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Por fin, conocí España

Dejé para siempre los campos de azahar, la llanura verde y el cariñoso recuerdo de aquella acequia. Valencia sólo fue un horizonte. Allí quedó mi España, con las mejores horas pasadas y los peores instantes tenidos. La otra España, la que tanto se extiende por el Valle de Arán, como por las "mariñas" gallegas, o por los Campos de Montiel, era la desconocida, la misteriosa, en la que (pecando como Santo Tomás) no quería creer.

En la capital del solar castellano, llegué a experimentar tanto el frío espiritual como la sensación de lejanía. No conocía a los españoles, no podía llegar a conocer a mi patria. Nunca me supuse que los primeros llegasen a encerrar a la segunda, ni ésta viviese en los primeros; pero fue así, allí, en ellos, estaba España.

¡Dios mío! La encontré donde no la esperaba y la estuve esperando donde jamás la habría encontrado.

¿Quién diría que son España esos andaluces que ante mí lucen el fuego de su sangre árabe y el ardor de sus mentes fantásticas?

Sus llamaradas me animan, me hacen arder en el júbilo y me alejan de la desesperación. Son vida, ardor, ardor y emoción; son la España de Lepanto, de lztapalopá y de las islas Terceiras.

¿Quién diría que son España esos catalanes, metódicos, confiados, maestros, en fin, de la vida?

Son mi ideal práctico, mi espiritualismo aplicado. Trabajan y forjan los ideales, las aspiraciones, ahora igual que cuando luchaban en el ducado de Atenas, o seguían a Prim en Castillejos y Was-Ras.

¿Quién diría qué son España esos gallegos que pasean su arcaísmo y libertad por los campos infinitos de su «terriña» y sus «pobos», de igual forma que por las amadas aguas de sus rías? Conocen el sudor, el esfuerzo, el grito ahogado de aspiraciones incumplidas, la «morriña» que los ata a Galicia.

Me admiran, llevan a la Madre Patria por todo el mundo, son portavoces suyos; en sus tristezas y alegrías me dirán dónde están.

¿Quién, finalmente, diría que nosotros somos España? Pues lo somos, y de sobra sabemos por qué. Tanto la llevamos al empuñar el «forcat» y pasarlo por nuestros amados «bancals», como cuando el fulgor de la «falla» ilumina nuestro rostro.

No quiero extenderme, por eso omito a los demás pueblos españoles. Todos ellos son la Patria y la Patria está en ellos. No necesito deciros cuáles son; los conocéis, nos conocen; son nuestros hermanos de cada día; con sus características dan más diversidad a esta España diversa; con sus aspiraciones dan más ardor a esta España ardorosa; y con su sentido del deber, dan más seriedad a esta nueva España, la España seria ¡la que yo he conocido! no la del abuso del zapateado, la de la maldición gitana, la del separatismo o la del¡ egoísmo de los pocos respecto a los muchos. En sus hijos encontré a mi Patria, en lo más recóndito de¡ pensamiento de cada uno hallé ese hacer, ese amar, ese indescriptible sentido de «todos para uno y uno para todos.»

Ese «todos» (pueblos, gentes...) son España, y ese «uno» ¡Dios me ayude y me oiga! quiero serlo yo.

Lejos de mi casa encontré la otra casa, lejos de mi pueblo comprendí a los otros pueblos, lejos de vosotros os he hallado.

Estas palabras, tal vez pequen de idealismo, o aún peor, os suenen a farsa. ¡Lamentaría que por tal las tomarais, ahora que me acerco a vosotros! Sentiría que me alejaseis de mi esperanza, porque, sin querer, la sois. Como el arroyo es una lágrima del mundo, así sería la mía en mi rostro.

He buscado en vosotros y la hallé; sois, pues, ella: España. Gracias.

VICENTE BADENES MARTÍNEZ - A. Alumno.

 

Fuente de Aguas Vivas

"En pie, y en voz alta, dijo Jesús: - Quien tenga sed, venga a mí y beba! (Jn 7, 37)

Lo dijo así, subido
al escalón glorioso de su sangre.
Lo dijo tan esbelto corno el tallo
vertical, casi junco,
casi verja, del trigo.
Con qué nervioso impulso
sacudió la melena
de su voz, aromática y bravía
como un fruto de pino o dé palmera.
Y fué su grito firme vertedera,
tajante de vigor, en la vertiente
de greda de los hombres.

Surcos de claridad corretearon
a la orilla de Dios,
y sus aguas, con brío de retoño,
con crecida de cauce,
con empuje de-salto o de latido,
saltaron el brocal
de Dios y derramaron su abundancia,
como un, dulce ganado, por los cielos,
de apacibles estrellas palpitantes.

Fr. Ángel Martín, ofm

Santo Espíritu, 4 jul 1957