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Excursión a Alicante

Por CARLOS MERINO SORIANO.-5.° Curso.

Mayo de 1959.

Camino largo, tiempo corto. Dos rutas: la de ida, tierra adentro; la de vuelta, cara al mar. Una orden y todos a los autobuses; son las siete y media. En el mío el P. Francisco Blanes y don Teodoro. En marcha; ya queda atrás la Puebla, el puerto de Cárcer; en frente, Játiva. Allí van hoy los de cuarto y sexto. ¡Que Dios os ilumine! Nosotros la dejamos atrás, vamos a Alicante. Cuesta y curvas, carretera estrecha; es el puerto de Ollería. A uno de los autobuses le falla el motor. ¿Seguirá? ¿No seguirá? Por fin, sigue. Esta vegetación no es aquella. Dejamos los verdes naranjales. Ahora la sierra con sus barrancos que impresionan.

Y, después de¡ puerto, Onteniente. Parada de rigor en el Colegio de los Padres Franciscanos. Nos enseñan el Museo de Ciencias Naturales y en el recorrido hay más de un grito de admiración; salimos después al jardín botánico.

Enhorabuena, alumnos de Onteniente, buen Colegio. Y a seguir corriendo por tierras alicantinas: Villena, Elda, Novelda. Paradas de descanso rápidas, pero buenas; pues cansa el continuo marchar en los armatostes. Dejamos a un lado Monóvar, de tierras rojas como fuego. Por lo demás, aquí la vegetación es la misma; naturaleza muerta con grandes extensiones de cepas, cerca, los almendros que estrenan hojas; en la vega, campos bien cuidados que esperan la plantación de tomateras. Estos pueblos alicantinos son industriales; sus habitantes, atentos y laboriosos.

Llegamos a Alicante a las dos; esta gran ciudad, coronada por un castillo, es clara y limpia. Después, la playa de San Juan; no pudimos bañarnos. El mar, con transitorio enfado, no quería visitas; el levante. Y ahora a comer. Allí en el merendero dimos cuenta de las viandas. Unos las tomaron con "limonás" y otros con cervezas.

Hay apetito porque la marcha va a un ritmo de carrera. Descanso y otra vez a los autobuses. La vuelta al Colegio. Ruta marinera. Adiós a Alicante; dejamos Villajoyosa y pasamos por Benidorm. Buen pueblo y buena playa. Modernos edificios que dan un conjunto de capital; dicen que es playa de moda.

Altea y Calpe, pueblos donde se vive cara al mar; desde lejos, en el atardecer, vemos el Peñón de Ifach. Tierra adentro, Benisa, con su convento de Padres Franciscanos, donde se formaron los que nos forman. Y después de «La Marina», Gandía; paradas y bar. Merendamos con ardor, pues hay gana. Un café y al autobús. Ya nos acompañan los huertos, naranjales y agua por todas partes. Se aproxima la meta. La ruta de la Ribera Baja, parada en Alcira y llegamos a Carcagente. El Colegio, con la familia que espera.

Señor, cuando emprendimos la marcha nos signamos con la señal de Tu Redención, pidiendo la paz en el viaje. Gracias, pues nos la diste.

VERANO...

El mes de Junio está casi preparado para que le cantemos el responso. Han empezado las vacaciones del estudiante. Mejor o peor, pero han empezado. Todos sentimos el agobio del calor y otros agobios que no por menos veraniegos dejan de ser calurosos. Pero dejemos de lado los segundos, porque cuando verdaderamente agobian es dentro de tres meses. El problema del calor es más perentorio... ¿Cómo solucionarlo? Muy sencillo: Contra el calor, el frío. Pero claro, no se va a meter uno en una nevera. Hay que buscar otros medios.

No hace mucho, leí en una novela: «En todos los países hay una o varias ciudades de placer. En España tenemos San Sebastián». (1) y (2). Y aquí está la solución: Nada de neveras; ciudades de placer.

Se me objetará que San Sebastián cae un poco lejos. Pero también está lejos el año 1940 y las cosas han cambiado mucho desde entonces. Hoy la zona de placer ha pasado del Cantábrico al Mediterráneo. Es decir, que la tenemos al alcance de la mano. Alarguémosla y agarrémosla por los pelos. Ya es nuestra.

Estamos en cualquier playa de la costa levantina. Supónganse ustedes dieciocho párrafos llenos de lirismo describiendo la belleza del lugar, la gracia de las mujeres, la felicidad de los niños, que dicho sea de paso, se ponen cochinísimos revolcándose por tierra, y el placer, aún no descrito, de comerse los bocadillos llenos de arena. (Manjar de dioses). Y ya hemos solucionado el problema del calor, porque las playas de moda son la panacea de los calurosos y muchas cosas más que me callo.

Estas playas presentan su mayor apogeo en los fines de semana.

-"Oye, dice un muchacho a un amigo: Mañana iremos al Cine con ..." Y aquí los nombres de dos amigas.

-"No voy a poder ir, responde el amigo, porque me marcho con mi familia o la playa de..." Y aquí el nombre de una playa de moda.

-"Hombre, pues a ver si te queda un sitio en el coche y voy yo también".

Y las niñas se fastidian y ellos se van a la playa a divertirse. Y es que la playa tiene un atractivo irresistible.

Al llegar empieza uno por no poder dejar el coche. Por fin lo aparca, después de titánicos esfuerzos a kilómetro y medio de la playa. Luego tiene que desnudarse detrás de una roca con riesgo de tener que pagar una multa; porque claro, no hay casetas libres.

Y entonces empieza el verdadero placer. Muchachos y muchachas bronceados por el sol, nos hacen avergonzarnos de estar tan blanquitos. Cuatro gamberros se ríen porque nadamos como patos. Una señora gorda en peligro a la que nos lanzamos a salvar, acaba salvándonos a nosotros... Y así.

Y llega la hora de comer, con esos deliciosos percances de los bocadillos con arena o de las cuentos exorbitantes en el restaurante.

Después de la comida es el momento de saborear el placer de la conversación, que según Epicuro era el mayor de los placeres (3), tratando preferentemente del supertema del futbol. Y así hasta las siete de la tarde.

A esta hora empieza el baile en el hotel. Los dos amigos se las prometen muy felices. Y en efecto, pasan una tarde deliciosa llamando al camarero, para que les sirva una Coca-cola, en quince tonos diferentes y recibiendo monumentales calabazas de quince chicas diferentes en el mismo tono.

Y después de este día maravilloso, lo vuelto a casa, para contar a los amigos lo que nos hemos divertido.

Y ahora me pregunto: ¿Por qué he escrito yo todo esto?

Se me ocurren dos respuestas: porque no se me ha ocurrido cosa mejor; o porque gozo de un alma generosa y sin egoísmos y he querido darles a conocer mis observaciones para que vayan Vds. también a saborear las dulzuras de un domingo en la playa. Me inclino por la segunda suposición, ya que así quedo como un verdadero «señor». Eso de ayudar al prójimo a que se divierta honestamente da mucho tono. Y a mí siempre me ha gustado darme tono.

Mi intención queda clara. Ahora piensen Vds. lo que quieran.

JOSE CUCARELLA - A. Alumno.

(1) W. Fernández Flores. ¡Las novelas del Espino en Flor». Pág. 560. Ediciones Españolas. S. A. Madrid 1940.
(2) Incluyo esta cita, no porque sea necesaria. sino para dar a este articulo un tinte de erudición necesario en todo trabajo escolar y más aún post escolar.
(3) Aclaración hecha con el mismo fin que la cita anterior.