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Dedicatoria

A la luz de una visión somera, descuidada, parece poco serio que un curso tenga que ser interrumpido por unas fiestas o unas vacaciones más o menos duraderas. Y es que, realmente, lo escolar ha estado presidido tradicionalmente por la inflexibilidad, por la rigidez.

Con todo, nada más natural, más higiénico, más pedagógico, que esos frenazos del curso ante la festividad de un santo patrón o ante el casticismo de unas navidades.

Mirad el árbol. Hoy crece, mañana da fruto, y entre mes y mes se nos antoja como inerte, detenido en su desarrollo. Después se alzará pujante, como a impulso de un nuevo estirón. ¿Es esto imperfección?

El curso es así también. Un árbol siempre vivo, pero con saludables alternancias en la gráfica de su crecimiento. ¡Benditas las vacaciones!

Editorial
El Plan de Desarrollo y la Enseñanza

Se ha dicho que el proyecto de desarrollo que el Plan español prevé, es el socialmente más atrevido de cuantos se vienen llevando a cabo.

Es su propósito conseguir, a la mayor brevedad posible, la elevación del nivel de vida, sobre un estante firme de justicia social que favorezca el desenvolvimiento de la dignidad humana. En tan noble línea, había que destacar un estamento primordial del hombre: su cultura. De ahí el acierto de asegurar, ya en su base, una primordial atención a todo género de enseñanzas.

La estatura económica de un país se mide, más que por la valoración material de sus recursos, por la potencialidad inteligente del pueblo que explote su riqueza. No basta con modernizar la agricultura y la industria; hay que modernizar al hombre.

Esos bien crecidos 22.000 millones de inversión que garanticen la construcción de 15.000 aulas de Primera Enseñanza, la creación de 17 nuevas secciones de estudios universitarios y la apertura de 15.000 nuevos puestos de estudio para técnicos de grado medio y superior, son una cifra suficientemente explícita que avala la firme pretensión de satisfacer las justas aspiraciones docentes de la actual población de nuestro país, y -lo que es más halagüeño- aseguran ya el porvenir de las generaciones inmediatas.

No olvidemos que la fundamental entrega del hombre español al agro ha restado tradicionalmente dedicación a la cultura y a la técnica. El Plan prevé una gradual transformación hacia la industria del grueso de mano de obra retenida por la agricultura. La necesaria capacitación para un quehacer competitivo a gran escala en la esfera industrial, supone la puesta a punto de un amplio equipo técnico que hay que forjar con inminente prontitud.

Bien acogido sea, pues, este empellón con que las necesidades de un resurgir económico sacuden el nivel social de nuestro país en incremento de un clima intelectual que vuelve a adquirir dignidad y señorío.

La perfecta alegría de la Navidad

La alegría de la Navidad no se nos llega a todos con idéntico ropaje.

Dice San Bernardo que la diferencia entre ésta y la otra vida radica en que allá habrá sólo alegría o sólo tristeza eternas. En la tierra, por el contrario, se nos mezclan irremediablemente tristezas y alegrías.

Pero también entre nosotros hay un género de alegría que no puede desplazar las mayores adversidades: la alegría perfecta. Hay, pues, distintos modos de sentirse alegre.
Si tratáramos de ahondar en las diferencias del sentimiento de la alegría partiríamos, por tanto, de las dos características apuntadas: un género de alegría pasajera, sin consistencia y, por lo tanto, superficial, sin raíces hondas; y otro de tina alegría más consistente, indesplazable, entrañable.

Pero no está todo en compararlas para conocerlas mejor. La alegría, fuere cual fuere su modo de ser, es siempre una reacción sentimental ante la vida. Los colores que bailan en las aguas del estanque responden a otros colores originales en los árboles o estatuas reflejados en él. Si hay distintas maneras de reaccionar es porque los motivos de esa reacción son también distintos. Importa más, por tanto, averiguar cuáles son los distintos motivos de alegrías tan dispares.

Una frase ingeniosa nos hace reir, una fiesta simpática crea un ambiente de jubilosa animación, un regalo nos produce un goce proporcional a su valor o significado. Pero la frase se olvida o pierde vigor; la fiesta se acaba; el regalo se gasta o pierde vigencia; y, con ellos, la alegría producida. Diríase que sólo duran las flores que no valen: las de trapo.

No neguemos la legitimidad y nobleza de tales pasatiempos. Apuntemos únicamente su aspecto transitorio, su brevedad.

Y si la causa de la brevedad de tales goces radica en lo perecedero del motivo que suscita tal alegría, la solución para una alegría perfecta, infinita en duración, está clara: buscar un motivo consistente, fundamental, porque nunca quedará bien anclada la nave si la cuerda es floja.

¿Existen tales motivos de alegría? Existen.

Considerar simplemente que Dios es bueno, infinitamente amable, infinitamente superior a mí, y que, sin embargo, se complace en retozar, Niño en unas navidades, entre nosotros, es un motivo de alegría honda que nadie lograría empañar. Y el hecho de saberse con la conciencia tranquila, ¿no es un motivo de regozo íntimo sin precio material posible?

