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Editorial

La Navidad y la familia

La familia. Permanente y libre comunidad constituida por el varón y la mujer que se aman. Familia cargada de amor, que se hace más espiritual a través de la sensibilidad de la unión. Unión y sensibilidad, con la carga más sublime del amor, que se hace carne en el nuevo ser.

Don precioso es la libertad que caracteriza al hombre. Y no cabe duda que cuando la llama del amor prende en dos corazones, varón y mujer, allí está presente Dios, que los creó y creó el momento en que en un sólo punto se cruzó el rayo de sus miradas.

En un principio esto fue así. Y la malicia humana desbarató lo mejor de la creación de Dios. Y el paraíso quedaba muy lejos. Si es cierto que la libertad de elección entre el varón y la mujer se venía dando, también se abusó de ella y muchas veces se la negó. Lo que para la mujer es lo más sagrado de su vida, su libertad de elección para la unión a impulsos de un amor más puro, delicado y profundo, se vio constantemente zarandeada por la inestabilidad familiar a causa del repudio.

La paz de Augusto. Claro verdeante en que juegan los rayos de luz, donde la luz se hace poesía, los colores se encarnan, y una Virgen, siéndolo, es Madre. Misterio de luz y colores. Lo divino y lo humano se conjugan: Dios baja y el hombre se eleva. Misterio... y fecundo; Dios puede obrar al estilo del hombre y el hombre al estilo de Dios.

Es Cristo que viene al mundo, a nuestro mundo, y de una manera milagrosa. Y su milagro lo encierra y lo oculta en una familia. Un día, en los albores de la creación, Dios santifica la familia. Y en la plenitud de los tiempos ratifica esta bendición. Cristo nace en el seno de una familia, núcleo sagrado de toda sociedad. No se agota, pues, este misterio de Cristo en la familia, sino que debe proyectarse a los pueblos y a los hombres todos. Si el pueblo de Israel se llama familia de Dios, Cristo que viene a los hombres, ahora en su Iglesia, es para que los hombres sean la familia de Dios.

Todos los pueblos se componen de familias bajo un ideal, mas no todos reconocen en ellas el derecho natural que Dios les dio, en su libre ejercicio, en la educación de los hijos y en otras prerrogativas.

Los españoles, que tenemos nuestras leyes inspiradas en la voluntad de Cristo, manifiesta en su palabra escrita y en su auténtica interpretación por los santos Padres en Concilio, hoy podemos decir que hemos exaltado a la familia porque entra de lleno a tener una justa y digna representación en el Gobierno de la nación. Franco y su Ley Orgánica han sabido reestructurar el pensar cristiano y dar a los españoles el torrente de aguas claras por donde deberá discurrir una paz duradera.

La Navidad nos recuerda, entre otras cosas, la poesía alegre y saltarina de los tiempos de nuestros abuelos en una paz familiar. Y nos recuerda que la patria es una, grande y libre, cuando la familia es una en su constitución indisoluble ; grande cuando las leyes nacionales no coartan su acción, sino que se pone a su servicio, y libre cuando tengan acceso, al menos en su representación, para el gobierno de intereses comunes.

¡Alegrémonos en la Navidad del Señor y bendigámosle por los bienes que nos ha deparado en esta conmemoración!

Fr. SIMON SÁEZ, O. F. M.
Rector

Hacia Belén, con retraso

por Fr. Ángel Martín

Decidle que no me espere río:
fuente, lluvia y mar
fueron torciendo el camino
que iba enhebrando mi afán.

Decidle que no me espere.
Decidle que vi brillar
ángeles, magos y estrellas
y no los pude alcanzar:
lluvias, mares, ríos, fuentes,
me salieron a esperar
con la torcida intención
de torcer mi terquedad;
¡a mí, que siempre he cantado
ríos, fuentes, lluvia y mar!

Es el agua mi enemiga
porque es el amor mi afán;
¡pero mi llama rebrilla
sobre el río, sobre el mar,
y ni me apaga la lluvia
ni me enfría el manantial.
Decidle, empero, que siento
tan poca puntualidad.