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Impresiones y recuerdosApertura de curso. Octubre. Sabor de vacaciones, calor de verano todavía. Volver a empezar. Historia. Matemáticas. Literatura... «¡Estas ecuaciones!...» Tin, tin... tin, tin. Aviso para entrar en 'clase. «¡Sí no sé ni "jota"! ». Las explicaciones del profesor. Una pregunta. «Usted, dígame el teorema de Pitágoras.» Un latir intenso del corazón. Un levantarse de la silla con desgana. Un balbuceo de palabras a media voz. «Pues el teorema de Pitágoras... el teorema de Pitágoras es que... el teorema de Pitágoras dice que... » Enrojecer... sentarse y escuchar reproches. «Qué pesado es el "tío" este, ¡caramba! » Tin, tin... tin, tin. Salir. Salir fuera. Al patio húmedo de paredes muy altas. Hoy cero en Matemáticas. « ¡Para qué servirá el teorema de Pitágoras! ... » Después la clase de latín. «Bonus, bona, bonum». La clase de latín, en la que abundan las malas notas. « ¡Si no he de ser cura ! ... » Y luego el tiempo de estudio. Y el irse a casa. Pasa un trimestre. Navidad llega. Con sus vacaciones. Con su necesidad de papel de plata y cortezas de árbol para el nacimiento. Y se utilizan todas las láminas de plata de los chocolates. Se convierten en ríos y lagos. ¡Qué ilusión tener mucho papel de plata ! ... Navidad queda atrás. Con el sabor agridulce de los recuerdos agradables. «¡Qué estupendo estaba mi "belén"! » «Maribel bailó toda la noche conmigo...» Un día de clase. Dos. Tres... Y la campana de voz clara sigue marcando el ritmo del Colegio. «Hoy tenemos gimnasia y fútbol. ¡Este profesor si que es "macho"! » Cinco. Diez. Veinte clases de gimnasia. Otra vez exámenes trimestrales. De nuevo pasarse las noches en vela. Estudiar. Hacer chuletas... Pascua. Sus días de campo. Una vez más encontrarse con el pupitre. Sustituir los grabados grotescos que quedaron en los encerados por raíces cuadradas y cuadros sinópticos. Volverse a mover a la orden de la campana. Más clases de Matemáticas. Problemas de Filosofía. La Filosofía. Empezar a estudiarla es conseguir un poco la mayoría de edad. Kant. Hegel. Ortega. Es un exclamar: « ¡Estos tipos estaban poco chalaos!» Y empezar a ser un poco Kant, Hegel y Ortega. Otra vez las clases de gimnasia. Y en seguida las pruebas finales. Se empolla. Se hacen más chuletas que nunca, y dentro se siente una especie de vacío que cosquillea.
Está escrito en la primera página de los libros. Y en esas fechas el verso se lee a menudo. Sintiéndolo. Y se mira el cuadro de la Inmaculada constantemente. El Colegio es así. No puede haber cambiado. Nunca cambiará. Aunque me le hayan puesto traje nuevo. JUAN Mª SERRAT ROCA
Un tiempo y otroHe recorrido detenidamente el Colegio. Todo es nuevo e impersonal todavía allí. Olor a pintura, ladrillos apilados, suelos sin brillo, sin la huella aún de las pisadas de cada alumno. De pronto, cada recinto nuevo, con su aparente consistencia, se ha derrumbado ante mis ojos y cada pisada mía se ha detenido sobre otros suelos más viejos y más queridos. En mi visita al nuevo Colegio los recuerdos se han impuesto a la realidad. Y repentinamente me he sentido trasladado a otro tiempo. Cada rincón nuevo ha suscitado un viejo y entrañable recuerdo. La capilla (¡cuánta pereza vencida por el celo materno para llegar puntualmente a la misa diaria!) no era ésta de trazos modernos. Ni el salón de estudios era tan amplio y luminoso como éste, que se levanta ahora sobre lo que fue nuestro patio de juego, terreno también de nuestras pequeñas venganzas, almacenadas en cada clase o en cada estudio, con ese rencor infantil que no perdona nada. Mi salón de estudios, el nuestro, el que cobijó horas y horas de desesperados intentos por conjurar el deseo de preparar bien las lecciones del siguiente día, con el otro deseo de leer algún que otro almanaque infantil, o de «jugar a barcos», o de charlar con el compañero habitual, aquel salón de estudios por el, que hoy he vuelto a pasar casi sin detenerme, en este reencuentro con mi tiempo de colegial, tenía menos espacio, menos luz. Pero entonces nos conformábamos con aquél y ni siquiera nos deteníamos a pensar que pudiera haber nada mejor. ¡Son tantas las horas pasadas allí ! Hoy, vistas con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, todas surjen alegres y felices. Pero también había momentos de angustia ante la inminencia de unos exámenes trimestrales, de una asignatura mal preparada o de un mes de junio que siempre llegaba sin avisar. Junto a esto los alegres días de preparativo para celebrar la fiesta de Santo Tomás de Aquino, con los ensayos de comedias y con el aliciente de los premios literarios. 0 aquéllos otros días de excursión a la Feria de Muestras, en Valencia, a descubrir mundos ignorados en cada maquinaria expuesta, o en el acuario, o en cualquier rincón que siempre parecía nuevo. Todo un mundo feliz y casi olvidado que ha surgido imprevistamente ante mi con el solo hecho de recorrer cada una de las nuevas aulas de este Colegio que ya no es el mío, el de mi tiempo. (De vez en cuando -he vuelto la cabeza y he mirado de soslayo la configuración, desdibujada ya por las reformas, de aquel otro Colegio mío.) He de volver a recorrer cada recinto, cada nuevo salón, procurando substraerme al sortilegio que me ha envuelto en recuerdos en esta visita de hoy. Y luego, más tarde, cuando ya se sienta el latir de vida de una nueva generación de colegiales (, ¡cuántas ya desde la mía!), pasearé de nuevo, desechando nostalgias, con la certeza de que entre estas paredes de moderna arquitectura y aquellas otras anticuadas ya, qué duda cabe, pero que guardan ,ni mundo más querido y entrañable, se ha producido la fusión de un tiempo y otro. RAMIRO CUCARELLA Carcagente, junio de 1961.
