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Nuestros pequeños visitan Peñíscola

Traemos aquí, junto con una fotografía, que es casi ya un recuerdo, lapequeña crónica de un gran día para nuestros alumnos de Primera Enseñanza. El de su excursión, en el pasado mes de Mayo, al histórico castillo de Peñíscola, sede del Papa Luna.

Después de haber asistido al Santo Sacrificio de la Misa, oficiada por el P. Rector, y en magníficos autocares, salimos de nuestro Colegio en dirección a Castellón de la Plana. Su amplio parque de Ribalta, fue escenario apropiado para el almuerzo de nuestros pequeños y ocasión propicia para estirar nuestras entumecidas piernas.

Sobre las 12 de la mañana llegamos a Peníscola. Desde el primer instante, sentimos sobrecogido nuestro ánimo por la grandiosidad de aquella mole cargada de historia, cuyas venerables piedras nos hacían recordar tantos capítulos de nuestros estudios predilectos. Recorrimos todas sus dependencias, y aprovechamos con gusto la viviente oportunidad para explicar a nuestros alumnos los más sobresalientes hechos acaecidos en aquel lugar. Es de admirar, y lo hacemos constar con entera satisfacción, la magnífica obra de conservación llevada a cabo por el Instituto de Estudios Hispánicos.

Después, frente al azul de nuestro Mediterráneo, en el pequeño puerto pesquero y playa, la comida y unas horas de esparcimiento para nuestros colegiales, y, al declinar la tarde, el regreso a Carcagente, donde se llegó sobre las 10 de la noche. La alegría de nuestros pequeños púsose una una vez más de manifiesto con sus cantos y algaraza.

El Cronista

III CENTENARIO DE LA MUERTE DEL VENERABLE
1658-1958

Cómo se salvó el cuerpo del Venerable Fr. PEDRO ESTEVE en el año 1936.

Por Manuel Lattur, Médico

¡Qué cierta es aquella frase que dice que Dios escribe recto con renglones torcidos! ¡Cuán lejos de mi pensamiento estaba la idea el día en el que se me obligó a practicar una operación en el cuerpo del Pare Pere, que en aquellos momentos creí que sería una profanación, que yo era el instrumento señalado por el dedo de Dios para lograr la conservación del mencionado cuerpo, salvándolo de la destrucción o del incendio que con furia satánica atacaba en aquellos tiempos lo más santo y más glorioso de nuestra España! Pero así fue la realidad y quiero aprovechar esta oportunidad del tercer centenario de su muerte para dar a conocer lo ocurrido y con ello contribuir con mi modesta colaboración a la divulgación de unos hechos que estimo importantes para la identificación de los venerados restos e historia de los mismos.

En uno de los días inmediatos al 18 de julio de 1936 se me presentaron en la Clínica Municipal de Denia, sita en la planta baja del Ayuntamiento, unos individuos de los que se estaban dedicando en la iglesia parroquial de la Asunción a la inconcebible, sacrílega y horrorosa labor de destruir todas las imágenes y altares de la misma, diciéndome que al llegar a la sepultura de Fr. Pedro Esteve habían hecho un alto en su sacrílego trabajo por haber acordado que si realmente era el Pare Pere el que estaba allí enterrado querían respetarlo y trasladar su cuerpo al Cementerio Municipal y en caso contrario incendiario como las restantes imágenes (lo que demuestra el respeto y la veneración que siempre ha gozado nuestro Venerable entre los dianenses, incluso los más desalmados y foragidos), y que para resolver sus dudas venían en busca de un médico que pudiera informarles con certeza sobre el caso. Al oir semejantes manifestaciones mi cuerpo se cubrió de un sudor frío, quedé estupefacto pensando en la operación que se me obligaba practicar y que yo estimaba una horrorosa atrocidad y profanación de unas reliquias por mí tan veneradas toda mi vida, pero ante el peligro que se corría en aquellos momentos en el caso de desobedecer las órdenes emanadas de aquella gente, como un autómata tomé de la vitrina del instrumental unas pinzas, un bisturí y unas tijeras y me dirigí al Ayuntamiento, donde había sido trasladado el cuerpo por mí tan recordado, ya que en varias ocasiones, como todos los dianenses, había tenido ocasión de venerarlo, metido en su caja que descansaba sobre dos banquillos y comencé a practicar la siguiente operación: con los tijeras hice un corte entre la falange y el metacarpiano del quinto dedo del pie izquierdo-dejando el hueso al descubierto y con el mango del bisturí le fuí golpeando para que se apercibieran los presentes de que era hueso y no otra materia; después, con las pinzas, fuí disecando la piel demostrando que no se rompía, y por lo tanto, no era cartón, sino piel. Al terminar esta intervención, que me pareció la más difícil, delicada y larga de las efectuadas en toda mi vida profesional, a pesar de su sencillez y brevedad, me volví a los presentes y les dije: «No puedo asegurar a qué persona correspondió este cuerpo, pero lo que sí estoy dispuesto a defender en todo momento es que este cuerpo ha vivido hace muchos años, a pesar del perfecto estado en que se encuentra.»

Consecuencia de todo ello fue el que el cuerpo del Pare Pere fue enterrado en un nicho del Cementerio Municipal, en el que permaneció durante todos los años de dominación marxista, siendo trasladado de nuevo a la referida parroquia a la liberación de España e instalado en el nicho de la pared del lado del Evangelio de su altar mayor donde se conserva en la actualidad.

No quiero omitir mi agradecimiento al Venerable, que pronto premió mi trabajo, ya que en un momento de la operación le corté un pedacito de hábito, el que mi madre (q. e. p. d.) gran devota del Pare Pere, cosió en el interior del forro de un chaleco a mi único hijo cuando éste fue llamado a filas por los rojos, aconsejándole que se encomendase a él, y efectivamente al poco tiempo de salir de Denia lograba pasar a las filas nacionales, y en el momento de hacerlo fue descubierto en el instante en que en su alocada carrera se le caía de la mano un libro que llevaba, y al inclinarse a recogerlo coincidió con una ráfaga de ametralladora que le dirigieron y le pasó por encima, no alcanzándole las siguientes por estar sobre aviso y aprovechar lo accidentado del terreno, atribuyendo este favor a la reliquia de nuestro Venerable.

Y para terminar, réstame relatar el hecho, que considero heroico, de aquellos dianenses anónimos que durante el tiempo que estuvo enterrado en el Cementerio Municipal el cuerpo del Venerable Fr. Pedro Esteve no le abandonaron, a pesar de la terrible persecución religiosa de aquellos tiempos, y además de con sus oraciones supieron honrarlo con el cariño y devoción que en todo tiempo le han tenido los dianenses, cubriendo, no se sabe por quién, a diario su tumba de flores.