nuestro corazón... !
¡Entrañable Ramón! Pocos le ganaron a vivir la vida tan intensamente. Bien que lo dejaba traslucir en aquella su mirada cargada de humanísima comprensión; en aquella suave tristeza, en aquella discreta amargura que le velaba las palabras cuando nos hablaba de su lejana infancia, de su juventud agarrada al volante de un taxi para andarse por los vericuetos barceloneses ganándose el pan de cada día como Dios le daba a entender; de aquel su lanzarse a recorrer a pecho descubierto todo lo largo y lo ancho de nuestra patria con toreros, «cantaores», bailarinas... ¡De aquel su haber sabido apurar a grandes sorbos la maravilla de todos los instantes generosamente ofrecidos a su vida!
Nadie tan ameno en el conversar ni tan discreto en el decir. Y siempre con una anécdota simpática a flor de labio ; siempre dispuesto a ofrecer, y en el momento oportuno, una aleccionadora experiencia llena de amenidad y gracia... con aquella modesta sencillez en el gesto prócer de quien, llegada la ocasión, nunca desdeñó «beber el vino de las tabernas» y fue, en todo momento y porque Dios quería, un hombre bueno.
Aún nos queda en la mano el calor de la suya estrechada momentos antes de su partir definitivo y, allá en lo más íntimo del alma... aquella leve sonrisa suya, apenas esbozada, cuando ya sus labios no acertaban a decir palabra alguna.
¡Cómo nos escuece en carne viva el recuerdo de aquella ironía saturada de amargura que le asomaba a los ojos para insinuarnos «¡Qué caras tan largas ha de ver uno a la hora de marcharse!» Y todo esto sin una lágrima, sin una queja; entero y sin desquiciarse... A lo señor, ¡ que es como murió Ramón!
¡Extraordinario Ramón! ¡Cuán harto nos alargaríamos si hubiésemos de pormenorizar los mil y un aconteceres pretéritos que esmaltaran su accidentado vivir... ! Puede que el Señor le haya asignado la portería de alguna dependencia celeste. ¿Y por qué no? ¡Qué alegría poder saludarle con un «decíamos ayer»... el día que los semáforos del Más Allá enciendan la luz verde para dejar paso libre a nuestras almas... ! Que un buen portero no tan así como así se les encuentra a cada paso...
Y Ramón, a más de un buen portero, ¡era un portero bueno!
SOLERIESTRUCH

