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Dedicatoria
Nuestra guerra fue algo más que una película
de buenos y malos. Fue una epopeya de amplitud ilimitada en la que ideologías
hostiles se encontraron dolorosamente para fraguar una paz próspera
y duradera. Veinticinco años de paz son mucha paz para u n pueblo
tradicionalmente en guerra. Su profecía hubiera resultado utópica
para los conocedores de nuestra raza, pero ahí está ese
cuarto de siglo de inalterable tranquilidad lanzando surcos de bonanza
y desarrollo en todas direcciones.
Nuestro Colegio también sostuvo el latigazo hostil
de la revuelta, y a los veinticinco años de lograda la paz alza
su nueva arquitectura como un símbolo más del momento feliz
que disfrutamos.
Editorial
Espíritu y progreso material
La gran paradoja humana proviene de su condición fronteriza. El
hombre es límite que separa el mundo del espíritu y el mundo
de la materia. El es el gran artista en constante forcejeo para armonizar
estos dos mundos que en él se cruzan. Si ignora las conexiones
se verá obligado a vivir en un mundo fragmentario, incoherente
y contradictorio. De un lado, un excesivo espiritualism.o que pierde el
contacto con la realidad -el hecho de la cruz para todo cristiano- corre
peligro de incidir en un escapismo de imprevisibles consecuencias. La
vida eterna no es sólo porvenir, sino que está desde ahora
toda presente en nosotros. Así lo espiritual tendrá que
actuar también y constantemente la realidad tangible, De otro lado
-y esta es nuestra época-, se ha perdido el contacto con el espíritu
corriendo a galope por las llanuras del progreso material. Y una verdadera
embriaguez de novedades nos hace perder la cabeza; se va de lo nuevo a
lo novísimo, sin apenas darnos cuenta de lo que sucede y de lo
que se hace. Desde luego, no llegaremos a rehacernos mientras no advirtamos
que no hay nada tan nuevo como lo eterno, lo espiritual.
El hombre moderno se cansa, se angustia, la historia le es una pesadilla
para la razón y un escándalo para el corazón, le
falta el vuelo espiritual. Pero la condición fronteriza del hombre
sigue en pie y los tirones de los dos mundos se hacen sentir. Y no falta
quien, después de haber creído en la «omnipotencia»
del progreso material, después de haber mejorado las condiciones
de vida y de haberse sumergido en la vorágine de la diversión
y pasatiempo, se arrodilla ante Dios y le dice : «Señor,
Señor, ¿por qué me has abandonado? Todo lo que te
he pedido me lo has dado.» Y es que la excesiva confianza en el
progreso ilimitado produce una serenidad humana que, a los ojos de Dios,
está muy próxima a la muerte del espíritu.
No obstante, el orden radica en el espíritu, y el hombre, su portador,
cuando quiere, es señor de la historia. En medio del trasiego de
una estructura supercivilizada puede gozar del canto que le libere de
sus afanes, tiene a sus órdenes más trovadores que los príncipes
en sus castillos. Como Homero, puede descubrir el esplendor mugiente del
mar y de la selva ; como Virgilio, la dulzura y la bondad de les trabajos
del camino, y, sotre todo, como cristiano, podrá ver siempre la
mano gesticulante del Padre que está en los cielos, que le invita
a lo eterno.
Fr. Miguel Oltra Hernández, o. f. m.
Rector
EXAMENES
Un alumno de un colegio de tantos escribía recientemente en una
redacción más de las que impone el ejercicio de la gramática
que los exámenes, como los verbos, tienen claramente definido pasado,
presente y futuro. El futuro del examen es lo que importa.
Diríase que el examen es la aduana en que se comprueba si nuestra
documentación está en regla para poder cruzar la frontera
de un mañana mejor. Ardua tarea la de saltar desahogadamente tan
riguroso límite. Pero el paisaje siempre nuevo, incitante, jugoso,
del aprobado, bien se vale los sinsabores y rastraduras de la anual escalada
escolar.
Es lástima, con todo, que al examen se acerquen cuantísimos
que no sintieron jamás la llamada de la cultura. Sobran en las
aulas quienes pasan por ellas sin vocación científica alguna,
como quien hace turismo. A esos les quedarán apenas unas tarjetas
y algún «souvenir» del viaje cultural.
Es necesario el examen, pues, para discernir quiénes hicieron
el viaje con auténtica carga de itisión en un mañana
que es preciso cultivar. A los otros les traiciona el tedio. De ahí
que el examen, como la montaña, tenga también sus dos vertientes:
la de la desgana y la del triunfo. En la cumbre está el porvenir.
 
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