Para un cristiano hasta es obligatorio enterrar la semilla de su alegría perfecta bajo niveles de convicciones profundas. Y es fácil comprender así cómo los verdaderos sabios, los santos, aún en las mayores adversidades y ante los más atroces martirios, no perdieron nunca su semblante alegre, su serenidad gozosa. Y es que habían metido en su corazón, como motivo fundamentalísimo de su alegría perfecta, nada más ni nada menos que al mismo Dios.

A las puertas de la Navidad probemos a experimentar de hecho lo que aquí queda apuntado de palabra. La Navidad es fiesta de alegría derramada, de alegría plena, sin borde; pero de alegría a lo divino, de alegría perfecta.

Desde aquí, pues, nuestro abrazo de regocijo navideño a cuantos nos leen y a cuantos cooperan con nosotros en dar alegría y claridad a las páginas leves de nuestra revista.

UN TEMA PARA HOY:

Los jóvenes frente a sus mayores

Opinan un sacerdote, un profesor, un padre de familia y un joven

La oposición entre jóvenes y mayores crea diferencias que pueden alcanzar límites de discordia, amurallando toda posibilidad de educación. Este es nuestro tema.

UN SACERDOTE: El P. José Luis Rodrigo.

-¿Cómo enjuicia los instintos de independencia del joven frente a sus mayores?

-Estimo que es una reacción natural fundada en motivos sicológicos, por la diferencia de edad y por la diferente formación que han recibido.

-¿Es un mal o es un bien?

-Un mal y un bien. Un mal en los casos en que una incomprensión mutua cierra toda posibilidad de diálogo. Un bien porque rompe el estatismo ideológico y la visión uniforme de los problemas de la vida, acusando una progresión

-¿Existe una fórmula que alivie esa inevitable disparidad?

-No hay más fórmula que la mutua comprensión. Una comprensión que puede conducir a un arreglo ambivalente, nunca a un total entendimiento, ideal pero utópico.

UN PROFESOR: Dr. D. Bernardo Martí.

-¿Es imputable a alguien este mayor enconamiento actual entre jóvenes y adultos?

-Es sólo imputable a una falta de adecuación entre los jóvenes y sus mayores, que no han vivido una misma vida ni han tenido una misma formación.

-¿Qué es lo que falta entre ellos?
-Diálogo.
-Ese diálogo, ¿es posible?

-Simplemente, es difícil.

-En el aspecto escolar, ¿quién debe iniciar ese diálogo?

-El profesor, tratando al alumno como a un compañero, siempre y cuando el alumno tenga el suficiente comedimiento como para que no tome pie para aprovecharse de esta situación en perjuicio del orden y del respeto que el profesor debe siempre merecerle.

-¿Qué más?

-No bastaría con este acercamiento entre profesor y discípulo. Completaría esta teoría de aproximación la participación en el diálogo de los padres del alumno, frecuentemente ajenos al desarrollo mental de sus hijos.

UN PADRE DE FAMILIA: Don Manuel Fillol.

-¿ Qué le han sugerido a usted los primeros atisbos de independencia de los hijos frente a los padres?

-Que es un síntoma de espontánea evolución que todos hemos experimentado en su día. Eso sí, se trata de un momento en la vida de los hijos muy delicado y difícil de atender.

-¿Qué postura es la más apropiada del padre ante el hijo en tal situación?

-La benevolente del esfuerzo por comprender, con miras a encauzar esos primeros brotes de la personalidad, sin coartar un desarrollo interior que es natural y necesario.

-¿Cómo podría realizarse esto?

-Partiendo desde tres ángulos complementarios: la dirección espiritual, un sano ambiente de familia que el niño sienta acogedor y la compenetración entre padres y profesores del chico.

-¿Qué peligros y precauciones apuntaría usted en la realización de ese programa?

-Existe un peligro primordial: equivocarse. No es siempre sano actuar frente a él apoyados en la presunta inferioridad de sus cualidades, o por el contrario obstinarse en pretender de él aquello para lo que menos capacidad demuestra. Puede soslayarse este peligro acogiéndose al sano consejo de sus formadores. En el fondo de todo esto hay una delicada cuestión: no siempre los mayores actúan ante sus hijos con el respeto que un hijo debe merecer siempre a sus padres. La paz, y el fruto consiguiente a esa paz, entre padres e hijo yo lo hago consistir en el respeto mutuo entre unos y otros.

UN JOVEN: Francisco España Furió.

-¿Existe verdadera amistad entre los mayores y los jóvenes?

-No, porque no son como nosotros y no pueden comprendernos.

-¿En qué no son como vosotros?

-Piensan las cosas de manera distinta. Dan mucha importancia a un mundo que nosotros no hemos conocido.

-¿Es enojosa esta disparidad entre unos y otro?

-Yo creo que es natural; pero podría intentarse un arreglo.

-¿Cómo?

-Si nosotros pudiéramos tener más confianza con ellos, podriamos opinar sobre temas comunes que requieren sinceridad.

-¿Por qué no existe esa confianza?

-Tal vez porque temen perder el respeto que les debemos.

-¿Es posible lo uno con lo otro?

-Yo creo que sí. La confianza es amistad, y al amigo de verdad se le respeta más que al que no lo es.

-¿Es esto posible en clase?

-El profesor debe de hacer lo posible por llegar al sin perder el respeto. Entre el profesor y el alumno hay demasiada separación, aunque no igual con todos los profesores. El profesor que distingue a un alumno, por ejemplo, se separa de los demás.