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Defectos de un santo

Fr. Benjamín Agulló Pascual, O.F.M.

Permítaseme intitular así la loa de las virtudes de un santo. Suena antagónico. Pero nada más real.

El mejor canto a la santidad será el que más nos mueva a abrazarla. La mejor vida de un santo, la que más nos incline a imitar sus virtudes. Pero aquellas virtudes que son la victoria de la lucha con los defectos. Que nos enseñan a enderezar nuestras inclinaciones aviesas.

Nos admiran «las admirables vidas de los santos», repletas de carismas y distinciones del cielo, pero no nos mueven. Cansan, si no aburren o decepcionan. ¿La razón?... Que no nos digan toda la verdad de los santos. Así se expresa Jesús Urteaga a este particular: «Tienen verdadero temor a decirnos que fueron hombres. ¡Con lo alentador que sería para nosotros contemplar los defectos naturales de los santos y lo que hicieron para superarlos!» Y cuán en razón el deseo de M. Raymond, en boca de la Hermana Superiora de la Introducción a su libro La familia que alcanzó a Cristo: «...dígame qué clase de vida de santo le gustaría a usted.» «Pues una que diga verdaderamente la verdad. Una que me muestre al hombre convirtiéndose en santo, no al santo ya hecho.»

Así fue nuestro Venerable P. Pedro Esteve. Un hombre. Con defectos naturales. Luchando para superar estos defectos. Y trabajando por convertirse en santo.

Novicio. -En la Escuela de la perfección. Siendo carne de pecado, siente la tentación. Lucha tenazmente contra el demonio del mundo que quiere seducir su alma con sus halagos.

Estudiante.-En la escuela del saber. Su inteligencia, debilitada por el pecado de origen, ha de trabajar sin descanso para conseguir un conocimiento claro de Dios, de la virtud y de las ciencias que mejor le llevarán a Dios y le ayudarán a darlo a las almas. Cursa los estudios de Filosofía y Sagrada Teología.

Apóstol.-Maestro del divino saber. Ante el gran ministerio, siente que su alma no está acabadamente moldeada. Con esta experiencia se esconde en el santo retiro de Chelva para acabar de ahogar las concupiscencias, donde lo hicieran los santos mártires de Granada, Fr. Juan de Cetina y Fr. Pedro Dueñas.

Y así, sin dejar de ser humano, en vía de foto¡ conversión a Dios, puede dedicarse con fervor a la divina predicación. Son admirables las maravillas que por su medio obra el Señor; e innumerables las conversiones. Le admiran y respetan grandes y humildes. Para todos tiene palabras de consuelo y de perdón. Su púlpito se levanta en la vía públicatradicionalmente en el mercado de Valencia-y en los salones regios de los palacios. En todas partes se recibe su palabra con eficacia y fervor.

Pero hombre, con defectos naturales, que se está convirtiendo en santo, tiene que seguir luchando contra las malas inclinaciones, tan propias ,y tan naturales en el hombre. Ha de combinar el trabajo con la oración, penitencia y mortificación. Ha de superar la vanagloria del triunfo de su palabra con la consideración de las propias miserias. Y cuando sus mortificaciones son objeto de lo crítica envidiosa, las sujeta al dictamen de la obediencia. Con este espíritu calzará sandalias, cuando su deseo de penitencia le aconseja lacerar sus pies completamente desnudos.

El hombre se está ya convirtiendo en santo. Sus defectos naturales superados. Y así con el abandono de las almas de Dios, exclamará: Deixem fer a Deu y fassam lo que Deu mana, con la sencillez propia de los santos, que no por falsa humildad, podrá renunciar a la mitra que le ofrece Felipe IV-Señor, Deu a mino emvol Bisbe, sino predicador deis bribons-. Y enriquecida su alma con dones del cielo, obrará grandes maravillas y anunciará, con caracteres de verdadera profecía, hechos del porvenir. Y saturada su alma de la caridad divina volará rauda a las mansiones del Eterno, donde disfrutará por siempre la paz de los justos.

He aquí al Pare Pere Esteve. El hombre que superó sus defectos y se convirtió en santo.