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GRATO RECUERDO
Hace dos años terminé el Bachiller superior en este Colegio de San Antonio. Tuve que orientar mi vida, elegir una profesión ; y me decidí por el Magisterio, profesión por la que, sinceramente, siento verdadera vocación.
Y con motivo de esto quiero desarrollar en estas líneas las impresiones recibidas en el Colegio al realizar las prácticas de enseñanza correspondientes al segundo curso de mi carrera. Hice mis prácticas en la clase de Ingreso, con treinta y cinco niños, siendo muy grata para mí la estancia con aquellos pequeños con quienes conviví y a quienes conservaré siempre un afecto grande.
El haber sido exalumno de estas Escuelas y el haber dado clase precisaniente en la misma aula a la que yo asistí ocho años antes, despertó en mí una emoción indecible. Demuestra claramente el gusto con que hice dichas prácticas, lo mucho que sentí terminarlas. Son muchos los temas que, con la ayuda de Dios, expliqué a aquellos niños que se preparaban para el primer examen de su vida: el ingreso en el Bachiller.
Me gustaba observar a los niños en el juego en todo momento; solía conversar con algunos de ellos en los recreos. Por la mañana formaban en el patio y seguidamente tenía lugar el acto patriótico de izar bandera. Luego la lectura o la correspondiente lección de Gramática. Recreo: los niños ponen entonces de manifiesto ese sobrante de energía que caracteriza a la infancia. Juegan, saltan, se divierten de tal manera que, más de una vez, alguno se hace daño. Termina el recreo y nuevamente se impone la disciplina, hasta las doce y media, en que, tras la lección diaria de Catecismo, llega la hora de salir. Por la tarde las dos horas de jornada escolar con estudio vigilado hasta las ocho...
La vacación de los sábados... La misa dialogada de los domingos, en la que niños y mayores rezan, cantan y toman parte activa.
Así se desenvolvía la vida escolar en aquellos días de convivencia con unos niños a quienes -a pesar de mis defectos- nunca he dejado de querer.
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DOS COLEGIOS Y UN RECUERDO
Hace unos siete años, y para continuar mis estudios de Bachiller empezados en una escuela unitaria local, ingresé en el Colegio. Allí fueron añadiendo piedra tras piedra, consejos y ejemplos al edificio de mi educación moral y científica, hasta dejar completo el boceto del edificio.
Seis años pasé en él, en los cuales se grabaron en mi mente escenas agradables y desagradables para mi espíritu infantil; ambas vistas desde ahora son muy diferentes, las desagradables se hacen momentáneas, casi imperceptibles, las agradables duraderas y emotivas.
Escenas de entrada, en la fila, en la capilla, en el estudio, en las clases y luego al salir. Acuerdos entre amigos o discusiones con «enemigos», pronto eclipsadas por discusiones entre compañeros y pactos entre contrarios. Travesuras tan naturales en estudiantes de nuestra edad, los castigos consecuentes que sufríamos con resignación o prefabricando nuevas travesuras. Todo ello queda en la mente como un recuerdo fresco y vivo, y al recordarlo siento volver atrás el tiempo y estar sentado en mi pupitre en idénticas circunstancias a las pasadas entonces. Vivo aquellas tardes de sábado con confesiones y ejercicios religiosos, aquellas frases alentadoras de aquel religioso o de aquel profesor ; el mes florido en que se avivaba nuestro amor a la Virgen, o aquellos apuros finales y luego recompensados del mes de junio.
Terminado el Bachiller, continué en Onteniente, Colegio La Concepción,
Padres Franciscanos, idénticos sistemas pedagógicos. Sentimos
(pues fuimos ocho los compañeros que entonces tomamos el mismo
rumbo) únicamente el cambio propio del paso al internado: «pérdida»
relativa de libertad y añoranza de casa. Al fin nos acostumbramos
a la «nueva vida».
De nuevo escenas agradables y otras menos gratas. En una de estas últimas
en la que lucíamos nuestra soberbia inconsciente, una sirviente
del Colegio, de bastante edad y mucha experiencia en sentimientos escolares,
nos dijo que, pasado el tiempo y lejos de allí, únicamente
recordaríamos lo bueno. En efecto, ahora a un año tan sólo
de distancia, los únicos recuerdos duraderos son los que nos hicieron
dichosos entonces : los ratos que pasamos junto a la Virgen después
de la cena, la misa matutina, aquel consejo de aquel fraile, aquellas
charlas con aquel otro, aquellos paseos después de comer, aquellos
fines de semana que desdibujaban la monotonía de los otros días...
Así, pues, dos colegios y una sola clase de recuerdos.
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ALDABONAZO
Hace mucho tiempo que se viene pensando en ello. El proyecto es antiguo, pero aún no se ha puesto plenamente en práctica. Nuestra Asociación todavía está pendiente. Me refiero, claro está, a la Asociación de Antiguos Alumnos.
Supone ésta la proyección del Colegio fuera de sus muros,
que hoy vemos levantándose tan nuevos y funcionales, sin que ello
quite lo que siempre habrá en él de solera, de sedimento
al paso de los años.
Allí ha quedado un pedacito de cada uno de nosotros. Por ello nos
sentimos unidos al Colegio.
La razón de su necesidad es algo más que un puro sentimentalismo. Resulta, casi diría, absurdo que unos individuos que durante años se han visto unidos por las mismas preocupaciones, se encuentren hoy completamente desligados.
Cabe aducir toda una serie de razones que abogan en favor de esta institución. En la realidad se encuentran presentes en el ánimo de todos y cada uno de los que hemos pasado por aquellas aulas, donde hemos ido adquiriendo un bagaje de ideas verdaderamente considerable, al paso de los cursos. Pero es preciso refrescar y aún renovar aquellas enseñanzas Unas enseñanzas que al contacto con el exterior se van enmoheciendo y enfriando paulatinamente.
Nuevos tiempos y nuevas directrices. Ahora empezamos a enfocar los problemas desde otro ángulo. Corremos un período francamente crítico. El Colegio no terminó su misión.
Aparte de esta labor que pudiéramos llamar neoformadora, queda el aspecto cultural de todas sus facetas. El estudio de una carrera técnica o universitaria presupone una especialización, con el consiguiente abandono de otras ramas de no menos interés, casi indispensables para la vida social moderna. Este bache puede subsanarse mediante charlas dadas por personas competentes en sus respectivas materias.
Parejamente a todo este complejo formativo, no podemos olvidar el recreativo. Así retornaremos, en alguna manera, a aquellos patios que tanta nostalgia nos producen.
En fin, todo un cúmulo de actividades que ahí están en embrión, esperando que el ánimo de unos cuantos le hagan desarrollar.
Siempre hemos tropezado con el inconveniente del espacio. Tal vez hoy no sea ya un obstáculo tan decisivo.
El Colegio empieza una nueva etapa. Hoy le vemos puesto de gala y hemos de sentirnos satisfechos si entre sus muros queda un rincón para nosotros. Entre sus muros tan nuevos y funcionales. Y tan nuestros.
EL SAGRARIO DEL COLEGIO
Desde este rincón del Boletín la expresión de nuestra gratitud para todos los bienhechores que nos han brindado su donativo para el espléndido Sagrario de nuestro Colegio.
Muchas gracias.

ENRIQUE
DE DOMINGO HERNÁNDEZ,
JUAN
JOSÉ CHOLVI PUIG
MANUEL
ESCRIVÁ MONTAGUD