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Efecto letal de las radiaciones
Frente a una radiación existente, el organismo humano no tiene ninguna defensa, pues no puede impedir su absorción ni poner remedios positivos que anulen sus efectos. Sólo cabe una solución: evitarlas o por lo menos recibir las dosis más pequeñas posibles, indicando con ello la limitación de la recepción al mínimo permitido. Por tanto, el problema esencial es determinar cuál es ese mínimo:, nosotros, por ahora, vamos a prestar más atención a cómo actúan las radiaciones.
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Una invisible fuerza ataca desde el cielo y al cabo de un período, que, puede variar de días a años, acaba por producir la muerte del organismo, al destruir ese mínimo vital que llamamos célula. Concretamente ese destrozo se produce en, los tejidos linfáticos y acaba con los glóbulos blancos; dado que son éstos los que nos defienden de las bacterias, quedamos en situación propicia para ser presa de innúmeras infecciones.
Puesto que la vida y la muerte de una célula dependen en definitiva de su metabolismo, es la alteración de éste un efecto básico de la radiación. Sabemos que una célula está compuesta de átomos y moléculas; pues bien, puesto que el efecto último de la radiación es ejercer una fuerte acción ionizadora, tenemos que las partículas alfa y protones -que penetran en línea recta, en la materia, debido, a, que por su gran masa no les, afectan los choques con los electrones, que rodean los núcleos atomicos- sustraen un electrón a un átomo neutro, creando un ión positivo, al tiempo que dicho electrón se une a otro átomo, formando un ión negativo: Consecuencia inmediata es que las moléculas de la célula -debido a la ionización descrita- han adquirido mayor actividad química.
Ahora bien,el agua constituye el 70 % de la masa total de la masyoría de las células, por lo que parece ser que los iones que predominan son los H (positivos) y OH (negativos); estos reaccionan entre sí, no sólo para formar moléculas de agua, sino H2O2 y HO2 que junto con el O y el OH antes citado constituyen cuatro poderosos agentes oxidantes que inactivas las enzimas (catalizadores de las reacciones orgánicas) y como consecuencia, la célula muere de hambre.
Estas lesiones dejan sentirse de diversos modos, según el tejido atacado; así en la piel se produce el desprendimiento de los pelos y transformaciones malignas que aparecen al cabo de los años; en el cristalino se producen manchas y hasta cataratas. De hecho, en los supervivientes de las dos bombas atómicas, se han dado numerosos casos de anemias y leucemias, así como esterilidad parcial y aún total y también anomalías en su descendencia.
La radiación puede actuar también sobre el ciclo químico implicado en la división celular. En el núcleo de la célula existe cierto ácido que desempeña un importante papel en dicha división; como la radiación inhibe la formación de dicho ácido, por inactivar las enzimas, se retarda la citada división. El Premio Nobel de Química, George Hevesy ha estudiado este efecto valiéndose del fósforo radiactivo y ha sugerido que la citada inhibición, explica el efecto selectivo de la radiación sobre las células de los tumores. La radiación afecta a estas células más que a las normales -lo cual hace posible el tratamiento del cáncer por rayos X- y como dichas células se dividen rápidamente, necesitan ácido nucleico desoxidado, por lo que Hevesy indica que la falta de éste (es decir, la presencia de la radiación) puede retrasar el desarrollo del tumor.
Otro efecto es cambiar los genes y la herencia. Se observó al microscopio, que los cromosomas portadores de la herencia estaban destrozados en las plantas, cuyas semillas habían sido irradiadas. Se cree que la radiación produce la mutación de los genes en los núcleos, hiriendo la gran molécula del citado gene, aunque el hecho de que el peróxido de hidrógeno (agua oxigenada) añadido a los cultivos no irradiados diese lugar a la aparición de mutantes, sugiere que la mutación debe ser producida de un modo químico indirecto, más bien que por el ataque directo de las radiaciones.
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Una de las principales razones para dedicar tantos estudios a estos efectos, es descubrir un modo de combatirlos de raíz.
Por el momento, tan solo se puede hablar de un tratamiento de las enfermedades producidas, dirigido a nivelar los resultados finales. Así: mediante las transfusiones de sangre y plasma y administración de hierro y vitaminas se restaura la provisión de glóbulos blancos y se reponen los tejidos destruidos; análogamente, con antibióticos como la aureomicina, se protege a los enfermos radiactivos de las infecciones.
