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El moreral de Bru

Víctor Oroval

Aquel Carcagente de hace siete lustros no era como el de hoy. Con todas sus calles por pavimentar, llenas de polvo o de barro, según las estaciones; con muchos tejados visibles desde cualquier punto de la vía pública y muchos fachadas sin enlucir y rejas sobresaliendo de la pared en la mayoría de las casas; con un paseo de la Reina Victoria que terminaba en la travesía de la calle de Sagasta y una plazuela del Convento donde la musa de le Corbusier no había puesto aún su horrible disonancia y en cuyo centro se levantaba sobre su pedestal aquella cruz de piedra, artística y secular; sin campo de deportes, ni parque público, ni grupos escolares; mercado de abastos diario en la Plaza de la, Verdura, con tenderetes de madera y toldos de lona... su aspecto era bien distinto.

El alumbrado nocturno de todos las calles se reducía a escasas bombillas de pocos vatios, sostenidas por unos brazos espirales de hierro, fijados a trechos bastante largos en las fachadas dejas casas.

El nivel de vida de la población era bastante inferior al de nuestros días. Pan de fabricación casera en la mayoría de las familias, menos consumo de agua y de energía eléctrica por habitante, más alpargatas y menos zapatos en los paseos y lugares de reunión, un solo cine, tráfico automóvil escasísimo, número de los que cursaban estudios medios y superiores mucho más corto, y por cada cien adultos, cuarenta analfabetos...

Extensas zonas que hoy aparecen cubiertas de casas eran todavía campos cultivados o suelo urbano sin edificar. Uno de esos espacios era el Moreral de Bru.

Comprendido entre la vía férrea de Denia y la línea izquierda de la calle de la Baronesa de Santa Bárbara, la derecha de la calle de Echegaray y la izquierda de la del Maestro Chapí, el Moreral de Bru era un residuo de aquellos campos de moreras que nutrieron la rica industria sedera de la villa. Su parte anterior, de uso público (sin consultar al Registro de la Propiedad), se hallaba inculta y tapizada de hierba, con bastantes matas espinosas de «punxeres» o «rascamonyos». Una senda lo cruzaba en diagonal uniendo la calle de la Baronesa con la calzada de la de Benlliure, ambas a medio construir.

El Moreral de Bru era corno un ejido. Allí acudía todas las tardes un enjambre de niños que lo convertía en el porque más bullicioso, donde podían verse todos los juegos entonces conocidos. Allí se jugaba al escondite, para lo que servían a maravilla los espinosos matorrales; a "fava", a "píndola fora" a "marro",a "pique", a "galope", a "retratos", a "rall coent" y a otros juegos cuyos principales ingredientes eran la carrera y el salto, sin que faltaran los desafíos de toda clase para probar la agilidad y la fuerza, ni la lucha en las formas bárbaras sugeridas por el cine de la época, imitado en aquellas partidas de "lladres i civils", y aquellas aventuras del "xic i la xica", donde los protagonistas se atribuían la personalidad, de los héroes y de los malos de la pantalla. Unos se figuraban ser Eddie Polo, William Duncan o el Conde Hugo, mientras otros asumían el papel de Calandraca o de cualquiera de aquellos forajidos a todo ruedo que se veían en las películas de entonces.

En los días de viento propicio, allí iban también a volar la corneta todos los que la tenían por aquellos alrededores. Romperse el hilo era una tremenda desgracia que sobrevenía no pocas veces. Yo sé de un rapaz que por uno de esos accidentes se le escapó la cometa cuando más alto volaba y, presa de la mayor congoja, se lanzó por el pueblo en la dirección en que la había visto desaparecer, preguntando de casa en casa por su perdida "milòxa".

Al anochecer, fatigados los músculos por e juego, se formaban grupos sentados en corro sobre la hierba. Había llegado la hora de los cuentos, del comentario de sucesos más o menos fantásticos, de las discusiones pueriles, siempre apasionadas, y el ánimo de cada pequeña asamblea quedaba muchas veces suspenso y pendiente de la palabra de los, más decidores, sin perjuicio de las interrupciones más o menos pertinentes para objetar o pedir aclaraciones al narrador principal.

Después de la recolección del maíz, en el linde de los campos aledaños se amontonaban lo tallos secos de este cereal. Con ellos se encendían hogueras que eran rodeados con gran algazara, hasta que los mayores, más audaces empezaban a saltar por encima de las llama para admirar a los demás con tales proezas.

Encerrado entre el terraplén de la vía férrea y el contorno del casco urbano, el Moreral de Bru formaba como una cubeta de más de metro y medio de profundidad. En los grandes temporales de lluvia y, más aún, cuando ocurría alguna de aquellas frecuentes riadas, el Moreral quedaba convertido durante muchos días en una verdadera laguna. Al principio de la inundación, infinidad de grillos topos llegaban a las orillas como náufragos a la playa. Allí acudía para destruirlos la turba infantil del Moreral, armada con porras de gruesos nervios de hoja de palmera. los mayores, con troncos casi siempre procedentes de la vecina «peaña» de Fermó (del nombre de su primitivo dueño, Fermant y Compañía) construían almadías sobre las que navegaban, improvisando a veces competiciones con pujos de naumaquia, en las que no faltaba algún chapuzón involuntario. Al desecarse, el suelo quedaba cubierto por un depósito de fino- barro que se agrietaba, formando una costra dura de fragmentos alabeados, bajo la cual parecía haber desaparecido para siempre la hierba. Pero ésta resurgía pujante, y, llegada la buena estación, su verdor se había impuesto de nuevo sobre todo aquel espacio, para volver a ser teatro y palestra de aquella vida de la población infantil del ensanche del Paseo y demás zonas próximas al Moreral.

Cuando uno ha recorrido la curva de la vida hasta el punto culminante donde se inicia el descenso, sin proponérselo empieza a idealizar las cosas de su niñez y su juventud al revivirlas en el recuerdo. No sé si estoy obedeciendo a esa ley, pero puedo asegurar lo que siento. Y es que, pese a todas nuestras mejoras urbanas, para los que corrimos por él nuestra infancia, aquel rústico espacio verde que fue el Moreral de Bru no podrá nunca ser igualado por el más bello jardín ni por el más cuidado césped.

D. Víctor Oroval ejerció como Cronista Local, director y alma de la Biblioteca Municipal y profesor de historia de nuestro Colegio. Fue hombre muy leído y cultivado, que sirvió de referente cultural de la juventud carcagentina a lo largo de su vida. Hombre correcto, tolerante, de carácter liberal. Carcaixent le ha dedicado un grupo escolar.