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Divagación en torno al Teatro

"Un soñador para un pueblo", de A. Buero Vallejo

No pretendo sentar cátedra y nada más lejos de mi ánimo que ponerme retórico y profesora¡, hablando de una cosa complicada de por sí y mucho más cuando uno no pasa de ser un aficionado. Voy, eso sí, a prestar mi colaboración a ese entrañable BOLETIN DEL COLEGIO y eso en razón casi exclusiva a la invitación que he recibido del actual Director del mismo.

Otras razones hay de por medio y que sería inútil ennumerar. Podría daros dos, para mí las más importantes y que quizá me alivien del duro juicio que pueda merecer de quien tenga el valor de leerme. Y son estas: mi condición de A. Alumno del Colegio y la gran amistad que me une al querido P. Blanes. Quizá no os parezcan suficientes para robaros una página de la Revista, pero, en cualquier caso, voy a intentar ser lo más ameno que sepa y pueda.

Después de largos ratos pensando en esta cuestión, he acabado por decidirme a escribir sobre el teatro y condicionadamente a él, de la última obra española que a mi juicio, más envergadura dramática y literaria reune. Se trata de "Un Soñador para un pueblo" y su autor es Antonio Buero Vallejo.

He iniciado mi colaboración advirtiendo que no soy más que un espectador, aunque, eso sí, con verdadero entusiasmo por el teatro. Tengo que repetirlo para dejar constancia de que cuanto diga sobre "Un soñador para un pueblo", no dejará de ser un punto de vista muy personal, que puede o no coincidir con otras opiniones.

Y he elegido a Antonio Buero, y con él su última pieza estrenada, porque el autor es el de más consistencia dramática, el de más capacidad y, en resumen, quien mejores páginas ha dado en los últimos años a la escena española. Y porque su último drama encierra dos vertientes que me interesan y os deben interesar. Dos vertientes digo: la dramática y la histórica.

"Un soñador para un pueblo", es ante todo, una pieza dramática. Pero encierra un empeño que va más allá del drama. Su anécdota está viva en nuestra historia y su figura central no es un simple personaje de ficción, si bien la visión que de ella nos brinda Buero es bien distinta de la que conocemos históricamente. Buero Vallejo ha situado a su protagonista, Esquilache, sobre su escenario histórico, rodeado de unas gentes que reaccionan y actúan siguiendo los cánones de la historia. Pero a su protagonista le ha dado la vuelta. Nos disponemos a ver "lo que la historia nos dice de Esquilache." Y se levanta el telón sobre una vida que bien pudo ser así, aunque no nos consta que lo fuera.

Buero hace vivir, siempre en su escenario auténticamente histórico, a un Esquilache humano, entrañable. Ha analizado profundamente la sicología del personaje que ha creado, eludiendo premeditadamente el rigor histórico para volar a sus anchas por el cielo de lo posible. Con esto se inicia el drama y a medida que avanza, va perfilándose más y más la personalidad del protagonista. El autor, como buen padre, se ha encariñado con su personaje y nos dibuja claramente cómo es para él, qué móviles tuvo para obrar como obró, cuánta incomprensión y terquedad había en ese pueblo, el nuestro, fanático de por sí e incapaz de aceptar la palabra "progreso" sin mezclarla peligrosamente con otra muy en boga por aquellos tiempos: "afrancesamiento."

Vemos la historia al revés. No es Esquilache quien provoca. Él va animado siempre de la mejor voluntad, y su intento es noble: europeizar al pueblo, a un pueblo que no es el suyo. Y ya tenemos al "soñador" frente al "pueblo". Este es el nudo dramático, mejor diríamos trágico, que nos hace interesar en la trama. Cierto que la postura del autor le lanza a un juego peligroso con el proceso teatral lógico, y así la representación, que en su primera parte, puramente expositiva, alcanza una gran calidad; luego,.en la segunda, peca, tal vez, de reiterativa. Es este el fallo de la obra, si bien puede perdonarse por la calidad humana de su protagonista. Todo cuanto a este concierne está visto y dicho esencialmente en teatro. Pero el antagonista, el pueblo, tiene que opinar, intervenir directamente en el proceso dramático. Y sus intervenciones quiebran la unidad teatral.

