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La mística Doctora valora la filosofía

La cristiandad entera rebosa alegría porque la Iglesia ha establecido el doctorado y ha proclamado el magisterio de Santa Teresa de Jesús. Por todo el orbe católico ha resonado gloriosamente un nombre español: símbolo de luces, espejo de virtudes, encarnación palpitante del impulso dinámico de nuestro misticismo, que con lenguaje sencillo hace asequible a todas las almas la perfección y santidad cristianas.

La mística Doctora es fuente de razones claras, siendo la claridad la cortesía del pensar profundo.

En este minúsculo trabajo quiero rendir un homenaje ferviente a la monja andariega.

Deseo indicar su numen filosófico y la valoración que ella misma hace de la filosofía.

De todos es sabido como San Juan de la Cruz es el filósofo de la mística, ya que se sirve de la filosofía para levantar su edificio místico, y sobre ella, sublimándola, ofrece al mundo de las almas, que quieren saber de la divinidad, las grandes experiencias místicas. En San Juan de la Cruz se dan la mano la filosofía y la mística, la razón y la intuición emotiva y volitiva. En él se cumple maravillosamente aquella sentencia sapiencia): «Nada se aprehende si no es por el amor; nada puede saberse si no es entregándose». En él se realiza cumplidamente el aserto: «La filosofía exige una mística».

La filosofía es ciencia de lo humano; la mística, sabiduría de lo divino. La filosofía sirve los materiales humanos sobre los cuales se levantará el edificio de espiritualidad que llevará las almas hasta la divinidad. La mística no llama a la filosofía, pero ésta exige una mística. Hay que puntualizar que por mística entiendo aquella dirección en filosofía que aspira a poseer la verdad no por medio de la investigación metódica de conceptos, sino por la vía de la intuición inmediata, de la absorción en las profundidades del espíritu, de la unión mística con el principio de mundo, de la inspiración y la iluminación.

Elementos místicos se hallan en casi todos los grandes filósofos, y toda concepción genial no adquirida por elaboración de conceptos, toda concepción genial que no es abstracionista y logicista cae bajo el capítulo de la mística en este amplio sentido.

La gran mística Doctora, sin ser filósofa, tiene en su obra «Las moradas» (1, 1) una frase que previamente a toda aspiración devota, subraya una actitud racional de indiscutible alcance filosófico. Esta frase e la siguiente : «No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese, ni supiese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y así, a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma. Mas qué bienes puede haber en esta alma, o quién está dentro en esta alma, o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos, y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura. Todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo, que son estos cuerpos». En esta profunda frase se nota el numen filosófico de la Doctora, enseñándonos agustinianamente que en el interior, en el fondo íntimo del ser humano, en el alma humana, está presente Dios, dando sentido al existir. «Dios está en lo más profundo de nuestro ser y por encima de nuestra realidad más alta», nos dirá el águila de los doctores. (Conf. III, 6, 11). Al hombre se llega más pronto por el espíritu, y por el hombre, a Dios. Conocer a Dios y conocerse a sí mismo, he ahí la sabiduría. Pero ¿podemos alcarzar a conocer a Dios? Sí. Pero sólo a fuerza de conocernos a nosotrcs mismos. ¿Podemos conocernos a fondo a nosotros mismos? Sí. Siempre que nos miremos ante la presencia misteriosa pero positiva de Dios.

La Doctora mística nos enseña que no hay modo de penetrar en el hombre sin encontrarse con Dios. Hace apenas unos años lo advertía José Gaos en estos términos: «Una antropología no puede ser acabada si no acaba en una teología. No tanto no podemos empezar a hablar de Dios sino hablando primero de nosotros mismos, cuanto no podemos acabar de hablar de nosotros mismos sino hablando por último de Dios».

La filosofía, que es pensar en profundidad, que es reflexionar, nos prepara convenientemente para dialogar con los hombres de nuestro tiempo. La Doctora nos enseña el valor de la filosofía cuando queriendo dialogar, queriendo darse a explicar a sus monjas: «El Camino de Perfección», que es su primera obra, con un plan de rigurosa ascética, escribió así: «Mucho valiera aquí poder hablar con quien supiera filosofía». Esta frase y anécdota teresiana nos hace recordar aquella otra del gran físico-matemático Werner Heisenberg valorando también la filosofía. Con frecuencia se le presentaban algunos jóvenes deseosos de iniciarse con él en la alta matemática. Al presentarse sacaban indefectiblemente su hoja de méritos rica en antecedentes escolares brillantes en física, matemática... Heisenberg les interrumpía: «¿Sabe usted latín, historia, literatura, arte, filosofía?» El alumno quedaba sorprendido. «Mire, las matemáticas que usted no sabe, esas se las enseñaré yo, pero latín, la historia y la filosofía que no sabe y que le son imprescindibles para el recto uso de lo que conmigo aprenda, esas no se las enseñará ya nadie.»

La enseñanza de estas dos grandes figuras es clara. La filosofía tiene un gran valor. Aprendamos a valorarla debidamente. Teniendo muy presente que como ciencia radical y racional es fundamento y coronamiento de las ciencias particulares. Como sabiduría de lo humano, personal y existencial y, por ende, también de lo divino, añade a la función de la razón: la fe primordial, el amor y la poesía. No hay verdadera sabiduría sin fe, amor y poesía.

Ciertamente el hombre es razón, pero no razón pura, sino también sentimiento, corazón y voluntad, cuyos valores en el siglo XX del predominio de las vivencias y experiencias profundas, la razón discursiva y abstractiva no puede captar. Se impone la intuición como medio capaz de valorar los elementos emotivos y volitivos que integran el ser humano. Y del espíritu humano, del hombre total y existencial, a DIOS.

Fr. José Martínez Bonavida, ofm.