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Nochebuena carcagentina

por Eduardo Soleriestruch

Pocas festividades igualan en esplendor a las que el mundo católico celebra, llegada la ocasión de conmemorar la Natividad de Cristo. Se trata, desde luego, de una fiesta universal que en todas partes se celebra con pareja solemnidad. Por lo que respecta a nuestra población... Bueno, vamos a decir aquello que hasta nosotros ha llegado referente a la Nochebuena. ¿Qué preparativos se hacían; en qué se ocupaban nuestros mayores, llegada la ocasión de solemnizarla?

Clasifiquemos los preparativos en dos grupos: religiosos y profanos. Entre los primeros citaremos las devociones denominadas «Els benditos» y la "Jornada".

Consistía la primera, en rezar en familia mil Avemarías -intercalando oraciones laudatorias alusivas a la Natividad- por espacio de veinticinco días contados desde la festividad de San Andrés; la «Jornada» era sencillamente una novena que precedía a la fecha del Nacimiento de Cristo.

Había, además, la costumbre de practicar actos de pública penitencia, sacados a la suerte entre quienes se avenían a realizarlos. Y los "belemets" o "pesebrets" que solían construirse en muchas casas... contando, desde luego, con la ayuda de las religiosas dominicas de la localidad que, según dicen, tenían mano de ángel para el aderezo de las figuritas...

En lo que atañe a preparativos profanos... Vamos a ver los del ramo gastronómico: ¡un paso al frente!

¡Bravo capítulo, vive Dios! Subdividámoslos en dos respetables familias. Ya está: la de "les llepolíes" y la de las cosas sólidas, esas que tan buenos migas suelen hacer con el bicarbonato...

"Les llepolíes" se confeccionaban en casa. Constituíanlas el turrón llamado de "panet" elaborado con la feliz coyunda del bizcocho, azúcar, canela, almendra triturada y el detalle de una cortezuela de limón-; "les coques fines" -sabia asociación de la harina de primera calidad, huevos, "sagí"... y el azúcar que haga falta -; y "rosegons", "pastíssets de moniato", "rotllets d’aiguardent", etc., etc., etc...

La segunda familia -háganme la merced de descubrirse- la constituían volátiles de corral- cuando menos volátiles' mejor que mejor -las suculentas tonterías confeccionadas con los mortales despojos de animal gruñidor- éste, sin una hora de vuelo, claro- y aquello que los posibles familiares permitieran adquirir en el mercado.

Todos estos magníficos ingredientes son los que contribuían a prestigiar el nunca bien alabado "putxero de Nadal"; un cocido capaz de hacer romper el ayuno al fakir más postinero en eso de no querer probar bocado. ¿Qué artículos de primera calidad entraban a formar parte? Anoten, por favor:

En primer lugar, la olímpica «pilota», hecha ella un puro gozo con su pan rallado y amasado con picadillo de magro, sangre fresca de plumífero cacareador, huevo, manteca, piñones, su aquel de "jolivert", sus otros aquellos de bien escogidas especias, bien abrigadita con una hoja de col... luego, aquella deliciosa hibridación de morcilla y longaniza conocida por "blanquet"; y medio pollo acompañado de un buen pedazo de ternera... Ítem más, dos o tres "ossos de corbet", amén de "mitia rajoleta" de tocino... por aquello de que entonces ni nunca pudiera tildar nadie a los "apuntados" a comer de él, de conversos circunstanciales. Sólo por aquello del qué dirán, se añadían al cocido unas patatas, algún que otro "cardet", los menos nabos posibles, un buen puñado de garbanzos y el capricho de una "xirivía" que nunca hizo daño a nadie. ¿Anotaron ustedes? Pues nada: buen provecho.

Pero dejemos ya tan cocineriles menesteres. Llegado el 24 de Diciembre, ya desde amanecido andaba la Nochebuena en el ánimo de todos. A media tarde comenzaba la cosa; los pequeños constituidos en vanguardia de la solemnidad -una vanguardia capaz de hacer agotar al prójimo todos las aspirinas de una farmacia- atronaban los oídos ajenos con el ruido de sus matracas, "xixarres", cencerros y latas llenas con piedras, pretendiendo -¡angelitos!- el obsequio de una golosina de las amas de casa... para conseguir tan sólo algún que otro mojicón de esos que duelen.

Llegada la noche, iba apagándose, poco a poco, la algarabía infantil. En torno al hogar donde ardía un grueso tronco bautizado con el nombre de "capsal", se agrupaba la familia. Intimidad cordial. La carne iba de las brasas del hogar, al pan, sin andarse con cumplidos. El vino corría pródigo y había optimismo en los espíritus. Los pequeños, encendidas las mejillas y cargados de sueño los ojos, renunciaban a acudir a la "Missa del Gall"... Tal vez la abuela pretendía enseñarle al nieto un villancico. Cantaba entonces con voz cascada:

No plores, bon Jesuset,
rei del meu cor,
que a l’ànima m'entra fred
amb el teu plor.
.
.

Luego, los pequeños quedaban en la cama -¿dónde mejor?- tan ricamente... Al filo de las once acudían los mayores a la iglesia bien arrebujados; los hombres con holgadas mantas, las mujeres con manto de lana caseramente confeccionado. ¡Como que la "tramuntana" era para andarse con bromas...!

El clero beneficial comenzaba el canto de Maitines a las once en punto. A las doce principiaba la Misa cantada, dicha del "Gall" y también de "pastorelas". Apenas cabía una alma en la amplia nave, ni bajo del holgado crucero...

Acabada la Misa se contaban en el templo unos villancicos con acompañamiento de zambombas, "pandorga", "matracca", "carranc", "ferrets", "castanyoles", "canyissets", pandereta, silbato para imitar -en lo posible, claro- el canto del ruiseñor, y un cántaro cuya boca se cerraba con un pellejo y se hacía sonar como un tambor. Luego... Pues nada: luego, cada mochuelo a su olivo. Menos los amantes del "resopet" que iban a la querencia de unas buenas chuletas de cordero o de "cabritet", con su buen unto de "all i oli", unas aceitunas "xafades"... y el vino que hiciera falta. Todo lo cual se rubricaba con una buena copa de aguardiente que se echaba de un golpe al coleto y...Y "d'avui a l'any que ve"...

Eduardo Soleriestruch hizo estudios de Arquitectura y ejerció en el Colegio largamente como profesor de Matemáticas.  Fue asiduo colaborador de la revista "Del Colegio". En sus artículos se advierte indicios de su carácter, como su talante alegre y campechano, su fina ironía, su amor a la lengua valenciana, que cultivó en sucesivos libros de marcado tinte localista. Como poeta, logró premios en Juegos Florales de la Región. Murió en el año 1999.