No obstante esto y por sobre todo, está el talento de Buero Vallejo y sólo con él ha podido superar los riesgos en que, voluntariamente, se precipita. Y como en su drama hay suficiente aliento vital, como la humanización del personaje y su estudio sicológico nos lo acercan hasta hacernos compartir su angustia y su drama frente a un pueblo que se niega por sistema a comprenderle y compartir su postura, hemos de considerar que Buero ha salido triunfante de su cometido.

Con todos sus defectos y con sus virtudes, siempre superiores a aquéllos, nos parece "Un soñador para un pueblo" la pieza dramática española más considerable, más consistente de las estrenadas en la actual temporada.

Esta es la- opinión de un espectador puesto en el disparadero de hacer crítica, gracias a las razones ya expuestas. Es decir, mi condición de A. Alumno y sobre todo, la insistencia de ese gran amigo en cuyas manos anda el Boletín actualmente y de cuyos proyectos tanto cabe esperar.

Y sólo me resta manifestar un deseo: que al llegar aquí nos os hayáis aburrido. Y que, como consecuencia natural de esto, os intereséis un poco por el teatro. Con mi colaboración continuada espero poderos dar un poco de información de lo más interesante que vea y contribuir modestamente a fomentar vuestro interés por la escena.

Y que mi "Divagación en torno al treatro" os sea leve.

Madrid, Marzo de 1959.

RAMIRO CUCARELLA
A. Alumno

[Sigue un artículo que, en la revista que tengo delante, aparece sin título]

Poesía lírica

1
Cuando mis ojos se rindan al sueño
bajo la losa sutil de mis párpados,
sola en mi mente confusa de ideas
tú quedarás;
5
¡Oh, si pudiera cual nube que, ingrávida,
sigue al sol rojo poniente y se impregna
toda en su luz, adquiriendo su aspecto,
tal vez su esencia!
2
si en el transcurso del lapso nocturno
tal vez me turben horribles los sueños,
como la calma, tu imagen será
nuncio de paz.
6
¡Pero el ocaso termina y sucumbe
triste la nube a las densas tinieblas!
y es a la noche a quien tengo yo miedo
si erro el camino...
3
Reinas en mí, soberana y hermosa;
dueña total de un feliz sentimiento:
el de mirarte en extático arrobo
suelto del tiempo.
7
Quiero por eso correr esta suerte
puesto a caer, pero siendo tú guía:
¡cuánto placer si, al fin libre, consigo
verte por siempre!
4
Nada ya quiero del mundo de fuera;
sólo el contacto preciso me enoja:
y es mi pesar que, no obstante, aún amo
esta atadura.
 

Estas siete estrofas pueden, a mi parecer, recibir el nombre de poesía lírica. Y aduzco para ello varias razones:

En primer lugar, todos los versos están dedicados a expresar un sentimiento. Eso tan impalpable y tan real que se halla en la intimidad del poeta. Por eso no forman un conjunto de palabras que ensamblan bien o de frases hermosas. Van a hacer patente algo que late en un corazón sensible.

Tampoco tienen título. No porque éste deba desecharse en una poesía. Pero los sentimientos no se intitulan como la novelita de RODEO o el serial de las 5. Tan solo se expresan. Y así evitamos que la fachada tenga buen aspecto y el zaguán sea sórdido y lúgubre.

Les falta la rima. Y si aparece en algún pasaje es incidentalmente y con asonancia. Porque si hay mucha sonoridad de terminaciones se buscan éstas y no la poesía. Y el poeta ya no es poeta. Es un versificador. Por todas estas razones negativas, por presentarse despojada de tan (casi siempre) perniciosos atavíos, llego a juzgar el lirismo de esta composición poética.

Lirismo que se halla -reitero- en la simple expresión de un sentimiento. En caso de hacerlo, el título merecido sería «Confesión de Afecto y Esperanza»; o tal vez «Oración de Fe.» Por esta duda se comprende la causa de la supresión del encabezamiento.

Todos los versos llevan acento rítmico en la primera, cuarta, séptima y décima sílabas. Los quebrados, naturalmente, sólo en la primera y la cuarta. Por lo que deducimos, repasando nuestras nociones de preceptiva, que se trata de endecasílabos de «gaita gallega», la métrica de la antigua lírica de aquella región española.

La pieza tiene sabor clásico. Las estrofas son siete, el número preferido de los antiguos. Manifiestan, además, cierto paralelismo, pues en cada una de ellas aparecen definidas sólo dos ideas. Y éste, creo, es todo el juicio que la precedente composición poética merece.

RAFAEL PEPIOL VERCHER
A. Alumno