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Número 43
DedicatoriaLa dedicación al estudio ha sido siempre inquietud y tarea en el quehacer franciscano. San Francisco, Fundador de la Orden, lo fue también de tan noble preocupación cultural. Hombres ilustres no han faltado nunca que dieran carácter de prestigio a actividad tan benemérita. Pero el personaje ilustre es excepción e importa más la altura y extensión de labores intelectuales calladas y oscuras que la celebridad pasajera de sus hombres más reputados. Ellos son, eso sí, el fruto dorado, el índice que marca ese otro nivel. Un colegio, unas escuelas, pueden constituir así el símbolo perfecto de un aspecto tan cuidado, tan prestante, como el intelectual. Una tarea urgenteOtra vez un nuevo curso. Otra vez nuevas oportunidades. Tras el descanso estival la juventud -una de las partes de las que se compone la sociedad- se apresta al trabajo, ya sea éste intelectual o manual. El paréntesis veraniego se ha cerrado y toda una serie de propósitos -quiera Dios que todos bien pensados y con posibilidades de convertirse en realidad- se abren como incógnitas que el esfuerzo de cada uno ha de resolver favorablemente para que la eficacia presida nuestros resultados en un día que hoy vemos lejano, pero que llega con una puntualidad implacable. El retorno a un ambiente que ha tenido su merecido paréntesis es el chispazo que nos devuelve la conciencia exacta de lo que es verdaderamente nuestra vida iniciada. También el Colegio -vuestros profesores- ha tenido su paréntesis. Todos los años lo tiene ; pero este año ha sido para dedicarlo a una «tarea urgente», para que no encontréis el Colegio en el mismo punto en que lo dejasteis en junio pasado. La implantación del curso Preuniversitario, el desdoblamiento de varios cursos de Bachillerato, el aumento de un crecido número de profesores titulados y, sobre todo, la preparación del reconocimiento son los nuevos jalones que hallaréis en vuestro Colegio al entrar en las aulas en el próximo curso. Esta labor es la que hemos calificado de «tarea urgente». P. Tomás Burgos Nadal, ofm El examen de reválidaDespués de un día de impresiones, por cierto no muy gratas, se corre la voz, hacia el atardecer, de que han terminado los primeros ejercicios, que los Vocales están calificando y que, por consiguiente, la sentencia era inmediata. Los niños jugaban en el patio, sin alegría. Repentinamente se congregaban en busca de noticias y la respuesta era siempre la misma: no han terminado todavía. En vista de lo avanzado de la hora, las diez de la noche, decidimos enviar a casa a los chavales y algunos profesores y familiares esperar los resultados. Todo fue en vano. La sentencia no pudo ser en firme y cabizbajos salieron los Vocales. Mal síntoma, dije en mis adentros. Habían renunciado a pasar una noche toledana midiendo por décimas y cálculo infinitesimal la capacidad intelectual de los alumnos. ¿Qué había sucedido? El señor Presidente, que es el único que no conocía a los chicos, no estaba conforme con la calificación. Tenían que rebajar la nota no los Vocales del tribunal, sino otro Vocal de repuesto, que sirve de tercero en discordia, aunque aquí la discordia no existía. La rebaja impuesta en la puntuación revestía caracteres de hecatombe para profesores, alumnos y familias de los alumnos. Me imagino la noche que pasarían los chavales. Se jugaban un año de existencia o, por lo menos, las vacaciones de verano. Me hubiese gustado asistir a los tiras y aflojas del tribunal calificador.
No sé quién tiraba ni quién aflojaba, aunque al final
tuvieron que aflojar los que creían y estaban convencidos de que
no eran tantos los que merecían ser suspendidos. Yo siempre había creído que las matemáticas eran
como humilde silencio que está en la raíz de todos estos
inmensos saltos de la física y de la técnica. Había
creído que los sistemas filosóficos, basados en las matemáticas,
nunca habían llegado a la realidad, a la metafísica. Por
eso mi mundo de ideas se tambaleaba ante un tribunal de «cuarto
de reválida». En aquel ambiente tuve yo mismo que apuntalar mis propias ideas y, con reflexiones serias, deshacerme del complejo que me producía la desorbitada seriedad que se daba a la calificación de los ejercicios de unos niños de catorce o quince años. Rompí con el complejo, salvé mi mundo conceptual y empecé a discurrir por cuenta propia. No me cabe la menor duda que los autores del sistema de exámenes de reválida han puesto su mejor voluntad, estudiando los pros y los contras, y que desean, como yo, servir de la mejor manera a nuestra juventud estudiosa. Pero como nadie puede gloriarse de poseer la verdad completa, mis humildes sugerencias, fruto de una primera impresión, pueden quizá ayudar a repensar lo actualmente establecido que, en mi opinión, no puede ser definitivo. Concretándonos hoy al tema de la calificación, creo que, el' objeto calificado no puede ser el resultado de un examen, sino el alumno. Es decir, el resultado final no puede depender del albur de tener que contestar, con más o menos precisión, a unas preguntas sencillas o capciosas, raras o importantes, sino del aprovechamiento regular del curso, de las calificaciones obtenidas y del conocimiento que el profesor que sabe serlo tenga del alumno, para poder discernir con responsabilidad si el alumno es o no apto, si tiene o no tiene capacidad para el estudio. Con ello la reválida se haría más humana, más objetiva y no daría la sensación de unas oposiciones con plazas limitadas. Todavía denominamos al bachiller estudio de humanidades y malamente podremos emplear este nombre si empezamos por deshumanizarlo. Yo recuerdo con agrado y simpatía los exámenes en Alemania y en mis apuntes privados existen ideas fundamentales que me fueron sugeridas en el diálogo con el profesor. Desde luego tienen que existir unas normas que sirvan de orientación en la calificación. Pero toda norma, como toda ley positiva, tiene dimensiones humanas, es decir, tiene que aplicarse a los hombres. Si así no fuera, podría ser jurídico cualquiera que supiera leer y escribir. Por eso los latinos decían que el «summum ius» está a un paso de la «summa injuria». Una norma es una orientación con el intento de captar una realidad espiritual, y lo consigue sólo en parte. En nuestro caso, la aplicación a secas de las normas calificadoras, prescindiendo del muchacho en su aprovechamiento escolar, es o puede ser una injusticia. El examinador tiene que ser también pedagogo. Nuestro sistema actual de reválida no produce grandes entusiasmos, sino más bien hecatombes, que son el agobio de los alumnos, la indignación de los familiares y el bochorno del abnegado profesorado. P. Rector
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