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DEDICATORIA

Hemos leído que en Saigón una multitud enfurecida, borracha de fanatismo, se ensañó en el cuerpo de un niño de diez años, hasta darle muerte ignominiosa.

No me ha sido posible hallar paliativo alguno al hecho horrible de que se pueda pisotear impunemente el cuerpo menudo de un niño, como si de una bandera enemiga se tratase, por simple pretexto político. En un mundo en que se censura todo y en que tanto importa guardar las formas, los fines políticos, por inconfesables que se nos antojen, acabarán por justificarlo todo. De hecho se puede robar un barco, se puede hacer estallar un explosivo en un lugar público cualquiera, se puede asesinar a un presidente, sobre todo si es católico, y ahora hasta se puede aplastar a un niño indefenso, como si tal cosa. Mediando intereses políticos, habrá país en que la policía ni siquiera se molestará en intervenir, o lo hará con premeditada y mal disimulada ineficacia.

Es triste todo esto, pero esperamos que, con semejante conducta, consigan al fin, los enemigos de nuestra fe, convencer a más de un cristiano de que ser católico es cosa seria que bien merece tomarse en consideración.

Editorial: Plus ultra

Los rotativos de la prensa nacional nos han traído de nuevo la grata información que hoy ocupa esta editorial: niños españoles premiados por su bondad y espíritu de caridad hacia los demás. Recibidos personalmente por el Papa y nuestro Caudillo, han visto así reconocidos sus gestos, hoy por desgracia postergados, de noble y caritativa entrega.

«La sociedad, transtornada en el torbellino de la técnica, preocupada por las luchas sociales, deja a menudo al individuo en una penosa soledad» (Zabaloni). Frente a este complejo problema social, cuantos sienten la responsabilidad ineludible de buscarle solución intentan «llevar al individuo a una mayor armonía consigo mismo, así como a una relación más satisfactoria con los demás y con el ambiente».

Tarea ardua y compleja que absorbe por competo la vida del educador. Su meta no es otra que ayudar al individuo en la integración armoniosa de su personalidad desde los primeros años de su infancia. Luego será él mismo quien habrá de completar esta tarea iniciada en las aulas, bajo el cuidado de sus maestros, haciendo realidad los principios en él sembrados.

Una educación en función directa de la vida. Mirar el presente fugaz de la existencia del hombre en su infancia, adolescencia y juventud, con proyección del mañana. Que el joven viva hoy, con los límites y circunstancias concretas de su edad, ese estilo de vida que mañana habrá de realizar fuera de las aulas. En el proceso educativo el Colegio busca por todos los medios sicopedagógicos que el individuo adquiera una concepción más objetiva de sí, que su personalidad quede debidamente integrada y con más confianza, mayor capacidad, de tolerar impresiones desagradables y más en contacto con la realidad. Es así como logrará adaptarse mejor a difíciles situaciones familiares, profesionales y sociales.

El sentido social prevalece entre los postulados de esta obra educadora del hombre, facilitando la armonía, comprensión y sentido cristiano de la vida. Si el egoísmo, fruto del materialismo práctico de nuestro mundo, es origen de odios, desunión y mutua desconfianza de nuestra sociedad, no cabe otra solución que abrir el espíritu de nuestra juventud hacia estas metas logrando llevar confianza al joven en sí mismo hasta hacerle solidario de la felicidad de los demás. Ese «Plus ultra» que intenta todo educador encarnar en la vida de cada niño es dar feliz realidad al dicho del poeta : «No aprendemos para la escuela, sino para la vida.» La vida en su triple dimensión hacia Dios, nosotros mismos y los demás.

Fr. Leonardo María Bernabeu

Infancia sin poesía

¡Cuidado con los niños sin poesía! Nos quejamos con frecuencia del materialismo que nos rodea, y somos inconsecuentes al momento de aplicar remedios. Un niño sin poesía será mañana un hombre sin idealismo. No irá de pie el hombre que de niño no dejó de andar a gatas. ¡Cuidado con los niños sin poesía!

Es frecuente tropezarse con personas, incluso cultas, para quienes la poesía no tiene cabida en el mundo. Confiesan sinceramente que la poesía no les dice nada; no dan con su contenido. Y un hombre sin poesía es un corazón a oscuras.

En realidad, les falta a tales personas capacidad interpretativa por no haber desarrollado plenamente en su día las facultades mentales del individuo. Cierto que el alumno no aprecia el sentido hondo de la poesía. Pero el esfuerzo del niño por comprender al poeta analizado es una semilla valiosa para el día de mañana. Si se prescinde de esa siembra, se le priva al niño de la mejor de sus oportunidades. Y es lamentable la postura cómoda de más de un profesor que orilla la dificultad del joven por comprender la poesía, limitándole al estudio más fácil, más rentable en apariencia, de la prosa. No es oportuno olvidar, como alguien ya ha dicho, que «al enseñar poesía, apuntamos a una meta distante : el hombre en que se convertirá el chico». Enseñar poesía al joven es darle una oportunidad al hombre que llegará a ser más tarde. «Un adulto puede encontrar en la poesía algo que sólo la poesía le puede dar.»

No faltan quienes lamentan, muy razonablemente, no entender, no saber gustar la poesía más sencilla. Lo intentan una y más veces sin fruto alguno. Es todo inútil. El aprendizaje poético no se improvisa. La poesía tiene un tiempo justo, una estación apropiada para su siembra. «Es el precio que hay que pagar por una infancia sin poesía.»

Sin querer

María, dulce María,
casita de Nazaret
con virutas, azucenas
y una estrella de papel.

María, no se rezarte
con alegría, no sé
entusiasmarme, y me apeno
sin querer.

Entonces, por no perderme
tu mirada de mujer
buena, me subo a tus ojos
sin querer.

Y voy gritando: María,
María, María. Sé
que mi oración es tu nombre
sin querer.

María, soy como un pájaro
que se alza al amanecer
y grita gritos menudos
sin querer.

¡María!, María, dulce
María de Nazareth!
Deja que grite tu Nombre:
¡María, María! Amén

Fr. Ángel Martín