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Los jóvenes por la paz

Con harta frecuencia y en estos últimos años, se ha ocupado la prensa de airear temas tan candentes y tan de nuestro tiempo como el hambre, enfermedades y analfabetismo. Y no cabe duda que con ser muchas las publicaciones, no han sido suficientes como para despertar la conciencia humana y buscar soluciones efectivas para combatir tales plagas. Es cierto que son muchos los que, percatados de estos males, aunque protestan en su foro interno de que las cosas sigan así, asisten impotentes ante este inquietante espectáculo. Más de dos tercios de la humanidad sufren en su carne y en espíritu los zarpazos de esta fiera que podría ser dominada por el hombre. Bastaría con disminuir los fabulosos presupuestos militares y dedicarlos a atender estas imperiosas necesidades de nuestra pobre humanidad. ¿Por qué, pues, dejamos morir a tanta gente de hambre, por la enfermedad o, lo que es peor, por la guerra? Muchas veces recuerdo la frase de un sacerdote vietnamita en la que afirmaba que su nación era un campo de adiestramiento y prueba de nuevas armas para las grandes potencias.

Y culpamos a Dios de las calamidades de nuestro planeta, cuando Él ha puesto en nuestras manos los medios para combatirlos. Pero sin duda alguna, Dios está más cerca de los que sufren y no son éstos precisamente los que se quejan de Él, sino los que pudiendo paliar los males preguntan dónde está la bondad divina. Que se asomen a los hospitales, que observen a los pobres, a los que sufren. 1 Qué pocos le niegan o le vuelven las espaldas! Intercambiemos nuestros bienes. Todos saldrían ganando y nosotros más que los pobres y necesitados.

Un modo de ayudarles y ayudarnos sería unir nuestras voces al grito de tres millones, en su mayoría gente joven, que piden «un día de guerra para la paz». El promotor de este grito, que ha encontrado eco en la juventud de los cuatro puntos cardinales, es Raoul Follereau. Más de veinte años lleva luchando por conseguir «un día de guerra para la paz».

En 1944 escribía al Presidente Roosevelt de los Estados Unidos pidiendo el presupuesto de un día de guerra en favor de la paz. No recibió respuesta. En 1954 escribía a los dos Grandes: «Renuncien cada uno a un avión de bombardeo y podremos atender a todos los leprosos del mundo». Tampoco hubo respuesta. Desde entonces a hoy, reiteradamente, y con machacona insistencia, ha enviado cartas a la ONU, a las grandes y pequeñas potencias y ha apelado sobre todo a la juventud. Y ahora sí ha obtenido respuesta. Ha tenido que ser la juventud la iniciadora. También contestaron atentamente las pequeñas potencias ofreciendo su aportación, aunque fuera poco. El grito de tres millones de jóvenes ha logrado ya casi el milagro de obtener de todas las naciones del inundo el presupuesto de un día de guerra para la paz. Estos tres millones de jóvenes -cuatrocientos mil son españoles- escribieron cada uno su tarjeta a la ONU, siguiendo las instrucciones de Raoul Foulleau. Se proponen conseguir que todas las naciones del mundo se comprometan a reducir cada año de sus presupuestos bélicos el equivalente a un día del año. La ONU y muchas naciones han respondido positivamente a este llamamiento juvenil.

Todo ello significará una ayuda de 500 millones de dólares anuales. Es, sin lugar a dudas, una ayuda substanciosa, pero no suficiente; y es obligación de todos, grandes y chicos, ricos y menos ricos, ayudar a los más necesitados de nuestros hermanos. Y no olvidemos que a nuestros donativos ellos responderán con los suyos mucho más valiosos. Dios está con los que sufren, con los pobres, con los ignorantes. Nuestra miseria es mucho peor que la suya. Busquemos, pues, su riqueza espiritual a cambio de la nuestra material.

Por Fr. ENRIQUE FERRAIRO

Sexto curso

Los alumnos de sexto curso se alinean por última vez, antes de emprender la marcha que les sitúe en el sector de la sociedad en que hayan de cumplimentar estudios definitivos. El paso está dado. Y el ECUADOR de éste. Bien merece tan señalado momento una foto que lo perpetúe y un pie de imprenta que lo corrobore.