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Clasicismo, sinónimo de Cultura Occidental

El término «clásico» comunmente se aplica a cuanto se refiere a los autores griegos y latinos de la edad de oro que han llegado a nosotros como modelos de sobriedad, equilibrio y buen gusto; en ellos brillan la diafanidad y la sencillez como los más preciosos ornamentos de la grandeza y belleza artísticas. Entiéndese también por clásico, lo acostumbrado, lo frecuente, lo conservado por la tradición, aquello que perdura; y, finalmente, dejando el pseudo clasicismo, llamamos estudios clásicos o humanos a los que tratan del hombre como tal, y en cuanto se distin. guen de los que tratan en general de la naturaleza o del orden sobrenatural.

A través de estas acepciones del término «clásico» -las más ordinarias sin duda- late la noción de perennidad y de estabilidad cimentada en la misma naturaleza humana, con caracteres de universalidad.

Por lo mismo, un autor es clásico porque es humano, y es humano porque estimula, vivifica y aún purifica los resortes del alma. Y es así porque sus páginas despiertan un eco en el espíritu humano.

Y, a la verdad, en los clásicos parecen como actuar lleno de vida los conceptos fundamentales de nuestra cultura: la ley, la pasión, la Patria, la religiosidad, la venganza, la justicia...

De ahí que no sea atrevido afirmar que la educación humanística abarca al hombre entero, en todo cuanto en el hay de verdaderamente humano y aspira, al propio tiempo, a hacer de los ciudadanos hombres cabales y perfectos porque les enseña a apreciar méritos y valores, les habitúa a elevarse a las más altas especulaciones de la religión, del derecho y de la filosofía que viene a considerarse parte integrante de los estudios clásicos, como una formulación refleja y explícita de los principios sobre que éstas se basan. Sólo cuando el hombre se ve en posesión de la lucidez de la mente, del vigor de la voluntad y del equilibrio del corazón puede considerarse formado.

Clasicismo nos viene por Grecia y Roma. Es cierto.

Hombres como Boecio, Casiodoro y el Papa Agapito, sirven de poderoso eslabón para unir las Humanidades con la cultura cristiana en los albores de nuestra civilización; no sin razón se ha llamado a Boecio el último de los clásicos y el primero de los escolásticos. Y es que no podemos renunciar a la herencia cultural que nos han legado los antiguos. Herencia por todos conceptos «clásica» y que hoy es denominada «cultura occidental», de la cual tanto se habla.

Con estas bases, el nuevo plan de Bachillerato, al hacer el griego y el latín objeto de elección en los cursos quinto y sexto, así como el preuniversitario, hace que deban ser planteados con nuevas miras los problemas de la enseñanza y del estudio de estas lenguas, no obstante carecer de un puesto digno y predominante en dicho plan. Tanto más si tenemos en cuenta que los estudios clásicos no se agotan con la enseñanza del griego y del latín y de sus literaturas respectivas, sino que llegan a profundizar en el sentido de una cultura que contiene la revelación de los valores humanos más altos y duraderos.

Su estudio, llevado con seriedad y saturado de una transcendencia de tipo social e intelectual, despertará después-en el joven de hoy la noble ambición de asimilarse los altos ideales que han de caracterizar a cada generación, consciente de la actualidad humanística.

A estos estudios, ya desde la Enseñanza Media, es a donde han de volver los ojos las juventudes, forjadoras de un alto nivel intelectual.

Fr. Tomás Burgos Nadal

Meditación

Dios... Eternidad... Omnipotencia.
Inmenso. Infinito...
No lo abarcan mis sentidos.

Mis pies al caminar se han fatigado
y aún queda mucho trecho.

Oigo un ruido lejano
como una voz que me habla claramente,
mas no puedo encuadrar su origen cierto.

Mis ojos se han rendido;
se han cerrado en una noche de tinieblas
sin poder vislumbrar la luz.

La frescura y aroma de las flores me embriaga,
renovando mi vida cada día,
mas luego siento un ansia en mi conciencia
que no puedo saciar.

No puedo, Dios. No puedo.
No puedo seguir así más tiempo...

Al caminar por este suelo
parece hundirse el alma en un abismo.
Mis pies no pisan firme.
Mis manos se resbalan entre paredes lisas...
No hay vida en mí, Señor,
si no es tu vida, la vida que en mí siento.

Fr. Víctor Miguel Canet