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Volver a empezar
Nada
aparentemente tan prosaico como el quehacer penoso de regresar a la trilla
rutinaria de un comienzo más de curso escolar. Penoso por la proximidad,
aún del grato abandono en que nos sumen unas vacaciones que siempre
se nos antojan mínimamente breves. Y rutinario porque siempre es
monótono el andar, repetidamente, un mismo camino por el paisaje
árido y empinado del estudio.
Tal vez, esté ahí toda la razón de esa apariencia prosaica del regreso obligatorio a la labor interrumpida.
En el fondo, esta impresión de desabrido retorno que nos produce siempre el primer estirón angustioso, el nuevo arranque tantas veces sabido, no es más que eso, apariencia, porque también tiene su fachada sentimental, con verja y rosales de nostalgia, volver a lo que anteriormente abandonamos. Nadie negará que el pupitre de ayer, el aula tres meses silenciosa y la pizarra repleta de garabatos, también tienen calidades evocadoras de menudos hechos que son ya nuestra pequeña historia. Y para que no falte ni siquiera el ambiente sentimental adecuado, el comienzo de un nuevo curso se inicia irremediablemente tendiendo los primeros pasos bajo el pórtico pálido y tibio del otoño.
Es indudable este carácter poético de la inauguración del curso escolar. Tanto es así, que, cuando transcurrido el tiempo necesario, desaparece la obligada dedicación a la labor escolar, no hay nada tan grato, tan sentimentalmente grato, como volver la mirada a los años escolares y resucitar en su recuerdo episodios e incidentes que nunca cansa comentar.
Si el hombre fuera meticuloso en lo que importa prevenir cuánto empeño pondríamos en arreglar el fichero de nuestros recuerdos del mañana ordenando y seleccionando ahora los minutos del presente, de este presente huidizo y arenoso que se nos va ya, apenas asido.
Sé, no obstante, que la inquietud y el desasosiego, exclusiva siempre de la juventud, no es el cauce más acomodado para hacer resbalar hasta vosotros meditaciones de ésta ni de otra índole. Mas influye en vuestro ánimo y más atención os merece la impresión borrosa e írrequieta de lo actual, por ingrato que os resulte, que cuanto se os pueda ofrecer con carácter de pasado sereno, por inmediato a vosotros que se os sitúe.
Pero no está sobrado que otros reflexionen por vosotros y os den hecha esta meditación de circunstancias que, para que resulte más vuestra, abrevio en lo posible y os la entrego fácil, que al fin, nunca el agua que pasa se le antoja más clara al viajero que cuando salta rápidamente de peña. a peña, ansiosa de perderse en lo hondo.
P. RECTOR