Evidentemente la clave del problema estriba en un mejor conocimiento de cómo vive y funciona la célula. Cuando este misterio haya sido esclarecido, podremos enfrentarnos con la radiación, el cáncer y otros muchos de nuestros males.
JOSE MANUEL GARCIA CONCA
A. Alumno
Buscando colocación
(cuento de actualidad)
José Alvarez, "Pepito", como le llamaban los íntimos, era un joven que -como muchos otros- tenía colgado en un artístico marco su título de bachillerato.
Sí, Pepe era un joven inteligente, así lo probaban sus incontables matrículas en Filosofía, Historia y Matemáticas que durante sus estudios había conseguido en un buen colegio de religiosos.
Lo cierto es que, por razones que no vienen al caso, su familia, que pertenecía a las que no miran con buenos ojos eso del «rok and roll» y a las que a cada paso se las oye decir: ¡qué desvergüenza, cómo están los tiempos¡, quiso buscarle a Pepito «un buen enchufe» porque las carreras-decían-sirven para morirse de hambre.
-Mira Pepito -decía la madre- con lo que ganes puedes incluso pagarte una carrera que te instruya, y el día de mañana serás todo un señor. Un hombre distinguido. Eso es lo principal.
Su padre, que era contable en una empresa importante, habló con un amigo que era primo segundo de un señor que tenía una hija, amiga de la secretaria particular del gerente de una fábrica de ladrillos.
En aquel asunto, Pepe presentó a diferentes personas cuatro cartas de recomendación.
La secretaria particular de la que he hablado antes, tuvo que sacrificarse a ir al cine con el viejo gerente tres días consecutivos, aceptó una invitación del mismo individuo para pasar un fin de semana en el campo.
-¡Hay que ser altruístas! -se decía- y lo soportaba todo.
Pero, aunque llegó al colmo de sacrificios, sus esfuerzos resultaron inútiles, pues cuando José Alvarez iba a serle presentado, el gerente murió de modo inexplicable.
Y hubieron de buscar otro camino.
Doña Amalia, madre de Pepe, tenía una antigua compañera de colegio cuya familia estaba bien relacionada con personas influyentes. Su padre fué Director de Banco y aunque era de esperar que se encontrase en la sepultura, no desistió en poder encontrar en ella la solución del porvenir de su amado hijo.
Pero fracasó en su intento. Su amigo de colegio, su padre y tres de sus hijos, hartos ya de tanta factura y de pagar cientos de plazos por la lavadora eléctrica, emigraron a Colombia.
La familia se desesperaba. Pepe, también.
Se sentaba en la pequeña salita de estar y pasaba la mayor parte del día contemplando su título de Bachiller, y sobre todo, aquel párrafo enorgullecedor en el que se leía: «Con la calificación de NOTABLE.»
Y pasaron días. Semanas. Hasta que un día la criada, que se daba cuenta de la situación, decidió dar solución a aquel problema.
-Señorito -dijo- esta tarde mismo hablaré con Francisca para que les exponga el asunto a sus señores. Creo que dará resultado.
La humilde sirvienta habló con Francisca y ésta con sus señores y sus señores con otros señores...
Llovieron de nuevo las cartas de recomendación. Por fin, un día, encontré a Pepe. -¡Tengo el empleo! ¡Tengo el empleo! Le felicité.
Hace un mes que ocurrió aquel encuentro, y hoy vengo de su entierro. Del entierro de José Alvarez, bachiller de honor.
Aún no me he repuesto del profundo golpe que me causó la noticia.
Pepe, sí, tuvo el empleo. Tuvo "el buen enchufe" que decía su familia, con las pagas extraordinarias y todo.
Pero en la oficina, el bachiller inteligente resultó ser una nulidad. Ni el álgebra, ni la trigonometría, ni las ecuaciones de segundo grado le servían para efectuar una simple multiplicación.
Maldijo a los clásicos, a Cervantes y a todos los literatos y literaturas porque no sabía como redactar una carta, ni siquiera poner las "h" en su sitio.
Era terrible. Cordialmente le despidieron. Y Pepe, que se había hecho un montón de ilusiones, murió. Fué ayer, ante su título y su notable. Un ataque de histerismo furioso, certificó el médico.
¡Que en paz descanse!
JUAN-MARIA SERRAT ROCA
A. Alumno
