Portada > Del Colegio > Curso 1967-68

Editorial

En nuestros días educadores y sociólogos prestan uuia especial atención al problema del descanso. Hasta el punto de que nos hablan en términos de una civilización o cultura de los tiempos de ocio. El problema, que no es nuevo ni se presenta en todos los países con las mismas características y urgencias de solución, es, como se sabe, una consecuencia de la disminución del tiempo consagrado al trabajo a causa de técnicas y sistemas laborales cada día más eficaces y que, en consecuencia, aumentan los márgenes de tiempo libre que conviene aprovechar y canalizar debidamente.

En contraste con este hecho socioeconómico de nuestros tiempos, en la vida académica se observa el fenómeno contrario, esto es, un ritmo de aumento de las actividades escolares. De tal suerte que no han faltado quienes, desde distintos ángulos de la actividad educacional, han denunciado el peligro de que esta multiplicidad de las tareas escolares llegue a invadir los tiempos destinados al descanso y a la vida familiar y social de los escolares, tan necesarios para una auténtica educación.

Sin embargo, a pesar de esta innegable amenaza y por contradictorio que parezca, en las actuales estructuras de la enseñanza se da también el problema del ocio. Y, por tanto, urge la necesidad de una educación consciente para encararlo y valorarlo justamente. Basta que pensemos en las vacaciones veraniegas que estamos disfrutando, por lo general excesivamente largas para la mayoría de nuestros jóvenes. Ahí están como una tierra prometedora, que ocupa el tercio de la extensión del curso escolar, esperando que la luz de una adecuada cultura del ocio la ilumine y fecunde. Ahí están como un abanico de posibilidades positivas insospechadas que los educadores deberíamos de ayudar a descubrir a los educandos sin necesidad de «aguarles las vacaciones».

Actualmente las vacaciones no se pueden ya considerar como un tiempo vacío, como unos meses huecos en que la labor educativa se queda en un punto muerto. Pues aparte de que eso es un imposible, sobre todo en la juventud, los llamados «tiempos de ocio» son un arma de dos filos. Por un lado, pueden convertirse en un enriquecimiento de la personalidad por medio del descanso formativo y ennoblecedor y por la práctica de ciertas actividades o «hobbies», que aumentan la formación sin un gran derroche de energías. Y, por otro lado, estos «tiempos» pueden conducir a un empobrecimiento espiritual cuando casi exclusivamente los llenamos con tipos de diversión extenuantes y embrutecedores. O, en el mejor de los casos, con entretenimientos que en gran parte fomentan el escapismo y la falta de concentración para una moderada dedicación al estudio o a otras obligaciones, como las religiosas y espirituales, que deben ocupar un lugar destacado en el horario vacacional.

En fin, es evidente que los llamados tiempos «perdidos» de las vacaciones, vistos con una óptica educativa y situados en su contexto familiar y social, son susceptibles de transformarse en virtudes tan interesantes como el trabajo escolar. Pero para ello los educadores y, en concreto, la familia, cuya responsabilidad se acentúa considerablemente en este período de descanso, debería primeramente sensibilizarse y tomar conciencia de la importancia de este problema de la cultura del ocio. Y luego, como expresión de esta preocupación, ya desde los comienzos de las vacaciones y en compañía de sus hijos, planear cuidadosamente el cómo, dónde y en qué medida se han de emplear los tiempos del ocio. Y, claro está, todo ello con el mismo empeño y cariño que ponen durante el curso por el trabajo escolar realizado en el Colegio. Porque sería una pena que en estos meses se malograra lo que con tanto esfuerzo y sacrificios de todos se consigue a lo largo de un curso.

No abrigamos la menor duda de que los señores padres de nuestros alumnos, en éste como en tantos otros aspectos de la educación de sus hijos, se esforzarán en secundar los deseos del Colegio. ¡Felices vacaciones!

Fr. ANSELMO MARTI

Niños y hombres

Los niños no nos comprenden
si no nos aman. Amor
es en los niños lo mismo
que en los hombres la razón.
Los niños orillan hombres
que no saben compasión,
«Campatir» no es otra cosa
que ir de la mano los dos.

Compadeceos del hombre,
niños, que los hombres son
hombres porque ya no alcanzan,
de tan altos, vuestra voz.
Más fácil será a vosotros
treparles el corazón
que no a los hombres doblar
la estatura. Por favor,
amadles. i Está en vosotros,
pequeños, la solución !
Niño se hizo, de igual modo,
para comprendernos, Dios.