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Los nuevos signos y la juventudDeber primordial de toda educación es conocer, para poder amar, a la juventud. Esto no es cosa fácil. El joven no es materia inerte y uniforme que modelamos a nuestro antojo. Siempre el tema atrajo el interés de los sociólogos y sicólogos que distinguían en el «yo» como tres individuos el que creemos que somos, el que creen los demás que somos y el que somos en realidad. El mismo Pemán, en una de sus inspiradas poesías, nos habla, con su gracejo popular, del tema, cuando escribe:
A las ya inherentes dificultades que este bucear en el alma ajena lleva consigo, se añaden en nuestro tiempo otras que, de no tenerlas muy en cuenta, agravan de tal forma el problema que adquieren proporciones desusadas, imposibles de superar. Tal es el caso de muchos padres que, en amarga queja angustiosa, confiesan no conocer a sus hijos. La pauta a seguir para resolver este enigma nos la da el Concilio, cuando insistente y machaconamente, como consciente de lo que ello significa (en un mundo en acelerada evolución y precipitado cambio), nos habla DE LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS. Estos signos de los tiempos son imprescindibles para formarnos una idea exacta del mundo en que vivimos, y que necesariamente, de modo decisivo, repercute en la juventud, conformándola a sus exigencias. Tal vez no se les da la importancia que tienen a estos signos porque nosotros, árboles maduros, somos difíciles de doblegar, y curtidos por el sol de la costumbre heredada no asimilamos tan fácilmente nuevas savias de renovación. A la juventud, que nace y vive configurada de muy otra manera y a la que estos signos le son connaturales, cualquier incomprensión la consideran lesiva. Deber nuestro es, dentro de la situación caótica actual, ver las luces esperanzadoras que nos lleven a descubrir y a aprovechar lo mucho bueno que nos ofrece el mundo de hoy. Hay que escrutar hasta el fondo los signos de los tiempos y saberlos interpretar a la luz del Evangelio. El Concilio, entre otros muchos signos que existen, nos propone tres que me parecen fundamentales porque nos ayudan a comprender hasta qué punto esto influye y es decisivo en la configuración síquica, sociológica, política y religiosa de la juventud.
Estos tres puntos, en otros tiempos hubiéramos pensados laceraban ancestrales virtudes cristianas. Hemos de reconocer que hoy ofrecen nuevos enfoques de la juventud que no podemos ignorar. A. nosotros toca, puestos en el terreno en que la juventud se desenvuelve, no ir contra ella, obstaculizándola, sino haciéndole ver en el ansia de dominio de las cosas materiales el mandato del Creador de dominar la tierra; en la rotunda afirmación de la dignidad humana, el respeto a los derechos del hombre y auténtica libertad de los hijos de Dios que hasta el propio Dios respeta; en la tendencia irresistible hacia una comunidad y fraternidad universal, el deseo de Dios de que su plan comunitario de la Creación se cumpla, y, rotas las barreras del egoísmo individual, crezca el nuevo hombre en la nueva ciudad terrestre de la que todos, especialmente la juventud, somos artífices. Fr. SALVADOR PERONA Problemática fundamental coincidente entre Iglesia y Estado en materia de enseñanzaDe las declaraciones hechas en torno a la Asamblea Episcopal Española se sigue que básicamente Iglesia y Estado coinciden en la actual situación que la nueva planificación de enseñanza plantea. Interesa seguir el curso de tales contactos tendentes a armonizar los principios que el Concilio Vaticano II ha declarado y los actuales propósitos ministeriales conducentes a modernizar los sistemas docentes de los que han de depender, en un futuro próximo, las promociones venideras de estudiantes. El nivel de cultura de un país condiciona los distintos niveles de desarrollo y de vida del mismo. Ahí radica la importancia que la efectividad de los estudios deben alcanzar en España. Un pueblo culto no puede llegar nunca a ser pobre. Tema es este de muchos entresijos y halaga saber que, en lo fundamental, ya hay inteligencia entre quienes tienen que contrastar pareceres. Las coincidencias de criterio parece que se centran en tres puntos prioritarios que la acción educativa responderá al concepto cristiano de desarrollo integral de la persona, que se reconocerán los derechos y deberes de los padres en la educación de los hijos y que los derechos de la Iglesia en materia educativa serán respetados. Emigración y delincuenciaA nadie se le oculta las consecuencias negativas que la emigración conlleva. A poco que se alterne con el amigo que regresa o con la familia que el emigrante deja temporalmente mutilada, uno comprende, al punto, que la emigración laboral plantea problemas de no fácil solución. Problemas que sólo desaparecerán cuando desaparezca la necesidad misma de emigrar. Acabo de leer en una revista especializada alguno de los datos en torno a las repercusiones de la emigración en la educación de los niños. Es lamentable que la delincuencia juvenil en España tenga que contar ya hoy, entre las causas que han facilitado el descenso de muchos niños a nivel de delito, la ausencia del padre, cuando no la de ambos. Pasa del uno por cien el número de expedientes incoados a hijos de padres emigrantes. Y esto no es todo. Piénsese en la dolorosa desgracia del padre que, sobre emigrar para mejorar la existencia de los suyos, conoce un día, lejos de su patria, que el obligado descontrol de la ausencia paterna tuerce a sus hijos la andadura fácil de la niñez hacia zonas peligrosas de conducta delictiva de las que luego no es siempre fácil regresar. Sepamos abrirles caminos
Habla el Papa de los jóvenes. Habla en Ginebra. «Sepamos abrirles -ha dicho- los caminos del futuro, proponerles tareas útiles y prepararles para ellas.» Su espera es «ansiosa e impaciente». Pero el Papa no la rechaza ; no la condena. «En la actual transformación del mundo -afirma-, su protesta resuena como una señal de sufrimiento y como una apelación a la justicia.» Así de rotundo, así de positivo, es el juicio de Pablo VI sobre la juventud. Lo da en la parte final del discurso pronunciado en la 0. I. T. Lo hemos comentado en este mismo lugar. Su base es la vibrante apelación a la construcción de la que el Papa llama «ciudad de los hombres». Para caracterizarla ha empezado empleando una palabra: justicia. Específicamente: justicia social. Pero añadiendo en seguida el matiz que, por su importancia, destacábamos como título de nuestro comentario : pues «más que una reinvindicación por poseer, es un legítimo deseo de "ser" lo que cada día se afirma más». El legítimo deseo de ser plenamente hombres, frente a la deshumanización, que es el gran riesgo de la sociedad contemporánea. Con la palabra «poseer», se alude principalmente a aquellas sociedades cuyo problema apremiante es asegurar a todos sus miembros el mínimo de bienes materiales indispensables. Con la palabra «ser» se alude a aquellas sociedades de elevado nivel material, pero en las que el hombre aparece «arrastrado por las fuerzas formidables que maneja y como absorbido por el progreso gigantesco de su trabajo». Es el problema de las sociedades de consumo, agravado por el egoísmo con que éstas se desinteresan de la solidaridad mundial. ¿Quién no ve que la protesta juvenil se dirige contra lo uno y contra lo otro? Pero escuchemos al Papa. Habla de los jóvenes y pregunta «¿Quién no experimenta en los países ricos su angustia ante la tecnocracia invasora, y en los países pobres su llanto por no poder, a causa de la preparación insuficiente y de medios inadecuados, dar su participación generosa a las tareas que los reclaman?»
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