INTERNADO y EXTERNADOLa misma palabra internado lleva en sí las raíces de su propio significado. Internado, de cinters (dentro), quiere decir algo interior, enclaustrado e íntimo. Un internado es efectivamente un modo de huida del exterior, un apartamiento del mundo circundante, un aislamiento del hombre. En materia escolar un internado es el medio más completo de ambientar al estudiante, de formarle un clima propicio al estudio, ya que en él se alternan las lecciones de clase con las lecciones teóricas y prácticas de formación educativa. En el internado toda la vida del estudiante gira en torno a sus estudios y su educación. Se vive en un medio en que no existen las distracciones inherentes a la vida de nuestra calle, de nuestro pueblo. El externado es el lugar donde única y exclusivamente se estudia y se asiste a clase. Las demás actividades vitales no tienen cabida en él. Sin embargo, existen ventajas en el externado que el internado no puede dar. Hay en el externado más ocasión de autoeducarse. El externo vive menos reprimido, más libre, y en esa libertad es donde puede ponerse en juego la verdadera libertad de obrar no conducido, no obligado, sino por propia iniciativa. Hay en él menos lugar a la rutina que en el internado. De todos modos, el secreto está siempre en el alumno. A él toca en buena parte saber aprovecharse de las ventajas de lo uno o de lo otro y suplir, con la ayuda de los formadores de turno, las deficiencias propias de todo método. Lástima que en el internado no haya una cosa que nadie puede suplir: la proximidad de los propios padres, cuyo cariño no admite suplencias ni pronombres. Luis Gallardo Arbona
El COLEGIOExtraordinario el nuevo Colegio; muy bonita su fachada y acogedoras sus aulas. Un Colegio edificado con sillares de ilusión, tallado cuidadosamente a golpes de paciencia, exacto en sus funciones, cara al futuro esperanzado de sus alumnos. Pero aún subsistirá largamente en la memoria de todos mis compañeros el viejo Colegio. Sentimos verdadera nostalgia de nuestras clases, de nuestro frío salón e incluso de nuestro pequeño e insustituible patio donde jugábamos alegremente. Todos recordamos con añoranza aquellos días vividos entre los muros del Colegio, estudiando unas veces y otras ideando cualquier barrabasada para compaginar el estudio con el humor sano y pueril de nuestra mocedad. El silencio de sus aulas, donde el estudio es la oración de todas las horas, marca la principal misión del centro. Formado cada día, poco a poco, con esfuerzo y sin desmayos; aceptando los posibles fallos sin perder el ánimo, aguantando los admisibles fracasos, siempre dolorosos, sin perder la fe. Aquí nos instruyeron, elegimos nuestro camino y empezamos a cultivar nuestra personalidad incipiente, ensanchando las fronteras de nuestro pequeño mundo individual. Muy lejos han quedado aquellos días felices que desgraciadamente ya no volverán, pero aún perdura en nosotros el vivo y cariñoso recuerdo de nuestros profesores, a quienes enviamos mis compañeros y yo un grato saludo y nuestro más profundo agradecimiento. Y desde estas prosaicas columnas creo expresar el sentir de mis compañeros
al desear fervientemente la constitución de una Agrupación
de Antiguos Alumnos que, siguiendo las actividades del Colegio, sirva
para estrechar, mejor dicho, para no separar nuestros entrañables
lazos de cariño y devoción hacia el Colegio de todos los
alumnos que tristemente se tienen que ver precisados a abandonarlo. Vicente Ramón Asensio Serena
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