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Los niños y el arte

Los valores natos que la niñez encierra han sido siempre tema en que el hombre ha vertido su sensibilidad. Jesucristo, incluso, increpaba a quienes intentaron separarle los niños de sus rodillas. Y razonaba su postura alegando lo mucho de imitable que los niños tienen.

El arte no ha sido ajeno a esta atracción afectuosa que ejercen los niños. Y en nuestros días Mariano Anaya, escultor moderno si los hay, da lecciones de ingenuidad e inocencia en la propia piedra. Diríase que en sus manos la piedra se hace niño. Es el tema a que da primacía en sus esculturas y lo consigue con encantadora maestría.

La información gráfica que acompaña a estas notas lo prueba con sobrado testimonio.

El Concilio o los puntos sobre las íes

por el Rvdo. P. JULIÁN COLL

SU DIVULGACIÓN EN LOS COLEGIOS

Si miramos las cosas creadas obtendremos un conocimiento de la existencia de Dios, perceptible, pero muy difuminado. Si a este conocimiento obtenido mediante la contemplación del cosmos añadimos la revelación de Dios, habremos alcanzado un conocimiento más acabado, pero no completo.

En donde verdaderamente conseguimos un conocimiento pleno de Dios es en la manifestación de Jesucristo.

Si hojeamos los libros del Nuevo Testamento pronto aparecerán ante nuestra vista frases como ésta que confirma nuestro aserto: «A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo Unigénito, existente «ab aeterno» en el seno del Padre, el mismo en persona, es quien le ha hecho conocer a los hombres.»

Pero no creamos que desde un principio Jesús se confío a los judíos. La más elemental prudencia reclamaba una manifestación progresiva, gradual, lenta, bien calculada, a fin de ir previniendo a la suprema revelación.

La iglesia, continuadora de la labor apostólica y fiel intérprete de la doctrina de Jesucristo, ha querido una vez más acercarnos a sus palabras con toda la fuerza de medios tan extraordinarios como el recurso a un Concilio.

Mucho parece haber cambiado a raíz de su clausura, pero esencialmente nada se modifica. Cambia la postura frente al mundo de hoy. Se adoptan posiciones pastorales más en consonancia con el funcionalismo de hoy día, pero el contenido de nuestra fe es el mismo. Se han esclarecido principios y normas de vida. Se han corregido posturas en busca de espirituales provechos. Se han puesto, en definitiva, los puntos sobres las íes.

La labor del Concilio debe ser divulgada y sus directrices adoptadas con prontitud y eficacia. Y los colegios pueden tener en este sentido no pequeña parte. Nos consta que se viene haciendo con éxito. No desmayemos. La labor es ardua.


El oro del señor Capmany

Este titulillo suena a fábula oriental o a película de vaqueros, pero no hay tal.

Don Jaime Capmany es un señor que figura en el bando de los que, al pairo de determinada prensa, no desaprovechan ocasión para atacar a los colegios de religiosos en España. El argumento que esgrimen, casi siempre, es el de que los colegios religiosos son caros y esta carestía tiene consecuencias selectivas. En otras ocasiones se ha escrito que los religiosos son incompetentes para enseñar.

El señor Capmany se encora. gina al ver nuestros colegios repletos de estudiantes y como solución pide a los padres de familia que retiren de nuestros colegios a sus hijos y al Estado que nos niegue toda ayuda. Lo pide al considerarlos monarcas que llenan nuestras arcas de oro.

Creo que el señor Capmany está perdiendo prestigio y tiempo.

Si nuestros colegios son caros, el Estado tiene la solución en sus manos, y la solución está precisamente, como el señor Capmany sabe y calla, en desgravar a los colegios de religiosos al nivel de los oficiales. Se empeña en ignorar que en nuestros colegios, a diferencia de los institutos oficiales, somos nosotros quienes sufragamos los gastos del profesorado, y quien quiera saber de sumas no tiene más que asomarse a la administración del nuestro para comprobar si este menester es broma.

El señor Capmany entiende lo contrario. Desoye a quienes, con muy buen criterio, también en la prensa, le quieren hacer razonar. Terne que terne, se esfuerza en creer que los colegios de religiosos se están forrando de oro. ¡Por favor, señor Capmany! Y no satisfecho con tal acusación, compara a los padres de familia y a quienes nos defienden, nada más y nada menos, que con los propios Reyes Magos -¡por favor, señor Capmany!- y dice que tales padres de familia y defensores nos traen «oro, incienso y mirra». ¡Por favor, señor Capmany!

Luego, el hombre, para atenuar su diatriba, dice que no tiene para nosotros sino respeto por «lo que hemos venido haciendo» y por lo que aún hagamos.

¡Gracias, señor Capmany! El respeto es para nosotros un metal mucho más valioso que el oro. Nosotros no trabajamos con afán de lucro. Estoy seguro que en este sentido nunca se cambiaría usted conmigo. La pobreza es entre nosotros algo más que una virtud es un voto. ¡Gracias otra vez ! Gracias, porque el respeto y el aliento es a todo lo que podemos aspirar aquí, al margen de nuestra labor. El oro inmarcesible lo esperamos de arriba ; de otro modo no viviría yo las estrecheces de la religión, téngalo por cierto. Pero este otro oro del respeto es espiritual y tiene precio. !Gracias mil veces!

Fr. ANGEL MARTIN